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Las tres citas que preceden a este artículo
corresponden a momentos y regiones diferentes. Sin
embargo, no deja de ser paradójico que los
tres arqueólogos que intervinieron en los
descubrimientos utilizaron medios más o menos
similares y no me refiero al uso de linternas,
que los llevaron a penetrar en los arcanos de la
muerte para conocer un poco más de su presencia.
Los tres hallazgos fueron trascendentes para el
mundo de la arqueología, pues cambiaron o
ampliaron de manera considerable el conocimiento
acerca de las prácticas mortuorias de las
sociedades donde se encontraron. Por eso, cuando
escribí los Antecedentes a mi
libro Muerte a filo de obsidiana, hace ya 30 años,
comenté:
Desde la más remota antigüedad el hombre
ha ido dejando sus restos materiales que el arqueólogo
se encarga de explorar e interpretar. Es así
como hoy contamos con una documentación amplia
acerca de diversos ritos mortuorios, técnicas
de enterramiento, tipos de tumbas, ofrendas y otros,
que dan al estudioso material interesante sobre
el concepto del más allá. No es de
extrañar que los hallazgos más emotivos
en arqueología hayan sido los relacionados
con tumbas; varios casos como el de Tutankamon en
Egipto; el hallazgo durante la revolución
cultural de la fastuosa tumba de una princesa china
y, sin ir tan lejos, el descubrimiento de la tumba
de Palenque y de la tumba 7 de Monte Albán
vienen a confirmarnos lo antes dicho (Matos, 2000).
ARTÍCULO COMPLETO
EN LA EDICIÓN IMPRESA
Como
siempre, la muerte está presente
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Eduardo Matos Moctezuma. Maestro en ciencias antropológicas,
especializado en arqueología. Fue director
del Museo del Templo Mayor, INAH. Miembro de El
Colegio Nacional. Profesor emérito del INAH.
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