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Saliendo por la autopista a Puebla,
después de la caseta de pago y justo cuando
termina el último de los bloques de casas
recién construidas, hay que voltear la vista
al lado derecho y descubrir como a un kilómetro
de distancia un pequeño edificio de color
amarillento, con seis arcos, que se alza en una
colina paralela a la que sube la autopista. Una
pequeña barranca nos separa de ella, pero
se cruza fácilmente a pie, si se desea, en
menos de media hora. Este edificio es lo que queda
de la Venta Nueva, uno de los puntos en que los
viajeros que cruzaban del Valle de México
al de Puebla durante el siglo XIX pasaban la noche
antes de emprender la subida hacia los valles de
Río Frío, que en esa época
eran tristemente célebres por sus bandidos.
La siguiente noche, si nada grave ocurría,
la pasarían en otra venta por el rumbo de
San Martín Texmelucan. El lugar, que merece
ser conservado y protegido, se presta para hacer
una reflexión a propósito del contraste
entre los caminos antiguos y los modernos, así
como para ponderar el valor como patrimonio cultural
de aquellos caminos antiguos que aún subsisten.
Los caminos tienen la función de encauzar
y facilitar el desplazamiento entre un punto y otro.
Si no los hubiera, la mayoría de los movimientos
entre poblaciones serían erráticos
y requerirían de grandes habilidades para
la orientación, como seguramente lo fueron
en un principio muy remoto. De hecho, los caminos
surgieron precisamente de la experiencia, que fue
determinando la ruta más conveniente en función
del tiempo, el costo y el esfuerzo necesarios para
recorrerla. Desde luego, los primeros caminos fueron
diseñados para recorrerse a pie, y para ello
bastaba con que fueran estrechas veredas, que libraban
las pendientes zigzagueando por cuestas empinadas
y cruzaban los ríos (excepto los muy grandes)
por vados o puentes de varas. Así eran los
caminos prehispánicos, o al menos los caminos
ordinarios, excepción hecha de algunas rutas
privilegiadas como los sacbeob mayas o las calzadas
que enlazaban a Tenochtitlan.
La introducción de caballos y de recuas para
el transporte de mercaderías impuso varias
alteraciones en los caminos, especialmente en cuanto
a su anchura y la forma de afrontar pendientes y
cruzar ríos, pero no en cuanto a su disposición
básica. Los principales caminos prehispánicos
sufrieron modificaciones de este tipo durante la
época colonial y se convirtieron en “caminos
de herradura”. Más impactante fue la
introducción de carros y otros vehículos
con ruedas, para los que a menudo hubo que abrir
nuevos trazos, con menores pendientes y puentes
adecuados. Pero de esto se hizo poco en dicho periodo
y menos aún en las zonas montañosas.
Los cambios más significativos ocurrieron
después, con la aparición de ferrocarriles
y automóviles, que dieron lugar a otra dimensión
en la geografía de los caminos, especialmente
por la tecnología que permitió hacer
túneles y viaductos. Del mismo modo, la expansión
del poblamiento por diversas partes del país
implicó abrir caminos donde antes no los
hubo. Pero el criterio básico, el de buscar
la ruta más conveniente, subsiste a la fecha,
de modo que no es de extrañar que algunos
tramos de los caminos más modernos repliquen
el trazo de las antiguas rutas que se recorrían
a pie.
ARTÍCULO COMPLETO
EN LA EDICIÓN IMPRESA
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Bernardo García
Martínez. Doctor en historia; profesor de
El Colegio de México. Autor de estudios sobre
historia de los pueblos de indios, historia rural
y geografía histórica. Ha publicado
obras de síntesis sobre la historia y la
geografía de México. Miembro del Comité
Científico-Editorial de esta revista y guía
oficial del Club de Exploraciones de México.
Entre las actividades de esta institución,
fundada en 1922, se cuentan excursiones en las que
se recorre muchas de estas antiguas veredas en todas
partes del país.
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