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El agua, el fuego y
la integración funcional de los opuestos que éstos
representan son arquetipos mitológicos con carácter
universal. En las culturas mesoamericanas prehispánicas,
se manifestaban y se conjugaban de diversas maneras, según
los contextos específicos y los apoyos materiales
de su expresión. Desde las más sencillas
y consuetudinarias tareas domésticas hasta los
rituales propiciatorios mágico-religiosos más
trascendentales, pasando por una red intrincada de relaciones
mitológicas, la integración o la “des-integración”
del agua y del fuego tuvieron un valor cosmológico.
En la cultura náhuatl, el agua, atl, el
fuego, tletl, y el “agua-fuego”,
tléatl (o “fuego-agua”), atl,
tlachinolli, “agua, cosa (tierra) quemada”,
en sus modalidades verbales o iconográficas, pero
también simplemente en sus manifestaciones sonoras,
táctiles, olfativas, visuales y gustativas, se
volvieron nexos cruciales del pensamiento indígena
prehispánico.
En esta rica profusión expresiva escogimos algunos
ejemplos para ilustrar la síntesis o la “diálisis”
(separar elementos de una misma disolución) mitológicas
de estos elementos.
De
la tierra al cielo
Antes de que se configurara el cosmos, el fuego y el agua
estaban entrañablemente vinculados con la tierra.
El fuego se situaba “en el ombligo de la tierra”,
tlalxicco, lo que prefiguraba su carácter
axial, mientras que el agua estaba disuelta en lo que
pronto sería un vientre telúrico-materno.
En la iconografía, el fuego infraterrenal está
frecuentemente representado por un cuadrado en
el centro del cual se encuentra el dios Xiuhtecuhtli,
alias Nauyohuehue, “el anciano de los cuatro rumbos”,
mientras que el agua aparece generalmente bajo la forma
de un círculo de jade. El hecho de que
Quetzalcóatl diera cuatro vueltas en torno al círculo
de jade de Mictlantecuhtli, en el mito de la creación
del hombre (Leyenda de los Soles), expresa una
integración simbólico-geométrica
del agua y del fuego con valor sexual.
En este mismo contexto pictórico, aunque en otro
relato, la ruptura del marco de fuego y del cerco del
agua determinaba mitográficamente el movimiento,
ollin, imprescindible en la cosmogonía
náhuatl prehispánica. La greca de fuego
y la espiral de agua, expresión iconográfica
de esta ruptura, así como la fecunda yuxtaposición
de los elementos, manifiestan visualmente una integración
vital que tiene como resultado el crecimiento
de las plantas en un espacio-tiempo aéreo.
Asimismo, la fusión sintética de Nanahuatzin
y Tecuciztécatl en el “horno divino”,
teotexcalli, permitió, después
de muchas tribulaciones mitológicas, la “diálisis”
del fuego y del agua celestiales y la creación
del Sol y de la Luna, astros respectivamente ígneos
y ácueos cuyo movimiento abrió el espacio-tiempo
existencial.
La unión del agua y del fuego produce humo (entre
otras cosas). Este humo que vincula la tierra con el cielo
constituye un axis mundi, un eje en torno al
cual se organiza el cosmos. No podemos extendernos aquí
sobre un tema extensísimo, mencionaremos tan sólo
la consumación ígnea del copal (referido
en los conjuros como iztaccíhuatl), resina
estrechamente vinculada con el agua y la Luna y generadora
de humo. En otros contextos, la quema ritual del tabaco
o de la sangre autosacrificial representa también
una unión de elementos simbólicamente derivados
del agua con el fuego.
TEXTO COMPLETO EN LA EDICIÓN
IMPRESA
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Patrick Johansson K. Doctor en letras por la Universidad
de París (Sorbona). Investigador en el Instituto
de Investigaciones Históricas y profesor de literatura
náhuatl en la Facultad de Filosofía y Letras,
ambos en la UNAM. |