Con
la ayuda de las crónicas, se aborda una tradición
muy extendida en México durante los siglos XVII,
XVIII y XIX: los altares dedicados a la Virgen de los
Dolores –patrona de los hogares, confidente de
las aflicciones domésticas y defensora de la
honra familiar–, que se realizaban los Viernes
de Pasión o el sexto Viernes de Cuaresma en los
templos y en las casas.

En la parte superior del altar de Dolores
se colocaba a la Virgen de los Dolores, y de ahí
hacia abajo, en forma escalonada, velas de cera (12),
banderitas de plata y oro en candeleros, ollitas, ladrillos,
pinos y otras figuras de barro sembrados de chía
y alegría, platos, macetas, naranjas con banderitas
de oro, frascos, botellones y lamparitas de aceite,
entre otros elementos. A los lados del altar se colocaban
las macetas de las mejores plantas y a al pie se formaba
un tapete con salvado extendido. Dibujo de Jesús
Nieto H., tomado de México. Leyendas y costumbres,
Editorial Layac, 1945. digitalización:
raíces
En
la iconografía cristiana, la Virgen María
es uno de los personajes más importantes y representados
en cuadros y esculturas, y el ciprés fue tomado
como uno de los símbolos de la Virgen por las
cualidades que se le atribuyen, como ser siempre verde,
como la palmera, el olivo y el cedro, característica
que los convierte en emblema de la vida duradera. En
la antigüedad se creía que la madera del
ciprés no se corrompía, de ahí
que se considerara símbolo de la inmortalidad,
y también representa la angustia, el dolor, el
duelo, la tristeza, pero a la vez significa la mansedumbre,
la sabiduría y la esperanza (Monterrosa, 2004,
p. 63). Así, se le puede encontrar junto con
la palmera, y en algunas ocasiones el cedro, al lado
de la Virgen.
La presencia del ciprés cerca de la Madre de
Dios explica el hallazgo de una pequeña pieza
de barro dentro de un pozo de agua cegado durante las
exploraciones arqueológicas en la calle de Bolivia
núm. 16, en el Centro Histórico de la
ciudad de México. Por su rareza, no fue posible
identificarla de inmediato y posteriormente, gracias
a la investigación bibliográfica, se pudo
establecer el uso y la función que tuvo desde
el siglo XVII hasta el XIX.
Ese objeto, llamado “pino” por los cronistas
de antaño, nos permitió recrear una antigua
y arraigada tradición hogareña que ya
no se conoce ni se practica, pero que fue muy importante
para la sociedad novohispana e independiente de nuestro
país. El pino es una pieza de barro anaranjado,
de forma cónica, de 16 cm de altura, 8 cm de
diámetro máximo, con soporte de pedestal;
tiene un ligero engobe rojizo, es hueca y tiene una
perforación circular en la parte superior e incisiones
oblicuas y verticales paralelas.
Los pinos se llenaban de agua por el orificio y una
vez que ésta era absorbida por el barro se le
pegaban semillas de chía, previamente remojadas,
para que segregaran mucílago y pudieran quedar
adheridas a las incisiones de las paredes; se cuidaba
que no le faltara el agua hasta que la chía germinara
y cubriera totalmente la pieza, la cual adoptaba la
forma de un ciprés que, como se dijo anteriormente,
es uno de los símbolos de la Virgen María.
La
Virgen de los Dolores
La devoción a la Madre de Dios bajo las advocaciones
de Nuestra Señora de la Soledad, de la Piedad,
la Dolorosa, Nuestra Señora de las Angustias,
la Virgen de la Esperanza y la Virgen de los Dolores,
entre otras, proviene del siglo xiii, cuando se funda
en Italia la Orden de los Siervos de María o
servitas, cuyo objetivo y espíritu era fomentar,
difundir y conservar la devoción a la Virgen.
ARTÍCULO COMPLETO EN LA EDICIÓN
IMPRESA
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Reina A. Cedillo Vargas.
Arqueóloga. Investigadora de la Dirección
de Salvamento Arqueológico. Ha trabajado en el
Centro Histórico de la ciudad de México.
Realizó excavaciones en Comalcalco, Tabasco,
y ha sido responsable de las exploraciones en el Museo
Nacional del Virreinato.