A mi maestro Jeffrey
R. Parsons
A
los pies del Iztaccíhuatl, a una altitud
de 2 590 msnm y a tan sólo 5 km al este
del poblado de Amecameca, se encuentra un monumento
prehispánico singular. Conocido popularmente
como “la piedra del tirador” o “la
piedra semilla de Tomacoco”, este monumento
fue esculpido sobre una gran roca de andesita
que quizás formaba parte de la morrena
de un antiguo glaciar.

El costado poniente
del monumento de Amecameca en su estado actual.
Dado su pésimo estado de conservación,
es imperativo protegerlo de los agentes de deterioro
naturales y humanos.
F oto: Boris de Swan / Raíces
|
En
1972, Jeffrey R. Parsons y su experimentado equipo de
arqueólogos recorrieron esta suave pendiente
de superficie irregular, dedicada al pastoreo y la agricultura,
y rodeada por un denso bosque de pinos y encinos. Allí
se toparon con un enorme recinto ceremonial –hoy
inexistente– al que dieron la clave “Ch-Az-47”.
De acuerdo con su reporte, dicho recinto era un espacio
triangular de 750 por 650 por 440 m, limitado por espesos
muros de piedra de entre 50 y 100 cm de altura y unos
2 m de espesor. En su interior pudieron recuperar escasos
fragmentos de cerámica azteca tardía y,
cerca del vértice septentrional, hallaron la
roca en cuestión, de unos 2.5 m de altura, 5
m de norte a sur y 3 m de este a oeste. En 1987, la
astrónoma Lucrecia Maupomé añadiría
a esta magra lista de vestigios un marcador teotihuacano
que fue tallado a escasos 4 m al suroeste.
El monumento de Amecameca posee como uno de sus rasgos
distintivos un conjunto de seis escalones que fueron
excavados en su costado sur, los cuales permiten acceder
a la cara superior de la roca y realizar desde ese punto
observaciones a 360 grados. El costado poniente, en
contraste, es relativamente plano y está cubierto
por una rica iconografía. Ahí podemos
distinguir dos grupos de figuras talladas en bajorrelieve.
El primero de ellos es una banda glífica que
acusa la forma de una L acostada. Está dividida
en 13 cartuchos rectangulares –cada uno de 38
cm por lado– que enmarcan los días de la
primera trecena del tonalpohualli o calendario
adivinatorio de 260 días. Aunque algunos numerales
y signos de día son hoy casi imperceptibles,
es evidente que se trata de la serie que comienza con
la fecha 1 cipactli y continúa con 2 ehécatl,
3 calli, 4 cuetzpallin, 5 cóatl, 6 miquiztli,
7 mázatl, 8 tochtli, 9 atl, 10 itzcuintli, 11
ozomatli, 12 malinalli y 13 ácatl.
Dicha serie, dividida por chalchihuites, asciende numéricamente
de izquierda a derecha y, a partir del recodo, de abajo
hacia arriba.
El segundo grupo está integrado por una figura
antropomorfa y dos zoomorfas, todas representadas de
cuerpo completo, erguidas, de perfil y dirigiendo sus
miradas hacia la derecha. Destaca la esquemática
imagen de un hombre que luce un tocado geométrico
y viste, quizás, un xicolli (chaleco
ritual) y un máxtlatl (braguero). Aparece
de pie y abriendo el compás de las piernas en
actitud de caminar. Con su brazo izquierdo sujeta en
alto lo que parece ser un tlémaitl,
el típico sahumador de cerámica en forma
de cazoleta que era utilizado durante las ceremonias
religiosas. Debajo de él se encuentra un brasero
bicónico de gran tamaño, decorado como
los encontrados en el Templo Mayor con un gran moño
en la cintura. Inmediatamente a la derecha fue esculpida
la fecha 10 tochtli, compuesta por un simpático
conejo de cuya boca emerge una vírgula de sonido
y por 10 anillos que siguen un patrón de C invertida.
La cuarta y última figura está muy borrada,
pero podría representar a un mono araña.
A partir de un cuidadoso análisis del relieve,
así como de fotos y grabados antiguos, vislumbramos
su silueta, tal vez dotada de un hocico alargado o de
un pico que lo vincularía con Ehécatl-Quetzalcóatl.
Tras
el significado de los relieves
En la literatura especializada existen interpretaciones
tan variadas como disímbolas acerca de las funciones
del monumento de Amecameca, las cuales conviene repasar
a continuación. Debemos la primera noticia al
capitán de dragones flamenco Guillermo Dupaix,
quien visitó el paraje en 1806, en el contexto
de la segunda real expedición anticuaria por
tierras novohispanas. Como es sabido, lo acompañaba
el dibujante toluqueño José Luciano Castañeda,
autor de un dibujo imperfecto de la roca que muchos
años después sería publicado en
forma de litografía. Según Dupaix, el
monumento hacía las veces de observatorio astral,
en tanto que los relieves figuraban a una suerte de
Galileo aborigen con su “tubo óptico”,
además del símbolo astronómico
del conejo y algunos signos celestiales “producto
al parecer de lo observado”.
TEXTO COMPLETO EN LA
EDICIÓN IMPRESA
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• Leonardo López Luján.
Doctor en arqueología por la Universidad de París
X-Nanterre. Investigador del Museo del Templo Mayor
y director del Proyecto Templo Mayor, INAH. Prepara
con Eduardo Matos Moctezuma el libro Escultura monumental
mexica.