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Tlatelolco

ÍNDICE 89  
DOSIER: Tlatelolco Códice de Tlatelolco

Breve historia de Tlatelolco

El Centro Cultural Universitario Tlatelolco
La arqueología de Tlatelolco
ARQUEOLOGÍA: El Tajín en el siglo XVIII
Exploraciones arqueológicas ANTROPOLOGÍA FÍSICA: Experiencias de vida. 2
Salvamento arqueológico en Tlatelolco MITOS Y CUENTOS: El mundo se hizo así
El Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco DOCUMENTOS: Códice Osuna
Caja de agua del Colegio de la Santa Cruz PIEZA: Máscara ceremonial de Tlatilco

La arqueología de Tlatelolco
De la Colonia a los sesenta del siglo xx
Eduardo Matos Moctezuma

Tlatelolco se encuentran representadas tres épocas históricas: la prehispánica,
la colonial y la moderna.
Foto: b. de Swan / Raíces

Los resultados de los trabajos en la zona arqueológica de Tlatelolco –realizados por destacados investigadores y que abarcan desde 1944 hasta la fecha– confirman las maravillas de ese sitio de las que ya hablaban el cronista español Bernal Díaz del Castillo, en el siglo xvi, y el estudioso Antonio León y Gama, en el xviii.

Dirán ahora algunos lectores muy curiosos que cómo pudimos alcanzar a saber que en el cimiento de aquel gran cu echaron oro y plata y piedras de chalchihuís ricas y semillas, y lo rociaban con sangre humana de indios que sacrificaban, habiendo sobre mil años que se fabricó y se hizo. A esto doy por respuesta que desde que ganamos aquella fuerte y gran ciudad y se repartieron los solares, que luego propusimos que en aquel gran cu habíamos de hacer la iglesia de nuestro patrón y guiador señor Santiago, y cupo mucha parte de la del solar del alto cu para el solar de la santa iglesia para aquel cu de Huichilobos, y cuando habrían los cimientos para hacerlos más fijos, hallaron mucho oro, plata, chalchihuís, perlas, aljófar y otras piedras (Díaz del Castillo, t. I, 1943).

Con estas palabras se refiere Bernal Díaz del Castillo al Templo Mayor de Tlatelolco, aunque exagera en la antigüedad del monumento. Es fácil imaginar que de aquellos hallazgos se desconoce la suerte que tuvieron, aunque es posible pensar que quienes abrieron los cimientos para construir los primeros asentamientos del lugar se hicieron de ellos y sólo quedan las palabras de Bernal Díaz del Castillo, que son a todas luces elocuentes: como parte de la destrucción de los templos indígenas considerados como obra del demonio, ahora se iniciaba la obra de los ángeles con el pillaje producto del triunfo militar.
Un dato interesante al respecto lo tenemos en la Iglesia de Santiago, ubicada sobre la parte posterior del Templo Mayor de Tlatelolco, como lo dice el cronista soldado. La destrucción de este último y de otros templos traía aparejada la utilización de la piedra para la edificación de la iglesia, como se puede apreciar en los muros de la misma. En efecto, en la parte externa del ábside de la iglesia aún se ve, empotrado, un bloque de piedra con el rostro de una deidad que podría ser un Tláloc que ve hacia el norte. Otras piedras muestran talla prehispánica.

Siglo XVIII
Asentado el poder peninsular, muchos años debieron de pasar para que se volviera a poner atención en Tlatelolco, último reducto de la resistencia mexica. Correspondió al sabio don Antonio León y Gama hacer mención de las riquezas que allí podrían encontrarse en el “Discurso preliminar” de su Descripción histórica y cronológica de las dos piedras…, publicada en 1792, en la que dice:

Siempre he tenido el pensamiento de que en la plaza principal de esta ciudad, y en la del barrio de Santiago Tlatelolco se habían de hallar muchos preciosos monumentos de la antigüedad mexicana […] y habiendo sido la segunda plaza de Tlatelolco el último lugar donde se retiraron y mantuvieron los indios hasta el día de la toma de la ciudad; es de creer que allí hubieran ido conduciendo así sus penates, ó ligeros idolillos, que de todas materias (aún de las más preciosas, según las facultades de sus dueños) fabricaban y guardaban dentro de sus propias casas, como todas las alhajas y tesoros que poseían […] es, pues, de creer, que todo esto, o la mayor parte de ello esté debajo de la tierra de Tlatelolco (León y Gama, 1990, pp. 1-2).

Siglo xix
Las noticias con que contamos nos llevan a finales del siglo xix, cuando por el interés de España de celebrar el cuarto centenario del descubrimiento de América, invitaron a muchos países –entre ellos México– a participar en una gran exposición que tendría lugar en Madrid en 1892. Para ello, nuestro país creó la Junta Colombina, encabezada originalmente por don Joaquín García Icazbalceta y con la participación de Alfredo Chavero, José María Vigil, Francisco del Paso y Troncoso, José María de Agreda y Sánchez y Francisco Sosa, a la que se incorporaron poco después Luis González Obregón y Jesús Galindo y Villa. Para el tema que tratamos, se tiene información de que dicha junta ordenó que se realizaran trabajos de excavación en la plaza de Tlatelolco y cerca del tecpan, y que los trabajos se encomendaron al coronel Manuel Ticó, quien los comenzó el 28 de junio de 1892. Se practicaron calas de hasta 20 m de longitud y 5.30 m de profundidad. La prensa de la época dice al respecto:

Frente al Tecpan, a un metro de profundidad, se encontraron unas capas de cuarenta centímetros de yeso ó una sustancia parecida blanca, fina y superpuestas de una manera uniforme como si fueran hojas de papel; profundizando otro metro, se encontró lo mismo; luego otro y al final una escalinata pintada de azul, fabricada con una argamasa parecida al asfalto.
Había allí una cripta y cinco osamentas humanas con sus atributos, entre los cuales se distinguen unos pitos o chirimías de barro barnizado, algunos tan completos que se pueden tocar en ellos; un mascarón de tezontle de remota antigüedad, con una abertura en su parte superior donde se ponía el ulli sagrado y un sello con la cruz de Quetzalcóatl que servía para que se pintaran la cara los antiguos mexica.
En las demás se recogieron como 400 ídolos pequeños (penates), de los cuales hay uno que representa la Diosa del Agua y otros á Tezcatlipoca; como 1,000 dardos y flechas de obsidiana, otra de serpentina, pebeteros de los llamados humazos con que se incensaba a los ídolos y pedacitos de concha, que está comprobado se usaban por los indios para sus adornos.
Igualmente hay todos los objetos necesarios para el juego de pelota, perfectamente conservados, etc.
De los objetos grandes se encontraron tres monolitos, uno de los cuales parece ser piedra de los sacrificios; bastones de mando de barro y de piedra; tres ídolos de barro, huecos; una jarra con mascarones y culebras; una pipa para fumar tabaco; un vaso pintado de verde y azul, de gran ornamentación, y un vaso semejante al de los asirios (El Monitor Republicano, 1892, p. 230).

Como puede verse, no fueron pocos los vestigios hallados. Pero vale la pena mencionar que un año más tarde, el 15 de julio de 1893 y ya terminados los festejos de Madrid, el coronel Ticó seguía despachándose con la cuchara grande en Tlatelolco, como se consigna en una nota del Monitor Republicano en la que se da cuenta del hallazgo de: “…objetos de obsidiana y meorita de los que usaban los indios como adornos, piedras artísticamente labradas y pequeñísimos bajo relieves notables por lo completo de los detalles de las figuras que representan” (El Monitor Republicano, 1893, p. 254).

Siglo xx
Fue hasta 1944 que dio comienzo un proyecto de investigación en Tlatelolco encabezado por don Pablo Martínez del Río, quien contó con la estrecha colaboración de Antonieta Espejo, arqueóloga del INAH. Dicho proyecto se concibió a partir del interés mostrado por Robert H. Barlow. Dice Martínez del Río acerca de esto:

La idea de practicar algunas exploraciones de carácter arqueológico en Tlatelolco, se debe a nuestro colaborador el señor Robert H. Barlow, de la Universidad de California, quien, después de haberse dedicado durante algún tiempo al estudio de las diversas fuentes antiguas que se ocupan del pasado de ese lugar, concibió el proyecto de abrir algunos pozos estratigráficos en ciertos solares actualmente desprovistos de construcción a fin de obtener un buen número de fragmentos de cerámica (Martínez del Río, 1944).

1944-1948. Los trabajos emprendidos duraron varios años, entre 1944 y 1948, y sus resultados se publicaron en diversos números de las Memorias de la Academia Mexicana de la Historia bajo el título de Tlatelolco a través de los tiempos. En efecto, en sus páginas podemos constatar que se trató de un trabajo interdisciplinario que incluía un buen número de temas, tanto prehispánicos como coloniales. Se contó con la co-laboración de destacados especialistas, entre los que mencionaré a don Pablo Martínez del Río, quien, entre otras cosas, siempre escribía la nota preliminar del volumen correspondiente. Los aportes de Barlow son numerosos, así como los de Antonieta Espejo, quien reportaba de su diario de campo los pormenores de la excavación arqueológica. También se contó con la colaboración de James B. Griffin, dedicada a la cerámica del lugar y azteca en general; el recuento de esculturas recuperadas fue de Salvador Mateos Higuera; y no faltan las firmas en algún artículo de Alfonso Caso y Jean Charlot, así como la de Arturo Monzón y muchos más.
Algo que nos sorprendió desde la primera vez que tuvimos en nuestras manos estos escritos fue cómo en el número I aparece, quizá por primera vez en la arqueología mexicana, la utilización de foto aérea. Don Pablo hace un análisis del barrio de Santiago y a partir de una fotografía describe las características del sitio. Por otra parte, la recuperación parcial de algunas etapas constructivas del Templo Mayor y ofrendas asociadas se acompaña de planos, dibujos y fotografías que forman un buen acopio de información acerca de lo realizado. Algo interesante es la manera en que se trataron de conservar restos de madera y púas de maguey, para lo cual se emplearon baños de alcohol sustituyendo el agua presente en los objetos por una solución de celuloide en acetona o por parafina líquida. Quizá actualmente y con los avances de la restauración en México esto suene un tanto exótico, pero muestra el interés por preservar los restos orgánicos. Baste señalar que con todos estos trabajos se daba un paso significativo no sólo en el aspecto arqueológico, sino para la comprensión en general del Tlatelolco prehispánico y colonial.
Década de los sesenta. Años más tarde, con motivo de la construcción del conjunto urbanístico Nonoalco-Tlatelolco, bajo las órdenes del arquitecto Mario Pani, en la década de los sesenta del siglo xx, comenzó el rescate arqueológico a cargo del inah, dirigido por Francisco González Rul, quien nos invitó a participar a Braulio García y a mí (por entonces yo era estudiante de la carrera de arqueología). Me correspondió excavar, y enumerar piedra por piedra, un templo de planta casi cuadrada, con una sección circular en la parte posterior, que sería trasladado a otro lugar para su preservación. El edificio tenía su fachada principal hacia el oriente. También colaboré en la excavación de los primeros 56 entierros de los cientos que posteriormente se encontrarían dentro del recinto o en plaza principal de Tlatelolco. La mayoría de estos primeros entierros se localizó debajo de la prolongación de San Juan de Letrán, ahora Eje Central Lázaro Cárdenas. Un buen número era de infantes y otro tanto de adultos en posición flexionada, acompañados con ofrendas formadas por ollas, cajetes, malacates y en ocasiones con piezas de madera y otros materiales, como se aprecia en el cuadro adjunto. Cabe señalar que la enorme cantidad de entierros encontrada dentro del recinto ceremonial siempre atrajo mi atención. Cubrían un área extensa y estratigráficamente se ubicaban desde niveles muy superficiales hasta a cierta profundidad, muy cerca uno de otros o colocados uno encima de otro. También se hallaron verdaderos osarios con partes separadas del esqueleto. Aunque algunos de esos restos muestran huellas de sacrificios, en otros se trata de entierros acompañados de su ajuar mortuorio, lo que indica que los individuos murieron debido a la hambruna de 1454, la guerra de conquista de Axayácatl en 1473 o la última resistencia mexica durante la conquista española de 1521. La colocación de entierros dentro de ese espacio resulta insólita pues recintos como este no eran lugar para enterramientos, como puede constatarse en el Templo Mayor de Tenochtitlan.
Los edificios que actualmente observamos en la plaza principal de Tlatelolco fueron excavados por aquel entonces. Varios años de trabajo bajo diferentes coordinadores dieron por resultado el conocer las etapas constructivas del Templo Mayor y algunos de los edificios aledaños (González Rul, 1998). Éstos fueron nombrados con letras y uno de los hallazgos más significativos fue el del límite norte y parte del sur del recinto ceremonial, una plataforma formada por muros con escaleras alternadas cambiaron la idea de que el coatepantli o muro de serpientes que delimitaba la plaza principal tanto de Tlatelolco como de Tenochtitlan fuera eso, un muro. Años más tarde pudimos corroborar lo anterior en Tenochtitlan, en donde en la parte posterior del Templo Mayor hallamos un tramo de la gran plataforma, a la que se accedía por escaleras que se alternaban con muros. Con lo anterior se seguía la vieja tradición presente desde Teotihuacan, estado de México (Ciudadela, Pirámide del Sol), de encerrar el espacio sagrado con el templo principal y otros dentro de un perímetro formado por una gran plataforma con accesos restringidos.
También se localizaron restos de pintura mural en el interior de algunos aposentos, los que fueron atendidos por personal especializado en restauración para su desprendimiento y posterior tratamiento. Como parte del ajuar mortuorio de los entierros se recuperaron restos de telas, calabaza y madera, que fueron trasladados para su conservación al ex convento de Churubusco y al entonces Departamento de Prehistoria del INAH.
Década de los ochenta. Fue hacia esta década cuando dio comienzo un nuevo proyecto de investigación que contó con el patrocinio del inah y de la Universidad de Colorado, Boulder, en el que incorporé a Francisco Hinojosa y a Salvador Guilliem. Este último fue finalmente nombrado como encargado de campo y se llevaron a cabo diversos trabajos, a los que se dedica un artículo en este número de Arqueología Mexicana. Años después, el Departamento de Salvamento Arqueológico del inah realizó el rescate arqueológico en el predio en donde se construirían edificios de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Una de sus integrantes, la arqueóloga Margarita Carballal, incluye también un texto sobre los trabajos realizados.
No cabe duda que aquellas palabras dichas por León y Gama en el siglo XVIII acerca de la importancia de Tlatelolco guardaban mucho de verdad…

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Eduardo Matos Moctezuma. Maestro en ciencias antropológicas por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Profesor emérito del INAH y miembro de El Colegio Nacional. Coordinador general del Proyecto Templo Mayor y del Programa de Arqueología Urbana. Miembro del Comité Cientifico-Editorial de esta revista.

ESPECIAL 28
VIGENTE
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NÚMERO 94
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