En
México, las cimas nevadas son excepcionales.
En el Altiplano Central no hay más de
tres montañas con hielos perennes y en
invierno apenas una docena más se cubre
por nevadas ocasionales; este paisaje fue sacralizado
desde tiempos remotos. Recientemente surgió
una arqueología especializada en esos
agrestes parajes, la cual se conoce como “arqueología
en alta montaña”, disciplina poco
conocida que muestra cómo se desarrollaron
los adoratorios en alturas que sobrepasan la
posibilidad biológica de la supervivencia
humana.

En las lagunas del
Sol y de la Luna del Nevado de Toluca –a
más de 4000 msnm– se ha realizado
investigación arqueológica subacuática.
Entre los hallazgos destacan cetros ceremoniales
de madera, púas de maguey aún
con cutícula y piezas de copal que conservan
su aroma.
Foto: Subdirección
de Arqueología Subacuática / inah
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Por
arriba de los 4 000 msnm no se puede desarrollar la
masa forestal pues las condiciones de baja temperatura
marcan el límite natural para el crecimiento
arbóreo, límite que es fácilmente
perceptible en el paisaje. Los materiales arqueológicos
localizados por arriba de esta cota demuestran la capacidad
de quienes antiguamente realizaban cultos por superar
fronteras naturales, mucho antes de que las modernas
técnicas del alpinismo se aventuraran a conquistar
las más altas cumbres. Entre los sitios arqueológicos
situados en las cúspides se encuentran el Iztaccíhuatl,
el Nevado de Toluca y la Sierra Negra. Aunque en el
Popocaté-
petl y en el Pico de Orizaba la actividad volcánica
borró toda huella, no obstante hemos registrado
en sus laderas sitios arqueológicos escalonados
que consideramos eran parte de la ruta de ascenso a
la cima.
Subir
a las montañas
En el medio agrícola de la antigüedad, la
mayoría de los habitantes vivía en un
ambiente geográfico limitado; los rasgos orográficos
dominantes del paisaje se relacionan con el pensamiento
religioso. La geografía adquirió una calidad
absolutamente espiritual y se le atribuyeron asociaciones
concretas y simbólicas: los montes primero fueron
humanizados y luego deificados.
Había distintas intenciones religiosas para subir
a las montañas. Rogar por la lluvia no era el
único motivo por el que se ascendía, pero
sí era el más importante. Ofrendar en
la montaña servía para estimular el clima,
el ritual de propiciación climática era
un modelo generador de agua que se aplicaba cíclicamente
para beneficio de los campos de cultivo. Por las evidencias
arqueológicas localizadas en la Cueva de Caluca,
en el Iztaccíhuatl (Navarrete, 1957, pp. 14-18),
y en la cima del Monte Tláloc (Towsend y Solís,
1991) se sabe que desde el Preclásico Tardío
existía el culto en las montañas.
La ubicación, la delimitación y los escenarios
rituales de los sitios arqueológicos en la alta
montaña dedicados al culto tienen profundas variaciones
que demuestran que la relación comunidad/montaña
era compleja. Así, hay evidencias de que en las
más altas e inaccesibles cimas se realizaban
rituales ascéticos; observaciones astronómicas;
que otros sitios fueron emplazamientos en los que se
conjugaron elementos acuáticos, una analogía
con la abundancia hidráulica; algunos más
fueron destinados para rituales de la nobleza; y la
mayoría funcionaron como receptores de sencillas
ofrendas depositadas por campesinos locales, que pedían
un clima benigno para sus campos de labor.
TEXTO COMPLETO EN LA
EDICIÓN IMPRESA
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• Ismael Arturo Montero García.
Arqueólogo, maestro en historia de México
y doctor en antropología. Miembro del SNI-Conacyt.
Premio Nacional Forestal, 2002. Codirector del Proyecto
de Arqueología Subacuática en el Nevado
de Toluca, sas, INAH.
www.montero.org.mx/tlalocan.htm