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Cenotes en el área maya

ÍNDICE 83  
DESCUBRIMIENTO: Hallazgo de lápida monumental, Tlaltecuhtli. Los huesos del Cenote Sagrado. Chichén Itzá, Yucatán

La diosa Tlaltecuhtli

Cementerios acuáticos mayas
DOSIER: Los cenotes en el área maya El cenote Ziiz Ha.
Los cenotes de la península de Yucatán Los cenotes en la actualidad
Cenotes y asentamientos humanos en Yucatán Guía de Viajeros. Cenotes en la península de Yucatán
Bolonchén, Campeche PIEZA: El Cascajal, Jaltipan, Veracruz
El cenote Xlacah. Dzibilchaltún, Yucatán ARQUEOLOGÍA: Artesanos y barro
El Cenote Sagrado de Chichén Itzá, Yucatán DOCUMENTO: Códice de Huichapan

Bolonchén, Campeche
John L. Stephens

Bolonchén deriva su nombre de dos palabras de la lengua maya: bolon que significa nueve, y chen que significa pozo, lo cual reunido quiere decir nueve pozos. Desde tiempo inmemorial, en efecto, nueve pozos formaban en la plaza el centro de esta población, y aún se ven en la misma plaza los tales pozos. [...]
Mas en aquél [año], con motivo de la prolongada duración de la estación lluviosa, se había mantenido provistos por más tiempo y aún conservaban abundante agua. Sin embargo, acercábase a gran prisa el tiempo en que estas aguas iban a agotarse, y los habitantes debían acudir a proveerse a una extraordinaria caverna distante media legua del pueblo. [...]
Había una gran dificultad en nuestro proyecto de visitar la cueva en aquella circunstancias. Desde que comenzó la estación lluviosa, había dejado de frecuentarse; y cada año, poco antes de comenzar de nuevo a recibir la visita de los habitantes del pueblo, empleábanse varios días en reparar las escaleras. Pero como aquella vez era la única oportunidad que teníamos de verla, determinamos hacer la prueba.
El cura se encargó de hacer los necesarios aprestos, y después del almuerzo nos pusimos en marcha en medio de una larga procesión de indios y de vecinos. Como a media legua de distancia del pueblo, camino de Campeche, penetramos en una amplia vereda que seguimos hasta entrar en un pasadizo tortuoso. Bajando gradualmente por él llegamos al pie de una ruda, elevada y caprichosa abertura practicada bajo una atrevida bóveda de rocas pendientes, con el aire de una magnífica entrada a un gran templo destinado al culto del dios de la Naturaleza.

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Fragmentos tomados de John L. Stephens, Viajes a Yucatán, ilustraciones de Frederick Catherwood, traducción de Justo Sierra O’Reilly, Consejo Editorial de Yucatán/sep, México, 1986, pp. 118-128

Desembarazámonos de los atavíos que pudieran servirnos de dificultad y siguiendo al indio que debía guiarnos, provistos de una antorcha de viento, entramos en la salvaje caverna, que iba haciéndose más y más obscura conforme avanzábamos. Como a distancia de sesenta pasos el descenso se hizo precipitado, y bajamos por una escalera de veinte pies. En este sitio desapareció hasta el último vestigio de luz que venía de la boca de la caverna; pero muy luego llegamos al borde una inmensa bajada perpendicular, en cuyo fondo mismo caía una masa luminosa, que pasaba por medio de una abertura practicada en la superficie de la colina, y que tenía doscientos diez pies de profundidad, según pudimos saberlo después tomando las medidas. Al situarnos en el borde este precipicio bajo una inmensa cobertura de rocas vivas, que todavía parecía más obscura y sombría por el rayo de luz que penetraba por la abertura superior, las gigantescas estalactitas y los enormes picachos de piedras parecían revestidos de las formas más caprichosas y fantásticas, y tomaban el aire de animales monstruosos, o de las deidades de un mundo subterráneo.
Desde el borde del precipicio en que estábamos descendía una enorme escalera, de la construcción más tosca que puede imaginarse, llevando perpendicularmente hasta el fondo de la abertura. Tenía de setenta a ochenta pies de largo sobre unos doce de ancho, y estaba construída de rudas ramas atadas entre sí y sostenidas por estacas horizontales apoyadas en la roca, por toda la prolongación del descenso. La escalera era doble y dividida por el centro en dos ramales; y además todas las ataduras eran de mimbres. Su aspecto nos pareció bastante precario e inseguro, confirmándonos los malos precedentes que habíamos oído sobre la dificultad de penetrar en una caverna tan extraordinaria.
Nuestros indios comenzaron el descenso; pero apenas se había perdido la cabeza del primero, cuando faltó uno de los peldaños, y con trabajo pudo escaparse de una catástrofe acertando a fijarse en otro del cual quedó colgado. Como la escalera había sido atada con mimbres verdes todavía, éstos se hallaban secos entonces, flojos y aun rotos en ciertas partes. Sin embargo, nos resolvimos a bajar, y en efecto bajamos con algunos ligeros contratiempos, cuidando siempre de asegurar los dos pies y las dos manos en apoyos diferentes, a fin de que fallando uno se encontrase el que le seguía; y de este modo todos llegamos hasta la extremidad inferior de la escalera; es decir, nosotros tres, nuestros indios y tres o cuatro individuos de la numerosa escolta que llevábamos, porque el resto había desaparecido quedándose arriba. La vista de esta escalera desde abajo, e iluminada a la débil luz de las antorchas, es uno de los espectáculos más salvajes e imponentes que pudiera imaginarse. Sin embargo, el lector no se encuentra todavía sino a la boca de esta singular caverna, y para explicarle brevemente su extraordinario carácter, diréle su nombre que es el de Xtacumbil-Xunaan. Esto quiere decir en lengua maya la señora escondida, y se deriva de una leyenda indígena que refiere la historia de una señora que, robada del poder de su madre, fue escondida por su amante en esta caverna.
Todas las escaleras se reparan y aseguran anualmente cuando los pozos de la plaza de Bolonchén comienzan a flaquear. La municipalidad designa el día en que deben cerrarse los pozos y trasladarse la concurrencia a la caverna: ese día se celebra una gran fiesta campestre al pie de esta inmensa escalera. Por el lado que conduce a los depósitos de agua hay un rudo salón de elevado techo de roca y un piso nivelado: adórnanse de ramas las paredes de esta sala, ilumínase bien toda ella, y el pueblo entero se traslada allí con música y refrescos. El cura no deja de concurrir, siendo el jefe de la fiesta, y todo el día se pasa en bailar dentro de la caverna, regocijándose de que cuando una fuente se ha cerrado, se encuentra abierta otra para satisfacer sus necesidades. [...]
Muy sensible nos fue el no poder fijar las particularidades o diferencias que podían existir entre estas aguas, y sobre todo el no llevar un barómetro y un termómetro para conocer su temperatura y gravedad específica. Si hubiéramos sabido algo, de antemano habríamos llevado por lo menos un termómetro; pero como siempre ignorábamos en lo absoluto lo que nos esperaba, nuestro principal cuidado era desembarazarnos de cuanto podía retardar nuestras marchas; y después de eso, hablando la pura verdad, hicimos en aquel país ciertas cosas sólo por nuestra propia satisfacción, y sin ningún proyecto científico. La superficie del país está formada de un terreno de transición, o cubierta de montañas de piedra calcárea, y auque éste es casi indudablemente su carácter, acaso allí, más que en ninguna otra parte del territorio, abundan esas hendiduras o cavernas, en que las fuentes brotan, súbitamente, y los torrentes siguen un curso subterráneo. Pero estas fuentes vivas de agua y la conformación geológica del terreno, entonces eran para nosotros objetos de interés secundario. El hecho más importante era, que desde el momento en que los pozos de la plaza flaqueaban, el pueblo entero acudía a proveerse de agua en esta caverna, y por cuatro o cinco meses consecutivos éste era el único surtidero de aquel elemento. Y no era esta caverna, como en Xkoch, el recurso de un indio errante, ni como en Chaac el de un pequeño miserable rancho, no: era el único depósito de agua de uno de los más prósperos pueblos de Yucatán, que contiene una población de siete mil almas; y subirá de punto la admiración cuando se sepa que durante todo ese tiempo largas hileras de indios, hombres y mujeres, acuden diariamente con sus cántaros a cuestas que sacan de allí llenos de agua; y que a pesar de la fama que la caverna de Bolonchén tiene en Yucatán, según los mejores informes que reuní, ningún hombre blanco del pueblo la había explorado jamás.

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NÚMERO 91
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Los mexicas ante el cosmos
Alfredo López Austin
La cosmovisión mexica concebía que la realidad divina estaba traslapada en el espacio de las criaturas, se creía en una doble naturaleza del tiempo y del espacio.



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