Bolonchén
deriva su nombre de dos palabras de la lengua maya:
bolon que significa nueve, y chen que significa
pozo, lo cual reunido quiere decir nueve pozos.
Desde tiempo inmemorial, en efecto, nueve pozos
formaban en la plaza el centro de esta población,
y aún se ven en la misma plaza los tales
pozos. [...]
Mas en aquél [año], con motivo de
la prolongada duración de la estación
lluviosa, se había mantenido provistos por
más tiempo y aún conservaban abundante
agua. Sin embargo, acercábase a gran prisa
el tiempo en que estas aguas iban a agotarse, y
los habitantes debían acudir a proveerse
a una extraordinaria caverna distante media legua
del pueblo. [...]
Había una gran dificultad en nuestro proyecto
de visitar la cueva en aquella circunstancias. Desde
que comenzó la estación lluviosa,
había dejado de frecuentarse; y cada año,
poco antes de comenzar de nuevo a recibir la visita
de los habitantes del pueblo, empleábanse
varios días en reparar las escaleras. Pero
como aquella vez era la única oportunidad
que teníamos de verla, determinamos hacer
la prueba.
El cura se encargó de hacer los necesarios
aprestos, y después del almuerzo nos pusimos
en marcha en medio de una larga procesión
de indios y de vecinos. Como a media legua de distancia
del pueblo, camino de Campeche, penetramos en una
amplia vereda que seguimos hasta entrar en un pasadizo
tortuoso. Bajando gradualmente por él llegamos
al pie de una ruda, elevada y caprichosa abertura
practicada bajo una atrevida bóveda de rocas
pendientes, con el aire de una magnífica
entrada a un gran templo destinado al culto del
dios de la Naturaleza. |
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Fragmentos tomados
de John L. Stephens, Viajes a Yucatán,
ilustraciones de Frederick Catherwood, traducción
de Justo Sierra O’Reilly, Consejo Editorial
de Yucatán/sep, México, 1986, pp.
118-128
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Desembarazámonos de los atavíos que pudieran
servirnos de dificultad y siguiendo al indio que debía
guiarnos, provistos de una antorcha de viento, entramos
en la salvaje caverna, que iba haciéndose más
y más obscura conforme avanzábamos. Como
a distancia de sesenta pasos el descenso se hizo precipitado,
y bajamos por una escalera de veinte pies. En este sitio
desapareció hasta el último vestigio de
luz que venía de la boca de la caverna; pero
muy luego llegamos al borde una inmensa bajada perpendicular,
en cuyo fondo mismo caía una masa luminosa, que
pasaba por medio de una abertura practicada en la superficie
de la colina, y que tenía doscientos diez pies
de profundidad, según pudimos saberlo después
tomando las medidas. Al situarnos en el borde este precipicio
bajo una inmensa cobertura de rocas vivas, que todavía
parecía más obscura y sombría por
el rayo de luz que penetraba por la abertura superior,
las gigantescas estalactitas y los enormes picachos
de piedras parecían revestidos de las formas
más caprichosas y fantásticas, y tomaban
el aire de animales monstruosos, o de las deidades de
un mundo subterráneo.
Desde el borde del precipicio en que estábamos
descendía una enorme escalera, de la construcción
más tosca que puede imaginarse, llevando perpendicularmente
hasta el fondo de la abertura. Tenía de setenta
a ochenta pies de largo sobre unos doce de ancho, y
estaba construída de rudas ramas atadas entre
sí y sostenidas por estacas horizontales apoyadas
en la roca, por toda la prolongación del descenso.
La escalera era doble y dividida por el centro en dos
ramales; y además todas las ataduras eran de
mimbres. Su aspecto nos pareció bastante precario
e inseguro, confirmándonos los malos precedentes
que habíamos oído sobre la dificultad
de penetrar en una caverna tan extraordinaria.
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