Las construcciones con lajas
son características del Cerro Barajas,
como se aprecia en esta plataforma monumental
del grupo C de Los Nogales. Foto:
Grégory Pereira |
El
Cerro Barajas, municipio de Pénjamo, Guanajuato,
uno de los macizos volcánicos que resaltan en
la amplia llanura aluvial del río Lerma, alberga
uno de los conjuntos arqueológicos más
importantes de la región. Durante su apogeo,
en las faldas del cerro se construyeron varios centenares
de edificios de formas y dimensiones variadas, en los
cuales se emplearon lajas de andesita como material
constructivo.
Las
investigaciones realizadas recientemente en la zona
muestran que la ocupación principal de los sitios
corresponde al Epiclásico (650-950 d.C.). Para
esta época, los habitantes del cerro eran agricultores
sedentarios y formaban una de las poblaciones más
numerosas del Bajío. Sabemos también que
esas poblaciones sedentarias empezaron a ocupar el cerro
desde el Clásico Medio (450-650 d.C.) y que,
para el final del siglo X, los sitios fueron abandonados
de manera generalizada, fenómeno que coincide
con el desplome de la frontera septentrional de Mesoamérica.
Ciertos indicios sugieren también que algunos
sitios fueron visitados de manera esporádica
por cazadores del Posclásico Tardío, quienes
dejaron algunos artefactos originarios de la cultura
purépecha.
Patrón
de asentamiento y organización social
Durante su apogeo, en las faldas del cerro se construyeron
varios centenares de edificios de formas y dimensiones
variadas, en los cuales se emplearon lajas de andesita
como material constructivo. Accesible en numerosos afloramientos
locales, este material fue utilizado tanto en la construcción
de viviendas sencillas como en los conjuntos religiosos
y residenciales más complejos.
Debe observarse que la gran mayoría de las estructuras
registradas se concentraban en una serie de lomillos
contiguos ubicados en la vertiente nornoroeste. Esta
continuidad del asentamiento y su homogeneidad arquitectónica
nos lleva a considerar que la decena de sitios ubicados
en la zona formaban parte de un mismo sistema. En este
conjunto, el sitio de Los Nogales funcionó seguramente
como el principal centro cívico-ceremonial del
cerro, ya que concentra las estructuras más complejas
y monumentales. Los demás sitios albergan una
mayor proporción de unidades habitacionales que
se relacionan con conjuntos monumentales más
pequeños.
El estudio de las áreas habitacionales nos da
una idea muy precisa de la vida cotidiana en el Epiclásico.
La mayor parte de los habitantes del cerro vivía
en casas de planta rectangular cuyo espacio interno
se encontraba a menudo dividido en dos o tres cuartos.
Los muros de lajas, que se levantaban sobre una terraza,
alcanzaban la altura del techo, construido con materiales
perecederos. Las viviendas solían formar grupos
de tres hasta diez casas. Entre cada uno de esos grupos
existían espacios libres, modificados a menudo
por sistemas de terrazas, que se empleaban seguramente
para el cultivo. Las residencias de la elite eran más
grandes y complejas, y formaban verdaderos conjuntos
departamentales. Como en el caso de la Estructura H2
de Yácata El Ángel, estos amplios edificios
estaban divididos en numerosos cuartos que se organizaban
en torno a patios interiores. Solían estar asociados
a un salón cuyo atrio central era usado como
espacio de reunión y de inhumación de
los muertos y, en varios casos, también a una
plaza cerrada.
TEXTO COMPLETO EN LA
EDICIÓN IMPRESA
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• Grégory Pereira. Doctor en arqueología
por la Universidad de París I-La Sorbona. Investigador
del CNRS de Francia y del Centro de Estudios Mexicanos
y Centroamericanos. Coordinador del Proyecto Arqueológico
Barajas.
• Gérald Migeon. Doctor en arqueología
por la Universidad de París I-La Sorbona. Curador
en el Ministère de la Culture, Service Régional
de l’Archéologie de Guyane. Investigador
asociado a la unidad “UMR 8096-Archéologie
des Amériques” del CNRS. Corresponsable
del Proyecto Arqueológico Barajas.