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La ciudad de México tiene
gran preeminencia en la historia del país:
ha sido un centro indiscutible de poder político
y económico y en ella se han tomado muchas
de las decisiones más trascendentales. Tan
es así que a menudo se da por hecho que la
historia de México se entiende con sólo
tomar en cuenta lo ocurrido en esta ciudad –por
ejemplo, la caída de Tenochtitlan, la obra
de los virreyes o las vicisitudes de la silla presidencial.
Esto provoca una gran distorsión en nuestro
conocimiento, pues en realidad casi toda la historia
de México, el país, ha ocurrido fuera
de México, la ciudad. Sin embargo, hemos
de reconocer que lo ocurrido en ésta ofrece
una pauta invaluable para organizar el conocimiento
que tenemos de otras áreas. De no ser así
sería difícil armar una historia “nacional”.
Con la geografía ocurre algo parecido. Una
“geografía de México”
es una geografía “nacional”.
Y aunque la geografía de carne y hueso sólo
se conoce examinando región tras región,
una geografía “nacional” requiere
de un elemento que la estructure y nos dé
una pauta útil para organizar nuestro conocimiento.
El conocimiento, en este caso, es el geográfico,
que (en esencia) es el que nos lleva a comprender
cómo el espacio cobra forma, se organiza
o se modifica. El elemento estructurador que viene
en nuestro auxilio es, nuevamente, la ciudad de
México, como se verá en este artículo
al comentar los rasgos de la organización
del espacio prehispánico y analizar su conservación
o cambio en la época colonial y aun después.
Principiemos reflexionando sobre la toponimia: la
república de México, el Estado de
México, el valle de México, Nuevo
México, aun el Golfo de México, toman
su nombre de una ciudad fundada en el siglo XIV
a 2 200 msnm. Son sólo nombres, pero nos
dicen mucho de la influencia de la ciudad sobre
su entorno. Cuando Nueva España llegó
a su fin, México, el país, decidió
tomar el nombre de México, la ciudad. (Es
el único país de gran tamaño
que ha tomado el nombre de su capital.) Ese centro
tan relevante es el que define al conjunto y norma
la explicación de su geografía y su
historia.
No existía “México” antes
del siglo XIV, pero sí se había formado
en el altiplano, desde tiempos de Teotihuacan y
Tula, un centro hegemónico sobre el que no
es necesario abundar aquí. México
(o, si se quiere precisar, México-Tenochtitlan)
heredó su posición y encarnaba esa
hegemonía en el momento del contacto indoeuropeo.
Las conquistas de la Triple Alianza consolidaban
el dominio del altiplano sobre las sierras y las
tierras bajas, es decir, las vertientes que daban
frente a uno y otro mar (lo que hoy llamamos el
Golfo y el Pacífico). El frío y seco
altiplano y las vertientes cálidas y húmedas
armaban una excelente simbiosis ecológica
y funcional. Las segundas abastecían con
sus tributos a la gran ciudad del altiplano, y ésta
respondía con el ejercicio de su poder y
su ascendiente cultural o ideológico. Los
principales caminos estaban dispuestos de modo de
atender a las necesidades de estos intercambios.
ARTÍCULO COMPLETO
EN LA EDICIÓN IMPRESA
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Bernardo García
Martínez. Doctor en historia; profesor de
El Colegio de México. Autor de estudios sobre
historia de los pueblos de indios, historia rural
y geografía histórica. Ha publicado
obras de síntesis sobre la historia y la
geografía de México. Miembro del Comité
Científico-Editorial de esta revista y guía
oficial del Club de Exploraciones de México.
Entre las actividades de esta institución,
fundada en 1922, se cuentan excursiones en las que
se recorre muchas de estas antiguas veredas en todas
partes del país. |