|
LOS
CAMINOS DEL MÉXICO ANTIGUO
Los senderos, caminos y rutas son una expresión
de la forma en que los grupos humanos organizan
el espacio social a partir del geográfico;
forman parte de la producción basada en el
diseño y la planeación culturales,
y son auténticos vehículos para el
intercambio. Por esas vías se trasladaban
las personas, que a su vez eran portadoras de objetos
y tradiciones, de bienes y de ideas, ejes articuladores
de procesos históricos. Sin duda, esas rutas
tuvieron un papel activo en la vida cotidiana al
conectar distintos lugares –cuya relevancia
estaba determinada por el nivel de desarrollo social–,
en distintas regiones y épocas. Es por ello
que la complejidad de las instituciones culturales,
económicas, políticas y religiosas
llevó a que se formalizaran estas vías
de intercambio terrestre, mediante la transformación
del entorno natural.
Con gran inversión de tiempo y esfuerzo,
los indígenas abrieron caminos entre diferentes
núcleos poblacionales, mercados y centros
ceremoniales; por esos caminos transitaron viajeros,
comerciantes, fieles e incluso tropas, movimientos
que a menudo implicaban traslados extenuantes a
larga distancia y durante periodos prolongados.
Las veredas y senderos se conformaron gracias al
recorrido que seguían una y otra vez los
individuos, mientras que los caminos, calzadas y
avenidas fueron notables obras de ingeniería,
con orientaciones generalmente relacionadas con
los sistemas calendáricos establecidos a
partir de observaciones astronómicas, reflejo
de la ideología de los pueblos prehispánicos.
LOS
CAMINOS VIRREINALES
El de los arrieros fue el sistema más importante
de transporte durante el periodo colonial, de manera
que la mayoría de las mercancías se
trasladaban en recuas, a lomo de mula, aunque también
en la espalda de los cargadores indígenas;
el tránsito de personas se hacía en
carros, carretas o a caballo.
Las rutas más importantes atravesaban diversas
ciudades y centros de consumo, y la ciudad de México
era el punto nodal, de donde partía el llamado
“camino de la plata” o “camino
real de Tierra Adentro” que comunicaba a la
capital con las lejanas provincias del norte de
la Nueva España, pasando por los pueblos
de indios, las villas, los reales de minas, las
misiones, las fortificaciones, los puertos marítimos,
los ranchos y las haciendas. También se trazaron
caminos desde Veracruz –el principal puerto
al que llegaban mercaderías europeas–
y desde Acapulco, puerto de arribo de la Nao de
Manila, con sus cargamentos de finos y estimados
productos asiáticos. Otras regiones también
contaban con vías que llevaban a la capital,
como las rutas de Texas, a lo largo del Pacífico,
y la de Guatemala, que atravesaba por Oaxaca.
LA
BÚSQUEDA DE ANTIGUOS CAMINOS
Las evidencias de que las sociedades del pasado
mantuvieron relaciones de intercambio suelen ser
claras para el arqueólogo, gracias a las
técnicas que permiten identificar como foráneas
en una localidad o región específica
a determinadas materias primas, las cuales se emplearon
para elaborar toda clase de objetos, por ejemplo
vasijas de cerámica, instrumentos de obsidiana
y ornamentos de piedra verde o turquesa. No obstante,
la ubicación de los caminos por los que se
transportaron esos bienes a menudo representa un
reto para la investigación, si se considera
que en muchas zonas de México las huellas
de esas antiguas sendas han quedado cubiertas por
asentamientos de los periodos colonial e independiente.
En las tierras desérticas del Norte de México
pueden observarse rastros de estas rutas ya sea
a simple vista o bien mediante el análisis
de fotografías aéreas, que permiten
detectar evidencias de su presencia por cambios
en la topografía, el color, la textura o
la vegetación del terreno. En las planicies
yucatecas y en las selvas del sureste, la calidad
de los amplios y extensos caminos que construyeron
los mayas facilita en muchos casos su ubicación
mediante reconocimientos de superficie e imágenes
de satélite, en las que se observan como
franjas regulares que rompen con el patrón
de los elementos naturales.
En las comunidades rurales indígenas y mestizas,
relativamente aisladas de la modernización,
las personas continúan trasladándose
a pie por veredas y senderos que cientos de años
atrás recorrieron sus ancestros. Así,
pueden recabarse datos entre informantes de esas
localidades, para verificar posteriormente en el
terreno los indicios de las rutas que en el pasado
comunicaban a distintos asentamientos. También
la cartografía histórica es un complemento
fundamental en muchas investigaciones arqueológicas:
lienzos, códices y mapas del periodo colonial
sirven de apoyo para rastrear los caminos del pasado.
En la actualidad se utilizan sistemas de información
geográfica que permiten ubicar en la superficie
de la Tierra elementos cuya regularidad puede interpretarse
como resultado de la acción humana. Estos
sistemas incorporan imágenes de satélite,
fotografías aéreas y mapas digitalizados,
así como las coordenadas que permiten la
ubicación de las huellas de las sendas del
pasado. Inclusive es posible reconstruir aquellas
que han desaparecido y generar mapas cartográficos
que muestren sus características.
RUTAS
E ITINERARIOS CULTURALES
El registro de los sitios arqueológicos,
naturales e históricos, así como la
conformación de redes de museos en los que
se muestre al público una interpretación
acerca de los caminos, son labores insoslayables
en el estudio y la difusión tanto de las
rutas de intercambio, como de los elementos, edificios
y paisajes que se relacionan con ellas.
Los “itinerarios culturales” –como
el proyecto de cooperación México-Estados
Unidos en torno al Camino Real de Tierra Adentro,
así como los parajes y el paisaje por los
que atraviesa– forman parte de iniciativas
para conservar y promover el patrimonio cultural
representado por esas rutas, por las que fluyeron
bienes e ideas durante varios siglos.
La constitución de rutas culturales turísticas
parte del estudio de los asentamientos asociados
con los caminos, sus características funcionales
y arquitectónicas, su historia –reconstruida
mediante fuentes documentales y evidencias arqueológicas,
según corresponda–, tomando en cuenta,
además, la recuperación del patrimonio
intangible, que incluye las lenguas, las expresiones
religiosas, las fiestas, la gastronomía,
así como la promoción de su conservación.
Aunque se ha avanzado mucho en el estudio de las
rutas prehispánicas y coloniales, falta por
identificar muchos caminos. En su trayecto incansable,
la arqueología mexicana continúa en
la búsqueda de evidencias pretéritas
para reconstruir las tendencias de desarrollo y
complejidad social, con enfoques científicos
que, paralelamente, inciden en la protección
de los caminos de ayer como parte de nuestro patrimonio
cultural.
_____________________
Patricia Fournier.
Doctora en antropología por la UNAM. Profesora
del posgrado en arqueología de la ENAH. Investigadora
asociada del Museo Nacional de Ciencias Naturales
de la Smithsonian Institution, Washington D.C.

Mesoamérica estuvo vinculada
con las áreas culturales situadas al norte
por una amplia red de rutas cuyo propósito
fundamental era el intercambio de diversas materias
primas, como la turquesa, material muy apreciado
pues se utilizaba en la elaboración de objetos
suntuarios. Información:
Phil C. Weigand. Ilustración digital: Samara
Velázquez / Raíces
|