La lluvia caía sin cesar golpeando la dura lámina que cubría el establo donde él estaba. Las gotas formaban una cancioncilla que conocía bien; empezaba la temporada de lluvias y las tardes de junio eran siempre grises. De pie sobre la paja, el reluciente caballo blanco cerró sus ojos dispuesto a dormir. En sus sueños recordaba las verdes y extensas praderas que recorría todos los días, el molino y el arroyo donde su ama lo detenía para que bebiera agua, un agua cristalina y refrescante que lo llenaba de energía, además de los juegos con sus hijas.
Su lomo se quejaba por el peso que le ponían encima; además era el encargado de jalar la carreta donde su ama llevaba un enorme aparato que producía imágenes de personas y paisajes. Mas… valía la pena, su ama, una mujer madura y de carácter enérgico, lo cuidaba y atendía como si fuese otro de sus hijos y le tenía siempre lista una buena comida y agua limpia en su bebedero. El caballo blanco sucumbió al sueño, recordando lo feliz que era al atravesar las praderas…
En la casa, su ama, doña Margarita Vargas, les daba a sus hijos de cenar. Sus hijas tenían que ayudarle, mientras los varones esperaban sentados a la mesa. El olor a pan recién hecho y el aroma del chocolate caliente llenaban el aire de la cocina y hacían que a las jovencitas se les hiciera agua la boca. Los relámpagos caían uno tras otro e iluminaban la casa, que tenía como única luz las veladoras que doña Margarita colocaba a San Juan y a la Virgen de Acahuato.
–Josefina, ¡apúrate a hacer el chocolate! ¡No dejes de moverlo o se va a pegar al cazo! –le gritaba doña Margarita
–Si, mamá, como usted diga –respondía la joven de 19 años.
En la mesa, el padre, José María Rendón, platicaba con Juan, su hijo mayor, de la cosecha de ese año. Los Rendón eran de las familias más ricas de San Juan Tumbio, un pueblo cercano a Santa Ana, Michoacán. Don Chema –como le decía la gente– era propietario de muchas huertas y cabezas de ganado, que además de alimentar bien a su familia, le ayudaba a ganar muy buen dinero. Sus hijas siempre lucían vestidos de primera calidad, hechos a mano por la costurera del pueblo; todas eran muy guapas y por ello no les faltaban pretendientes, que su padre se encargaba de alejar.
Josefina, la novena de catorce hijos, llevó la olla de barro con el chocolate hasta la mesa y les sirvió a su padre y hermanos; otra de las hermanas les llevó el pan y la nata. Después ambas se retiraron a la cocina, pues no les estaba permitido sentarse con sus hermanos.
Doña Margarita se acercó a la ventana y observó de lejos el establo donde guardaba su caballo. “Fue buena compra”, se decía. Corría el año de 1908 y ella había llevado un adelanto tecnológico al pueblo: el cine. En su carreta montaba la enorme pantalla y el proyector y cabalgaba a los pueblos aledaños, como Agua Verde, Tigambato y Zirahuén para presentar los filmes que iba adquiriendo, todos en blanco y negro y mudos. En San Juan Tumbio era bien conocida y los niños le solían hacer favores para que los dejara ver las películas sin pagar.
Mientras don Chema se dedicaba al cuidado de sus cosechas, su mujer recorría el estado con su caballito blanco… Nadie jamás había intentado asaltarla ni robarle, con tan sólo su mirada se notaba que era una mujer de armas tomar. Por el contrario, todos en el pueblo la querían a ella y a sus hijos, pues todos eran jóvenes y educados, con principios. La propia doña Margarita solía decir con orgullo que tenía catorce hijos, de los cuales ninguno era borracho y ninguna “volantona”. El párroco de Zirahuén, el padre Alfaro, mandaba llamar a sus hijas María y Josefina para que le ayudaran como catequistas. El Padre le tenía mucho aprecio a Josefina y la trataba como si fuese de su familia. Además, fue allí donde conoció a un joven apuesto llamado Ramón, quien, al igual que muchos otros, la pretendía. Fue quizás de los pocos que lograron ganarse el aprecio de Josefina, pero faltaba mucho para que lograra tener su corazón.
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