arqueología mexicana
Augurios, profecías y pronósticos mayas

ÍNDICE 103  
Augurios y pronósticos en los códices mayas COSMOVISIÓN:El sacrificio humano entre los mexicas
El universo temporal en el pensamiento maya ARQUEOLOGÍA: Esculturas de cerámica. Xochicalco, Morelos
Los escenarios del porvenir. Cómputos y textos
futuristas en Palenque
Los cuchillos ataviados de la Ofrenda 125. Templo Mayor de Tenochtitlan
El tránsito de Venus por el disco del Sol de 2012 ANTROPOLOGÍA FÍSICA: El virreinato. Costumbres funerarias
Las profecías mayas de 2012 HISTORIA DE LOS CÓDICES: Códice Cospi
El antiguo futuro del k’atun DOCUMENTO: Lienzo de Tlaxcala
Adivinación y pronósticos entre los mayas actuales CUENTO: La sed

SEPTIMO Concurso de cuento histórico

La sed
Ricardo Augusto Iriarte Valdés
Categoría universitaria
Instituto Superior de Intérpretes y Traductores

…y aunque por la tarde subí á dicho cerro
de la Guerra para confesar ú olear á algunos
que se me aseguró que aun alentaban, sólo
lo ejecuté con tres que hallé en esta disposición.

José María Iriarte,
citado por Julio Zárate,
México a través de los siglos

¿No tiene usted algo de agua, padrecito? Ya ni sé cuánto tiempo llevo aquí tirado, y la última vez que eché un trago fue en la mañana, creo que de ayer pero no me crea mucho porque como le digo no tengo idea de cuánto ha que estoy aquí, antes de que empezara el pifostio y me cargara la tristeza. ¿Qué horas son, padre? Han de ser como las cuatro, ¿no? Jesús y Señor mío, y perdone que miente el nombre de Dios en vano, padre, que me abraso de sed. ¿Fue mezcal o agua? Aunque sea páseme un traguito del crisma que trai en el sayal, se lo ruego. No se haga, que estoy viendo el bulto de la ampolleta. Por caridad, señor cura, deme un sorbo solamente. Siento horrible la boca: el estómago ya dejó de dolerme pero no se imagina cómo siento la boca: no tengo saliva ni pa escupir el polvo que tragué con el ventarrón que se levantó ayer. La siento como una silla de montar cuarteada, como un par de botas de ésas viejas, buenas nomás pa que los cachorros de la Tomasa se entretengan y no anden mordiéndome cosas de más uso. La siento como aquella vez que me comí la piel seca de una bicha de las de cascabel, cuando me lancé para el llano porque se me había escapado el alazán favorito del patrón, y ni modo que perderlo, con lo bestia que se pone don Abundio por cualquier pendejada, y cómo corría el maldito animal, y yo detrás en mi propio cuaco sin tiempo ni pagarrar una reata con qué lazarlo, mucho menos comida o agua. ¿Cuánto llevo aquí, no sabe? No había desayunado todavía y se me fue todo el día persiguiendo al potro, y el agujero del estómago como éste que tengo ahora pero no podía verlo, estaba por dentro, retorciéndose cada vez más y más, hasta que no pude aguantar cuando ya venía de regreso con el cochino animal y que me encuentro una piel de víbora reseca por ai tirada y me la echo al buche. Nunca lo haga, padre. Me pareció como si fueran telarañas, pastosas y pegajosas, como comerse muchos trocitos del papel de ese finito que usan los tenderos gachupines pa envolver los dulces. Me puse a escupir como condenado, ahogándome con ellos lo mismo que con el polvo de ayer, y le juro por lo que quiera, por mi madre santa que quién sabe si ya me está viendo desdi allá arriba, que me parecía que el alazán se estaba burlando de mí, como que se reía en venganza porque le chingué sus planes de fuga. No sé cómo me contuve pa no arrearle un puñetazo en el hocicote y tirarle al menos un diente, coño; perdone usted, padre, que ya no sé ni lo que digo. Ora que lo pienso, se me hace que porque recordé que don Abundio se cobraría el diente del caballo con uno mío, sí, ha de haber sido por eso. A ver, deje de vacilar y écheme el aceite, consagrado o no, es lo mismo, ya vale… Pero no a la cabeza, puta madre, en la boca que me muero de sed. Traiga acá. No fastidie: ya todos están más muertos que la chingada que los parió y no lo van a necesitar; y usted tiene más en la sacristía de la parroquia allá abajo en Guanajuato, cómo de que no. Mire, mire, compruébelo, qué de tiesos están ya todos, estamos ya todos. Ai stá mi compadre Fulgencio; cayó un poquito después que yo pero él se murió de inmediato, nomás bulló unos momentos y luego ya quieto como muerto. Quién sabe por qué los zopilotes nomás no se han dejado caer, pero estoy seguro de que en cuanto ambos nos váyamos, usted a su iglesia y yo con Diosito, los pajarracos van a arramblar con todo antes de que los coyotes nos huelan y no les van a dejar ni un huesito para roer a gusto.

 

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