arqueología mexicana
La sexualidad en Mesoamérica

ÍNDICE 104  
La sexualidad en Mesoamérica Transgresiones sexuales en el México antiguo
La sexualidad en la tradición mesoamericana Sexualidad y religión
De otro embuste que hizo aquel
nigromántico llamado Titlacahua
ARQUEOLOGÍA: Melgar, Fuzier y la cabeza olmeca
de Hueyapan, Veracruz
La sexualidad entre los antiguos mayas La antropología del comportamiento y la arqueología
Acercamientos a la masturbación ritual en Mesoamérica HISTORIA DE LOS CÓDICES: Códice Colombino
Mitología y simbolismo de la vagina dentada PIEZA: El Escribano de Mayapán, Yucatán
La extraña severidad con que castigó el rey Nezahualpiltzintli DOCUMENTO: Mapa de Tenochtitlan-Tlatelolco y sus alrededores (Mapa de Santa Cruz)
El “pecado nefando” y la integración CUENTO: La estatua del general

SEPTIMO Concurso de cuento histórico

La estatua del general
Luis Alberto Martos López
Categoría postuniversitaria
Escuela Nacional de Antropología e Historia

Mire, señor Juez, ya le dije que yo no fui; por el contrario, desde que levantaron este nuevo mercado, fui de los afectados. Yo tengo un cajón en El Volador desde 1835, allí me gano la vida honestamente, expendiendo granos y chiles.

¡No! ¿Cómo va usted a creer que yo estaba de ilegal allí dentro? Tenía mi puesto y siempre pagué los derechos, respetando el orden y las leyes. Pero mis penas y las de muchos locatarios comenzaron allá por 1841, cuando el presidente Santa Anna ordenó que se construyera un nuevo mercado y el señor Oropeza iba a realizar la obra con los planos del arquitecto don Lorenzo de la Hidalga, pues nos desalojaron para iniciar los trabajos y los contratistas bien pronto se dedicaron a ofrecer los nuevos locales a otros comerciantes que no tenían ningún arraigo en El Volador.

¡No, no, señor Juez, no empezamos de revoltosos! Estábamos preocupados de que, terminada la obra, no se nos devolviera el local, o nos quisieran cobrar una renta excesiva, así que enviamos una carta al presidente Santa Anna, le decíamos que numerosas familias temíamos nuestra ruina y por ello acudíamos a su amparo y protección?
Si, Su Señoría, ya sé que usted conoce esa carta, sólo quería aclararle que no era motín ni nada de eso que usted dice. La verdad es que ni nos hicieron caso, ya ve, el 17 de diciembre de ese año nos sacaron a todos y ni modo, hubo que buscarle por otro lado.

Tiene razón, era necesario desalojar para construir el nuevo edificio, por eso digo que ni hablar, nosotros nos marchamos a la plazuela de La Paja, pero no se crea, no fue tan fácil, pues ya de entrada allá nos cobraron una renta muy elevada; luego supimos que para darnos esos espacios, habían despojado a su vez a los viejos locatarios, ya ve como es esto...

¿Denunciarlo? ¿A quién? ¿No le digo que nunca nos hicieron caso? Lo peor es que al final se cumplieron nuestros temores, pues no se respetaron ni los lugares, ni los derechos de antigüedad.

Bueno, sí, supuestamente se ofrecieron los puestos para cualquiera que los solicitara, como usted dice, pero se suponía que los antiguos locatarios tendríamos prioridad. Además, todos sabían que el señor Oropeza estaba especulando con los puestos y recibía dinero por debajo del agua para adjudicarlos a quien a él más convenía; por si fuera poco, las nuevas rentas resultaron elevadísimas.

No, señor Juez, no estoy insinuando corrupción en la corporación, yo sólo digo lo que pasó. Sí, claro, no me quejo, pues yo conseguí un nuevo local, pero allí se quedaron todos los ahorros que había reunido con tanto esfuerzo en muchos años. Hasta asistí a la ceremonia de colocación de la primera piedra. ¡Cómo olvidarlo si la hicieron bien a lo grande! Sí, tiene razón, fue tres años después, el primero de enero del 44.

Sí, yo sé que usted estuvo allí con los dignatarios, pero también había multitud de militares, políticos, religiosos y gente del pueblo. Todavía recuerdo el emotivo discurso del señor síndico del Ayuntamiento, el licenciado García Aguirre.
Sí, claro que le gustó mucho al señor Santa Anna, ¿y cómo no, si se hablaba mucho de él? Si bien memorizado que lo tengo:

–Baste sólo decir, que la misma mano generosa que empuñó la espada para hacer la independencia de la patria, que la volvió a empuñar para repeler dos veces la agresión extranjera y que la tomó siempre, para sostener en el campo de batalla la sagrada causa de la libertad y de los principios que profesa nuestro siglo, sabe también ocuparse de tomar la pluma, para tomar medidas importantes de gobierno, y no se desdeña de coger los instrumentos del humilde artesano y de ayudarlo en su trabajo...

No, no me estoy burlando, Su Señoría, yo sólo estoy repitiendo lo que el señor síndico dijo en esa memorable ocasión. Pero lo más destacable fue el final, porque concluyó, si mal no recuerdo, con que:

–México se regocija al contemplar que su regenerador, que el protector de sus libertades, que el general Santa Anna, será comparado por las generaciones venideras, con el Washington norteamericano.

 

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