Después del anuncio de la “cabalgata histórica” del señor gobernador –una ocurrencia suya, que bien a bien nadie entendió, pero que consistía en recorrer pueblos y ciudades del estado que hubieran sido escenarios de hechos de armas durante la guerra de Independencia– don Sóstenes Mendieta pensó que era hora de poner a su menospreciado terruño en el mapa, porque hasta entonces no figuraba en ninguna cartografía.
De manera que, en su calidad de presidente municipal, convocó a sus dos colaboradores más cercanos: el licenciado Santiago Ureta y su unigénito. Don Sóstenes dejó preñada a su mujer casi una decena de veces, pero de tantos intentos nomás uno salió vivo. Sin embargo, el boticario solía decir que de haberle dado su apellido a toda la progenie que dejó regada, aquel pueblo, en vez de llamarse San Lorenzo de los Aparejos, tendría por mejor nombre el de Rincón de los Mendieta (en realidad se equivocaba porque el nombre oficial del pueblo era San Lorenzo de Almada, pero el único que se había enterado de ello era el archivista que guardaba los papeles importantes).
Sóstenes chico era un joven muy cándido o, como decían en el pueblo, era medio idiota. Cuando cumplió once, lo mandaron a estudiar a la capital del estado con la esperanza de que se despabilara un poco y “para despegarlo de las faldas de su madre”, porque don Sóstenes ya sabía lo que les pasaba a los muchachos demasiado consentidos. Después de un par de años regresó y su padre le encomendó un puesto acorde con sus capacidades: jefe del departamento de limpia. La mamá intentó conseguirle una novia entre las chicas de familia conocida, pero sin éxito porque él siempre mostró más interés por las muchachas de familia más bien desconocida.
Por su parte, el licenciado Ureta era el único hijo varón del tendero, que reunió todos sus ahorros para que se fuera a la Escuela de Jurisprudencia de la ciudad de México. En las primeras vacaciones que tuvo, regresó a pasar una temporada que ya se había prolongado por siete años. Sus padres explicaban que el aire de la ciudad le hacía mal a su salud por tanto humo que echaban los tranvías. Por su parte, Chano explicó que había decidido quedarse para servir a su pueblo, aunque una vez que se estaba refrescando con un pulque dijo que a él ni le buscaran porque en la capital le pegó un tiro a un cristiano y casi lo mata nomás porque se le quedó viendo feo. Como no tenía mejor ocupación, don Sóstenes se lo llevó en calidad de secretario de la presidencia municipal.
Así pues, en la sesión extraordinaria el coronel Mendieta expuso la necesidad de celebrar con decoro el centenario de la Independencia, sobre todo porque el pueblo era cuna de un ilustre patriota: don Martín Almada. Después de deliberar un rato, se llegó al acuerdo de realizar las siguientes actividades: levantar un monumento a don Martín para depositar sus restos; buscar los restos, extraviados casi desde su muerte (en caso de que no se localizaran, en el monumento se colocaría una urna con un jirón de su uniforme y otras reliquias) y organizar un concurso de belleza para beneplácito de las féminas del pueblo.
–El jurado estará presidido por un servidor y mi señora cónyugue —aclaró don Sóstenes.
–Su cónyuge, querrá decir.
–Como usted ordene Chano, nomás déjeme decirle que yo no sé palabras finas porque a los 14 años ya andaba a salto de mata, cuidándome de que no me fuera a matar un gabacho, al lado de mi general don Celestino Oñate, mi ilustre antecesor en el cargo, que en gloria de Dios esté. Bueno, mi cónyuge, pues, participará en el evento siempre y cuando su salud se lo permita.
Así se terminó la reunión de aquel día porque don Sóstenes y su hijo ya se tenían que ir a comer.
–¿Usted gusta acompañarnos, licenciado? Y tú, ándale, ya ves que a la cónyuge no le cae en gracia que la hagamos esperar.
El patriota
Don Martín Almada participó en un número considerable de batallas y su mayor logró consistió en salir vivo de ellas. Se le conoció como el Obstinado, unos dicen que porque intentó entrar tres veces al vecino pueblo de San Sebastián, hasta que a la cuarta le dieron un balazo que lo dejó medio rengo; el boticario y autonombrado cronista del pueblo explicaba que acaso el apodo se debía a su famosa frase: “Defenderemos la patria hasta el último aliento”, aunque uno de los viejitos del pueblo juró hasta su muerte que lo había oído decir: “Vamos a darle a los gachupines hasta que se nos canse el brazo”. Como sea, ya puede verse el talante de don Martín. En un principio combatió junto con su hermano Nicolás, por lo que se les conoció como “los hermanos Almada”, pero se distanciaron cuando éste aceptó el indulto.
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