arqueología mexicana
LOS OTOMÍES, UN PUEBLO OLVIDADO

 


Portada: Guerrero coyote, siglo XVI. Pintura mural en la Parroquia de San Miguel Arcángel, Ixmiquilpan, Hidalgo.
Foto: M. A. Pacheco / Raíces


ÍNDICE 73  
DOSSIER Una vida en el Preclásico

Los otomíes en las fuentes del siglo XVI,
Precisiones sobre el término “otomí”

Cañada de la Virgen, Guanajuato.
“La casa de los trece cielos”
El centro de los otomíes Descripción de las antigüedades de Xochicalco
Lengua, cultura e historia de los otomíes MUSEOS: Guanajuato Alhóndiga de Granaditas
La presencia de Mixcóatl en el área tolteca otomí. Investigaciones recientes, Quintana Roo
El códice otomí de San Mateo Huichapan Francisco González Rul (1920-2005)
Zidada Hyadi, el venerado padre Sol, Ixmiquilpan, Hidalgo GUÍA DE VIAJEROS: Tzintzuntzan, Michoacán
Indumentaria otopame en el M NA CONCURSO DE CUENTO HISTÓRICO



PEQUEÑOS REHENES
Daniel Humberto Escoto Morales
Categoría universitaria
Universidad Iberoamericana

El cuento, firmado por Pete Townshend, seudónimo que representa a Daniel Humberto Escoto Morales, obtuvo el primer premio en la categoria universitaria concedido por el jurado compuesto por miembros distinguidos de la Universidad Iberoamericana. Se refiere al asunto de la descendencia de Agustín de Iturbide en Europa y a la pugna por cuidar esa rama imperial.

Frau B. acomoda sus faldas en el asiento del carruaje, y con un suspiro se prepara para el agitado viaje que la espera. Todavía quedan, en sus labios agrietados, algunos charcos del chocolate caliente que apuró después de su magro desayuno: los desaparece con una ágil evolución de su lengua. Aprieta el chal contra sus hombros para protegerse del frío: un viento travieso se enrosca y desenrosca en los árboles del bosque que rodea la residencia imperial. Sin embargo, Frau B. confía en que, el sol de la mañana cortará el frío e irá rápidamente coloreando las calles, los palacios y las caras. Todo quedará en un resplandor límpido y la baronesa podrá ver, desde el carruaje, las extrañas estampas de su nueva ciudad. Poco a poco, se ha ido acostumbrando a este Londres tropical.
La misión que tiene en sus manos es íntima, gozosa, y estrictamente confidencial. De cierta manera, este envío justifica y compensa todos los meses de espera e incomodidad. Hace aproximadamente un año que llegó y todo ha sido nada más que una sucesión de visitas, ceremonias y paseos. No malinterpretemos: todas estas actividades son deleite, especialidad, y razón de ser de Frau B; pero no contaba realizarlas entre tanta polvareda, y atacada por esos ágiles bichos que se paseaban por las crinolinas, en los paseos por jardines inhóspitos. (“Pero en realidad, no puedo quejarme”, se resignaba Frau B. “A decir verdad, aquí tengo, ciertamente, más rango que en mi natal Val d'Aosta”).
Y esta mañana de septiembre, sus señores le han encomendado una labor tan secreta como noble, que ha inundado de orgullo su corazón patricio. El carruaje vuela a través de las avenidas y calles. Frau B. siente ver las cosas despertar a la vida, sus pequeños ojos saltones se entornan dulces, consintiéndolo todo. (Por lo menos este día, Frau B. no añorará su vida de baronesa en medio de la comarca transalpina.) La diligencia se detiene por unos momentos cerca de un mercado. Ahí ve Frau B. a unas madres con sus hijitos colgando de sus rebozos. Siente un picor en el vientre (¿nerviosismo?, ¿emoción patriótica?)
Por fin llega el carruaje a su destino. Frau B. desciende del carruaje ayudada por sus dos morenos lacayos. Informa a los tres guardas imperiales que la seguían en otro carruaje, que la “esperen unos segundillos: seguro no tardará mucho en su visita”. Luego se dirige, con paso decidido, más no veloz, a la mansión. Uno de los lacayos sostiene una sombrilla sobre la cabeza de la baronesa, sin llegar a cubrirla completamente del sol de la mañana. (“Pobrecillos, cómo reprocharles su torpeza, la culpa la tuvo tantos años de oscurantismo republicano”.) Media docena de gendarmes, custodiando la mansión por órdenes directas de la casa imperial, saludan galantes a una Frau B. que observa algunas motas verdáceas de humedad en una pintura de la coronación. (“Ahora que tienen dinero de sobra, frunció sutilmente la nariz, ciertamente podrían reparar en estos detalles”.)
Un viejo indio nonagenario, con una raída peluca de la época de los Borbones, recibe a Frau B. en la sala de visitas con una reverencia adusta, y anuncia que dentro de poco aparecerá su señora.
Frau B. espera parada, con toda la solemnidad, y el interior de las narices asediado por infinitas moléculas de polvo. (“Qué descuido, Dios santo.”) Finalmente, regresa el indio borbónico y tras él la dueña de la casa. Es una dama alta, de andar lánguido y manos un poco temblorosas. Su vestido, azul, pasó de moda la temporada pasada. Sin embargo, la caravana de Frau B. no puede ser más pronunciada y reverencial: después de todo, la baronesa, cuya familia ha servido desde siempre a la dinastía más antigua del Viejo Mundo, jamás superará en rango al de esa dama, de mansión tan descuidada y ruin.
—Su Alteza, una comisión secreta, pero de tintes felices, me obliga a molestarla en estas horas de la mañana. Sus Majestades,...

 

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La Expulsión

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