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Frau B. acomoda sus faldas en
el asiento del carruaje, y con un suspiro se prepara
para el agitado viaje que la espera. Todavía
quedan, en sus labios agrietados, algunos charcos
del chocolate caliente que apuró después
de su magro desayuno: los desaparece con una ágil
evolución de su lengua. Aprieta el chal contra
sus hombros para protegerse del frío: un
viento travieso se enrosca y desenrosca en los árboles
del bosque que rodea la residencia imperial. Sin
embargo, Frau B. confía en que, el sol de
la mañana cortará el frío e
irá rápidamente coloreando las calles,
los palacios y las caras. Todo quedará en
un resplandor límpido y la baronesa podrá
ver, desde el carruaje, las extrañas estampas
de su nueva ciudad. Poco a poco, se ha ido acostumbrando
a este Londres tropical.
La misión que tiene en sus manos es íntima,
gozosa, y estrictamente confidencial. De cierta
manera, este envío justifica y compensa todos
los meses de espera e incomodidad. Hace aproximadamente
un año que llegó y todo ha sido nada
más que una sucesión de visitas, ceremonias
y paseos. No malinterpretemos: todas estas actividades
son deleite, especialidad, y razón de ser
de Frau B; pero no contaba realizarlas entre tanta
polvareda, y atacada por esos ágiles bichos
que se paseaban por las crinolinas, en los paseos
por jardines inhóspitos. (Pero en realidad,
no puedo quejarme, se resignaba Frau B. A
decir verdad, aquí tengo, ciertamente, más
rango que en mi natal Val d'Aosta).
Y esta mañana de septiembre, sus señores
le han encomendado una labor tan secreta como noble,
que ha inundado de orgullo su corazón patricio.
El carruaje vuela a través de las avenidas
y calles. Frau B. siente ver las cosas despertar
a la vida, sus pequeños ojos saltones se
entornan dulces, consintiéndolo todo. (Por
lo menos este día, Frau B. no añorará
su vida de baronesa en medio de la comarca transalpina.)
La diligencia se detiene por unos momentos cerca
de un mercado. Ahí ve Frau B. a unas madres
con sus hijitos colgando de sus rebozos. Siente
un picor en el vientre (¿nerviosismo?, ¿emoción
patriótica?)
Por fin llega el carruaje a su destino. Frau B.
desciende del carruaje ayudada por sus dos morenos
lacayos. Informa a los tres guardas imperiales que
la seguían en otro carruaje, que la esperen
unos segundillos: seguro no tardará mucho
en su visita. Luego se dirige, con paso decidido,
más no veloz, a la mansión. Uno de
los lacayos sostiene una sombrilla sobre la cabeza
de la baronesa, sin llegar a cubrirla completamente
del sol de la mañana. (Pobrecillos,
cómo reprocharles su torpeza, la culpa la
tuvo tantos años de oscurantismo republicano.)
Media docena de gendarmes, custodiando la mansión
por órdenes directas de la casa imperial,
saludan galantes a una Frau B. que observa algunas
motas verdáceas de humedad en una pintura
de la coronación. (Ahora que tienen
dinero de sobra, frunció sutilmente la nariz,
ciertamente podrían reparar en estos detalles.)
Un viejo indio nonagenario, con una raída
peluca de la época de los Borbones, recibe
a Frau B. en la sala de visitas con una reverencia
adusta, y anuncia que dentro de poco aparecerá
su señora.
Frau B. espera parada, con toda la solemnidad, y
el interior de las narices asediado por infinitas
moléculas de polvo. (Qué descuido,
Dios santo.) Finalmente, regresa el indio
borbónico y tras él la dueña
de la casa. Es una dama alta, de andar lánguido
y manos un poco temblorosas. Su vestido, azul, pasó
de moda la temporada pasada. Sin embargo, la caravana
de Frau B. no puede ser más pronunciada y
reverencial: después de todo, la baronesa,
cuya familia ha servido desde siempre a la dinastía
más antigua del Viejo Mundo, jamás
superará en rango al de esa dama, de mansión
tan descuidada y ruin.
Su Alteza, una comisión secreta, pero
de tintes felices, me obliga a molestarla en estas
horas de la mañana. Sus Majestades,...
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