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El mes de octubre de 1968 obtuve
autorización del arzobispo Miguel Darío
Miranda para continuar fotografiando el interior
de la Catedral Metropolitana, labor que ya había
iniciado desde marzo de 1966 pero que suspendí
el 18 de enero de 1967, cuando se incendió
del Altar del Perdón.
En 1969, mientras fotografiaba la Capilla del Santo
Cristo y de Reliquias, observé que al frente
de su retablo principal estaban colocadas cerca
de diez bolsas de lona que contenían restos
humanos, las cuales tuve que remover para efectuar
mi trabajo.
Cada semana se juntaban en esta capilla más
de diez bolsas de lona que eran llevadas por órdenes
del padre Jesús Pérez, entonces sacristán
mayor, a la Cripta de los Arzobispos, que se encuentra
bajo el Altar de los Reyes, para depositarlas después
en una fosa común.
Pocos días después obtuve permiso
para fotografiar la Cripta de los Arzobispos, para
lo que me ayudó un amigo llamado Fausto.
Manuel, un empleado de la Catedral, nos abrió
la entrada de la cripta, que está al pie
de las escaleras del Altar de los Reyes.
La puerta de la cripta es una lápida que
tiene labrada por el frente el escudo de España
y en el respaldo el escudo del arzobispo Juan Mañozca;
esta lápida guardaba los restos del arzobispo
cuando estuvo al pie de la mesa del Altar de los
Reyes.
Dentro de la cripta, a cada lado de la entrada,
se encuentran dos grandes placas de mármol,
lugar donde se depositan los restos de los arzobispos
después de su deceso, llamados pudrideros.
Al centro de la cripta se encuentra un catafalco
de piedra sobre el que está labrado en altorrelieve
la efigie de fray Juan de Zumárraga, primer
obispo y arzobispo de México, cuyos restos
están depositados en el nicho número
1.
Atrás del catafalco se encuentra la mesa
del altar, que está bellamente adornado con
un crucifijo de mármol, obra del escultor
Fidias Elizondo, quien fue uno de mis maestros en
la Academia de San Carlos. A espaldas del altar
y en media rotonda de tres niveles están
distribuidos 75 nichos con sus respectivas placas
de bronce, destinados a contener los restos de los
arzobispos de México. Sobre el arco de concreto
que soporta el techo tiene labrada una inscripción
que dice: Lux perpetua lucent eis.
La cripta estaba iluminada entonces por un famélico
foco de amarillenta y agónica luz; bajo esa
deficiente iluminación Fausto y Manuel me
ayudaron a buscar las tomas de corriente en los
lugares que me había indicado el padre Pérez,
que estaban cubiertas por más de treinta
bolsas de lona que contenían restos humanos,
provenientes de la Capilla del Santo Cristo y de
Reliquias.
Cuando despejamos el lugar y conectamos las tres
lámparas, Fausto las encendió y las
acomodó para distribuir mejor la luz, mientras
yo instalaba la cámara sobre su tripié.
¡Chin! exclamé cuando mediante
un fuerte destello se fundió uno de los focos.
Como sucede siempre en estos casos, en menos de
diez segundos y en cadena, mediante fuertes destellos
los otros dos focos se fundieron también,
quedando prendido solamente el mortecino foco de
amarillenta luz.
¡Carajo..! volví a exclamar
aún más enojado cuando me quedé
sin luces.
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