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SALUD Y ENFERMEDAD, EN EL MÉXICO ANTIGUO


Portada: Representación de un enfermo. Cultura del Occidente. Clásico. Procedencia desconocida. Museo Regional de Tepic, Nayarit.
Foto: Michael Calderwood


ÍNDICE 74  
DOSSIER Spa: Salute per Aqua, el temazcalli

La obra de arte. Conservar el pasado
para fundamentar el presente

El cataclismodemográfico
de la conquista
Testimonios de las enfermedades La medicina tradicional indígena
Medicina y salud en Mesoamérica El ámbar de Chiapas. Una gema con historia
Las enfermedades en Mesoamérica MUSEOS: Regional de Nayarit, en Tepic
Las enfermedades de la aristocracia Maya La Guelaguetza y las Fiestas de los Lunes del Cerro
Las huellas de las enfermedades en los huesos GUÍA DE VIAJEROS: Teotihuacan, Edo. de México
El temazcal arqueológico CONCURSO DE CUENTO HISTÓRICO

 

La Cripta de los Arzobispos
Enrique Salazar Híjar y Haro
Categoría postlicenciatura
Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA),UNESCO

El cuento muestra destreza en la narración de una anécdota en la época contemporánea, en la que además de crearse un ambiente de terror dentro de una cripta en la Catedral Metropolitana, en la cual el personaje principal permanece a oscuras durante unas horas, también se evocan algunos momentos de la época virreinal.

El mes de octubre de 1968 obtuve autorización del arzobispo Miguel Darío Miranda para continuar fotografiando el interior de la Catedral Metropolitana, labor que ya había iniciado desde marzo de 1966 pero que suspendí el 18 de enero de 1967, cuando se incendió del Altar del Perdón.
En 1969, mientras fotografiaba la Capilla del Santo Cristo y de Reliquias, observé que al frente de su retablo principal estaban colocadas cerca de diez bolsas de lona que contenían restos humanos, las cuales tuve que remover para efectuar mi trabajo.
Cada semana se juntaban en esta capilla más de diez bolsas de lona que eran llevadas por órdenes del padre Jesús Pérez, entonces sacristán mayor, a la Cripta de los Arzobispos, que se encuentra bajo el Altar de los Reyes, para depositarlas después en una fosa común.
Pocos días después obtuve permiso para fotografiar la Cripta de los Arzobispos, para lo que me ayudó un amigo llamado Fausto. Manuel, un empleado de la Catedral, nos abrió la entrada de la cripta, que está al pie de las escaleras del Altar de los Reyes.
La puerta de la cripta es una lápida que tiene labrada por el frente el escudo de España y en el respaldo el escudo del arzobispo Juan Mañozca; esta lápida guardaba los restos del arzobispo cuando estuvo al pie de la mesa del Altar de los Reyes.
Dentro de la cripta, a cada lado de la entrada, se encuentran dos grandes placas de mármol, lugar donde se depositan los restos de los arzobispos después de su deceso, llamados pudrideros. Al centro de la cripta se encuentra un catafalco de piedra sobre el que está labrado en altorrelieve la efigie de fray Juan de Zumárraga, primer obispo y arzobispo de México, cuyos restos están depositados en el nicho número 1.
Atrás del catafalco se encuentra la mesa del altar, que está bellamente adornado con un crucifijo de mármol, obra del escultor Fidias Elizondo, quien fue uno de mis maestros en la Academia de San Carlos. A espaldas del altar y en media rotonda de tres niveles están distribuidos 75 nichos con sus respectivas placas de bronce, destinados a contener los restos de los arzobispos de México. Sobre el arco de concreto que soporta el techo tiene labrada una inscripción que dice: Lux perpetua lucent eis.
La cripta estaba iluminada entonces por un famélico foco de amarillenta y agónica luz; bajo esa deficiente iluminación Fausto y Manuel me ayudaron a buscar las tomas de corriente en los lugares que me había indicado el padre Pérez, que estaban cubiertas por más de treinta bolsas de lona que contenían restos humanos, provenientes de la Capilla del Santo Cristo y de Reliquias.
Cuando despejamos el lugar y conectamos las tres lámparas, Fausto las encendió y las acomodó para distribuir mejor la luz, mientras yo instalaba la cámara sobre su tripié.
–¡Chin! –exclamé cuando mediante un fuerte destello se fundió uno de los focos. Como sucede siempre en estos casos, en menos de diez segundos y en cadena, mediante fuertes destellos los otros dos focos se fundieron también, quedando prendido solamente el mortecino foco de amarillenta luz.
–¡Carajo..! –volví a exclamar aún más enojado cuando me quedé sin luces.
–Fausto, por favor ayúdame, ve al coche; en la cajuela está una caja con focos, tráeme tres mientras escojo los mejores puntos de vista, no tardes.Cuando mi amigo Fausto salió, tras el salió también Manuel, quien cerró la cripta para que no entrara nadie más.
Habrían pasado tal vez diez minutos cuando la mortecina luz se apagó también, quedando la cripta totalmente a oscuras. Recordé entonces que después del destructivo incendio del Altar del Perdón, en 1967, por órdenes del Cabildo la Catedral se cerraba todos los días de la una a las tres de la tarde, se desconectaba la corriente eléctrica y se apagaban todas las velas y veladoras previendo otro desastre similar.
Como lo había olvidado me sentí realmente angustiado, porque tenía que permanecer durante dos largas horas solo y totalmente a oscuras dentro de la cripta, rodeado por una gran cantidad de restos humanos. Mi esperanza era que Manuel prendiera la luz y abriera la cripta para salir de ahí.
Cuando Fausto llegó al estacionamiento de la Catedral, y mientras sacaba de la cajuela del automóvil los focos, las campanas del reloj de la Catedral cantaron la una de la tarde, justo en el instante que me quedé a oscuras dentro de la cripta; en ese momento uno de los empleados de la Catedral cerró la puerta dejando fuera a mi amigo.
Cuando Fausto quiso entrar encontró la puerta cerrada; preocupado porque pensó que me había quedado encerrado en la cripta golpeó repetidamente la puerta, pero nadie le abrió. Corrió a la puerta de la Sacristía que está en el lado oriente, donde siempre había alguien; después de llamar insistentemente durante casi una hora, Manuel abrió la puerta.
–¡Manuel...! –dijo muy apurado Fausto–, fíjate que mi amigo Enrique se quedó encerrado dentro de la cripta y está a oscuras, por favor, conecta la luz para que pueda ver y lo podamos sacar de ahí.
–¡Ah chingá…! –respondió Manuel muy sorprendido–, ¿cómo se me pudo olvidar?, estaba recolectando las limosnas… ¡Oh Dios mío…!, se lo van a comer los malos espíritus, ¡rápido, vamos por él!
Los primeros cinco minutos que permanecí a oscuras dentro de la cripta fueron de relativa calma, mientras analizaba las razones del apagón y programaba las tomas fotográficas, pero al recordar que la luz se volvería encender hasta las tres de la tarde sentí mucha angustia, puesto que no podría salir y tenía que permanecer encerrado en ese lugar durante dos larguísimas horas.
Entonces un fuerte escalofrío me recorrió todo el cuerpo, que se me enchinó, y empecé a sudar, cuando en plena oscuridad percibí un fosforescente resplandor de tono verdoso que emanaba de las bolsas de lona. Como la cripta era fría y húmeda, temblando de miedo me senté en el piso junto a la base del catafalco de Zumárraga, abracé mis rodillas con los brazos, cerré los ojos para no ver la extraña fosforescencia que emanaba de las bolsas de lona y escondí el rostro para calentar mi cuerpo.
Como mi curiosidad fue mayor que el miedo, levanté la cabeza y vi cómo aumentaba la fosforescente emanación, la que como espeso, luminoso y verdoso humo de insoportable y fétido olor, empezó a invadir el ambiente; las bolsas se empezaron a romper una a una de donde emergieron horrendos y deformados seres, que como masa informe de resbaladizas y lustrosas babosas se entremezclaban y arrastraban sobre el piso, iniciándose al mismo tiempo un fuerte murmullo de angustiados lamentos; mientras que las asquerosas criaturas, arrastrándose amenazadoramente, me empezaron a rodear.
Mi angustia se convirtió en terror cuando uno de los espectros, cubierto de purulenta viscosidad, arrastrándose sobre el suelo se acercó a mí dejando un rastro de descompuestas y sanguinolentas carnosidades, abrió desmesuradamente su boca de la que emergieron nauseabundas y asquerosas alimañas y, estirando sus descarnados y purulentos brazos, con sus esqueléticas manos intentó asirme de un pie.
En ese momento y proveniente de las alturas se empezó a escuchar una lejana melodía que, proveniente del más allá, resonaba dentro de la cripta como un coro masculino que cantaba a capella el de profundis.
Como mágico encantamiento, los rastreros y asquerosos seres con sus desoladores lamentos y fétido olor desaparecieron, al tiempo que se empezó a formar una luminosa, densa y aromática nube de incienso que, girando lentamente, recorrió el ámbito de la lóbrega cripta.
La nube de incienso incrementó su brillo y aceleró su velocidad hasta formarse un deslumbrante remolino, cuyo vórtice, después de despedazar las placas de bronce que cubrían los nichos de bronce y los de mármol de los pudrideros, fue penetrando dentro de cada uno de ellos, donde reposan los restos de los nueve arzobispos que, con el mágico toque del incienso, encarnaron y empezaron a tomar vida.
Con cadavéricos rostros, los arzobispos empezaron a emerger de sus estrechos encierros para formar una imponente procesión. Al frente de ella, un esquelético coloradito portaba larga pértiga de latón con un crucifijo en la cúspide; lo seguía otro que llevaba un estandarte de seda, sobre el que estaba bordado el escudo de la Catedral con la Asunción de la Virgen María. A sus lados, dos pequeños y sepulcrales coloraditos balanceaban en sincronía sendos incensarios de oro, de los que manaba abundante el denso y aromático humo de la preciada resina.
Tras el lúgubre grupo de coloraditos proseguían pausadamente los nueve arzobispos, quienes portaban en su mano izquierda sus respectivos báculos y en la derecha gruesas y negras velas prendidas. Sobre su cabeza llevaban altas mitras blancas, cuyas ondulantes ínfulas, agitadas por el fuerte viento, hacían juego con su blanca capa magna de seda, bordada con hilos de oro, y como pectoral llevaban una gran cruz de oro, al tiempo que cantaban el de profundis con
cavernosa voz de ultratumba.
Seguía a los nueve arzobispos el primero de todos ellos, fray Juan de Zumárraga, vestido de igual manera, quien caminando con gran dignidad portaba en su mano izquierda un báculo y llevaba su mano derecha en actitud de bendecir.
La procesión empezó a girar lentamente alrededor del catafalco, sobre el que súbitamente me vi tendido en el lugar que ocupaba la efigie de Zumárraga transformado en fría piedra, haciéndome sentir que la fúnebre ceremonia de velación estaba dedicada a mí.
El luctuoso y melodioso canto fue incrementando su volumen, hasta convertirse en un ensordecedor estruendo que atiborró de estridentes resonancias la pequeña cripta, mientras que la extraña procesión, girando alrededor de mí cada vez a mayor velocidad, se transformó en un torbellino.
El torbellino se convirtió en una tumultuosa y zumbante tromba que rápidamente se elevó a las alturas, su insaciable vórtice me absorbió para quedar al centro de la misma, en tanto que a mi rededor giraban velozmente los circunspectos arzobispos.
La tromba, rebotando entre los muros, rompió la antigua lápida del arzobispo Mañozca, quien salió de la cripta y se enfiló por la escalera de metal haciendo gran ruido. Al pasar rotando furioso frente al Altar de los Reyes, sus regias imágenes tomaron vida y se unieron a las de los arzobispos.
Después giró sobre el Altar Mayor, recorrió las naves procesionales y las capillas laterales para llegar al Altar del Perdón, lugares que quedaron también desprovistos de sus imágenes que ensordecedoramente giraban veloces alrededor de mí.
Cuando la tromba llegó al Coro y se filtró dentro del cuerpo de los dos órganos monumentales, impetuosa penetró dentro de sus casi tres mil flautas y trompetas, haciendo que sus voces salieran con gran
fragor por sus caronas que, abriendo desmesuradamente sus bocas, con sus desorbitados ojos, vomitaban sus estruendosas y distorsionadas voces.
Las imágenes que cubren el cuerpo de los órganos y las representadas sobre los respaldos de los sitiales del Coro tomando vida se unieron a los arzobispos con las demás de la Catedral, para formar parte de esa asombrosa vorágine, que con su vertiginoso girar aumentó su grosor y, dirigiéndose a la cúpula, salió al exterior destrozando estruendosamente su alta y esbelta linternilla.
La fragorosa tromba convertida en huracán, con ensordecedor ruido empezó a girar alrededor de las grandes torres, arrastró dentro de su vertiginoso torbellino a las tres virtudes teologales que están sobre el reloj, a las dieciséis esculturas que se encuentran sobre las torres y a las quince que adornan las fachadas, dejando a la Catedral desprovista de todas sus imágenes.
La velocidad del ruidoso y fragoroso huracán desfiguraba y distorsionaba ante mis ojos la gran multitud de santos personajes que se habían unido a la luctuosa, suplicante y veloz procesión.
Cuando el feroz huracán penetró al interior de las torres, a su retumbante estruendo, al clamoroso desconcierto de los dislocados y distorsionados cantos sacros, a la gran multitud de orantes imágenes y a las múltiples y desfiguradas voces tubulares de los órganos, se agregó el de los alocados y atronadores tañidos de las campanas, precedidas por la muy grave voz de la mayor de Guadalupe, que en feroz repique amenazaban romperse en mil pedazos.
Justo al momento de cantar las campanas del reloj de la Catedral las dos de la tarde, se prendió la enfermiza y amarillenta luz de la cripta y, como si fuese un milagro, se disolvió el tumultuoso y atronador huracán, regresando todo a su lugar. Al producirse un profundo, impenetrable y sonoro silencio, volvió la calma y yo a la realidad.
Fausto y Manuel entraron a la cripta un minuto después para rescatarme, encontrándome aún sentado junto al catafalco de Zumárraga, bañado en sudor, temblando de miedo y en un fuerte estado de exacerbación, del que felizmente pude salir gracias a su presencia.
Afortunadamente para mí, tan sólo fueron sesenta minutos los que estuve encerrado dentro de la cripta, que me parecieron sesenta eternidades. De haber permanecido más tiempo encerrado ahí, probablemente me habrían encontrado muerto de pavor.
No sé lo que en realidad me sucedió durante esa terrorífica hora, pero sí que mi imaginación trabajó vertiginosamente, creando esas fantasías que aún recuerdo vívidamente después de tantos años.
–¿De donde habrá salido este fuerte olor a incienso? –preguntó extrañado mi amigo Fausto levantando su cabeza y olfateando profundamente.
–De mi imaginación… –contesté.

ESPECIAL 27
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NÚMERO 91
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