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Es
curioso cómo la gente se pega a la pared
cuando llueve, cómo los charcos parecen tragarse
al mundo, la velocidad con que el aire se vuelve
pesado y gris. Después, sólo queda
el silencio.
Esa noche llevaba prisa, debía llegar a casa
de mi abuela para entregarle un paquete que mi papá
me había dado.
–¿Qué es? –pregunté.
–Nada, cosas de tu abuela; llévaselo
y hoy te quedas a dormir con ella, no me gusta que
esté sola.
La lluvia me trae paz y ganas de escribir. Estuve
tentada a sentarme en la puerta de alguna casa y
sacar el cuaderno que llevo a todas partes. Pero
no, mejor no, luego me secuestran o algo.
Llegué con mi abuela como a las 9:30, saqué
la llave de emergencia que estaba escondida debajo
de un sapito de cerámica.
–¿Abuela? –pregunté mientras
cerraba la puerta.
–¿Sol, eres tú?
–Ya llegué.
Crucé el pasillo y entré a la cocina.
Mi abuela estaba sentada junto a otras cuatro señoras,
amigas suyas. La mesa estaba cubierta por un viejo
mantel bordado, y sobre él copitas llenas
de anís, un cenicero y un mazo de cartas.
–Buenas noches –saludé, nadie
me respondió, sólo sonrieron y siguieron
jugando–. Mi papá te manda esto –saqué
el paquete de mi mochila.
–Ah, bueno, déjalo en tu cuarto y al
rato paso por él: ¿quieres cenar algo?
–Ahorita busco qué, gracias. Con permiso.
Crucé la sala saltando las arrugas del tapete
y llegué a mi cuarto, bueno, no es mi cuarto,
pero ahí dormía cada vez que me quedaba
con mi abuela. La cama era baja y el edredón
estaba desgastado por el uso de años y las
generaciones de gatos que tomaban sus siestas en
él.
Me quité los zapatos, me puse la pijama y
fui a buscar algo de comer en la despensa. Tomé
una lata de atún y un botecito de jugo. Regresé
al cuarto y prendí la televisión.
Fue algo decepcionante porque sólo sintonizaba
tres canales en los que nada más pasaban
telenovelas y comerciales todo el día, sin
descanso. Derrotada, apagué la minúscula
caja ruidosa de mi abuela y comencé a escribir:
“A los dieciséis años me mandaron
a un colegio católico sólo para chicas,
situado al norte de Boston…” .
Me encantaba escribir como lo hacen los que traducen
libros al español, era contagioso el ritmo
que tomaban las palabras, las frases como “se
encogió de hombros”, “caminaba
cabizbajo por la acera”, “compró
una gaseosa”, y cosas así.
Bostecé, estaba muy cansada, cerré
mi cuaderno y me metí entre las cobijas.
Ya iba a apagar la luz cuando me acordé del
dichoso paquete, lo busqué por todos lados
hasta que apareció junto a mis zapatos, lo
puse en la mesa de noche y me quedé completamente
dormida.
Desperté de pronto en un jardín enorme,
la luna estaba justo encima de mi cabeza, como una
uña que acariciaba mi cabello rizado.
Un momento, yo no tengo el pelo chino ni hablo
con retórica, no vivo en ningún lugar
con un jardín tan grande, no, yo no…
Me miré las manos, llenas de anillos gigantes
que brillaban en la oscuridad, traía puesto
un vestido de encaje color blanco. Estaba completamente
sola en medio del campo. Sentí cómo
mi corazón se aceleraba y mi cara comenzaba
a ensancharse en una mueca de horror. Quise gritar
pero no pude, tenía la boca seca, como de
vidrio.
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