LA guerra en mesoamérica

ÍNDICE 84
SERIE: Arquitectura en Mesoamérica. I. Urbanismo
DOSIER: La guerra en Mesoamérica ARQUEOLOGÍA: Arqueología en El Cajón, Nayarit

La guerra en la antigua Mesoamérica

Las chías sagradas del Templo Mayor de Tenochtitlan
Los antiguos mayas en guerra PIEZA: Dos máscaras de Dzibanché, Quintana Roo
La guerra entre los zapotecos DOCUMENTO: Relación de Michoacán
Iconografía guerrera en la escultura de Tula, Hidalgo EXPOSICIÓN: “Persia: Fragmentos del paraíso. Tesoros del Museo Nacional de Irán”
El macuáhuitl. Un arma del Posclásico Tardío en Mesoamérica CONCURSO DE CUENTO HISTÓRICO: Algo de eso, todo eso, nada de eso

Concurso de cuento histórico

Algo de eso, todo eso,
nada de eso

María Teresa Mérigo Luft
Seudónimo: Clazomenae
Categoría preuniversitaria
Liceo Michoacano

Es curioso cómo la gente se pega a la pared cuando llueve, cómo los charcos parecen tragarse al mundo, la velocidad con que el aire se vuelve pesado y gris. Después, sólo queda el silencio.
Esa noche llevaba prisa, debía llegar a casa de mi abuela para entregarle un paquete que mi papá me había dado.
–¿Qué es? –pregunté.
–Nada, cosas de tu abuela; llévaselo y hoy te quedas a dormir con ella, no me gusta que esté sola.

La lluvia me trae paz y ganas de escribir. Estuve tentada a sentarme en la puerta de alguna casa y sacar el cuaderno que llevo a todas partes. Pero no, mejor no, luego me secuestran o algo.

Llegué con mi abuela como a las 9:30, saqué la llave de emergencia que estaba escondida debajo de un sapito de cerámica.
–¿Abuela? –pregunté mientras cerraba la puerta.
–¿Sol, eres tú?
–Ya llegué.
Crucé el pasillo y entré a la cocina. Mi abuela estaba sentada junto a otras cuatro señoras, amigas suyas. La mesa estaba cubierta por un viejo mantel bordado, y sobre él copitas llenas de anís, un cenicero y un mazo de cartas.
–Buenas noches –saludé, nadie me respondió, sólo sonrieron y siguieron jugando–. Mi papá te manda esto –saqué el paquete de mi mochila.
–Ah, bueno, déjalo en tu cuarto y al rato paso por él: ¿quieres cenar algo?
–Ahorita busco qué, gracias. Con permiso.

Crucé la sala saltando las arrugas del tapete y llegué a mi cuarto, bueno, no es mi cuarto, pero ahí dormía cada vez que me quedaba con mi abuela. La cama era baja y el edredón estaba desgastado por el uso de años y las generaciones de gatos que tomaban sus siestas en él.
Me quité los zapatos, me puse la pijama y fui a buscar algo de comer en la despensa. Tomé una lata de atún y un botecito de jugo. Regresé al cuarto y prendí la televisión. Fue algo decepcionante porque sólo sintonizaba tres canales en los que nada más pasaban telenovelas y comerciales todo el día, sin descanso. Derrotada, apagué la minúscula caja ruidosa de mi abuela y comencé a escribir: “A los dieciséis años me mandaron a un colegio católico sólo para chicas, situado al norte de Boston…” .
Me encantaba escribir como lo hacen los que traducen libros al español, era contagioso el ritmo que tomaban las palabras, las frases como “se encogió de hombros”, “caminaba cabizbajo por la acera”, “compró una gaseosa”, y cosas así.
Bostecé, estaba muy cansada, cerré mi cuaderno y me metí entre las cobijas. Ya iba a apagar la luz cuando me acordé del dichoso paquete, lo busqué por todos lados hasta que apareció junto a mis zapatos, lo puse en la mesa de noche y me quedé completamente dormida.

Desperté de pronto en un jardín enorme, la luna estaba justo encima de mi cabeza, como una uña que acariciaba mi cabello rizado.
Un momento, yo no tengo el pelo chino ni hablo con retórica, no vivo en ningún lugar con un jardín tan grande, no, yo no…
Me miré las manos, llenas de anillos gigantes que brillaban en la oscuridad, traía puesto un vestido de encaje color blanco. Estaba completamente sola en medio del campo. Sentí cómo mi corazón se aceleraba y mi cara comenzaba a ensancharse en una mueca de horror. Quise gritar pero no pude, tenía la boca seca, como de vidrio.
A lo lejos vi una luz, corrí en esa dirección. No estaba segura de lo que pasaba, debía de ser un sueño, inducido tal vez por el atún que estaba algo pasado; sí debía de ser eso. Tropecé con una piedra y caí sobre unos arbustos. El golpe me dolió tanto que me convencí al instante de que aquello no era un sueño.

–Por Dios, señora Soledad, ¿está usted bien?
Levanté la cara del suelo y vi a una muchacha de mi edad vestida como sirvienta. El ruido de mi caída debía de haber despertado a toda la gente que vivía ahí. Controlé mi miedo, si parecía una loca tal vez me metería en problemas, decidí actuar lo más natural posible, aunque sentí un escalofrío cuando mencionó mi nombre, su voz vieja y empapelada me conocía.

La luz del sol me hizo abrir los ojos. Pensé que el mal sueño había pasado y que estaba en casa de mi abuela, rodeada de gatos que comían sobras de atún. Pero no, lo único que me quedaba del día anterior era el dolor de cabeza producido por el golpe contra el suelo.
Tocaron la puerta de la habitación donde me encontraba, alguien entró. Era la misma muchacha de la noche anterior. Llevaba una charola con lo que supuse era mi desayuno.
Quise levantarme y comenzar a interrogarla: “¿dónde estoy?”, “¿quién eres?”, “¿por qué sabes mi nombre?”. Pero de mi boca salieron unos pocos gemidos que sonaron algo tontos.
–Oh, no se quiera poner a hablar, ha dormido mucho, pues claro, con lo duro que se pegó en la cabeza.
De nuevo intenté incorporarme, pero me di cuenta de que mis muñecas estaban amarradas a la cabecera de la cama.
–¿Por qué estoy amarrada? –mi voz sonó arrastrada y débil
–Es que al señor no le gusta que se escape en la noche –respondió ella con una sonrisa despreocupada.
–¿Al señor?
–Sí, a don Eduardo, ya ve que no le gusta que usted ande por ahí sola.
–¿Qué?, no, no entiendo.
–Ay, señora, pues es que usted pasea mucho allá en el campo y al señor le da miedo que vayan a robársela. Como ya no hay hombres que cuiden la casa ni trabajen el campo.
–¿Señora?, sólo tengo dieciséis años y no conozco a ningún don Eduardo.
–Mi Dios, sí que se pegó duro, ni se acuerda de quién es, ¿verdad?
–Cómo no voy a saberlo soy… soy… –tuve un horrible momento estilo Alicia en el País de las Maravillas.
–La esposa de don Eduardo Auden, mi señor, viene de allá y por eso es rico. Pero con eso de que un cura en Guanajuato se puso a decir que los de allá son malos y que hay que deshacerse de ellos…
–¿Un cura?, ¿un Miguel Hidalgo? –la voz de mi maestra de historia de tercero de primaria resonó en mi cabeza.
–Sí, ése. Yo la verdad es que no lo oí más que de los hombres cuando ellos se enteraron y decidieron ponerse en contra de don Eduardo, pero él habló con ellos, siempre tan bueno y considerado mi señor, también se había enterado de lo de Guanajuato y ya había pensado en qué les iba a decir. Los juntó a todos en las caballerizas y les dijo que si querían irse a la guerra podían irse, que les daba dinero, pero que volvieran. Él siempre tan bueno –su cara se volvió hacia la charola–. ¿Ya se acuerda más o menos?
–La verdad es que lo único que me queda claro es por qué no hay hombres aquí. ¿Puedo preguntarte algo?
–Mándeme.
–¿Cuánto tiempo llevo casada con el señor?
–Dos años. Me acuerdo que cuando su padre la trajo, don Eduardo era joven y muy orgulloso, cabalgaba todo el día, y a usted eso le encantaba. Yo nunca lo vi tan feliz como cuando se casaron, y sí que fue una boda grande.

Bueno, supongo que él sigue siendo joven, ¿no? –en ese momento nada de lo demás parecía importante, creo que comenzaba a gustarme la idea de ser la esposa de un europeo rico–, si sólo han pasado dos años.

–Fíjese que cuando los hombres se fueron, don Eduardo se volvió… serio. Ya no salía para ningún lado ni le compraba vestidos a usted, pus no, cómo si ya no había dinero. “La caña de azúcar no se hace sola”, me dijo una vez, porque aquí me quedé nomás yo y la cocinera. Y la verdad es que hicimos todo lo que Dios nos dio a entender, pero no pudimos hacer que nada creciera en ninguna de las tierras.

Así que no eres rico, muchacho, ¿eh?, bueno, ni lo había visto, pero ya sabía que no se recuperaría, la guerra de Independencia duraría otros ocho años, con o sin Hidalgo, igual seríamos pobres. Ser pobre no va conmigo.


–Esa voz en mi cabeza de nuevo. No soy yo, yo ni siquiera quiero casarme.
–Señora, ¿está bien?
–No, claro que no, estoy amarrada a una cama en pleno siglo xix, casada con un don-nosequién, y ya quiero irme. Desamárrame, por favor.
–Uy, qué cree, don Eduardo me prohibió nomás eso. Dijo que como ayer había andado muy rara y que encima de todo, se había escapado cuando se metió el sol, yo debía tenerla aquí quietecita y darle su tratamiento.
–¿Tratamiento? Yo no quiero nada de eso, quiero irme a mi casa.
–Don Eduardo dijo que usted alucinaría, pero ya va a ver que se le pasa la fiebre con esto que voy a darle, ya no va a andar diciendo locuras.
La muchacha sonrió y fue hasta la mesa grande que había frente a mi cama, agarró unos trapos y los mojó en una palangana que tenía agua caliente. Regresó y se sentó junto a mí. Su expresión pasiva y soñadora me causó escalofríos.
–Sí, mi señor se va a ir al cielo, directito, nomás por ser tan bueno con usted, que siempre estuvo loquita, si no es… bueno, seño, perdón, yo soy muy tonta y sólo repito lo que oigo.
–¿Qué vas a hacerme?, no es justo, déjame ir –pude sentir la desesperación trepando por mi garganta, como un monstruo verde pantano de las películas viejas.
–Nada que no le haya hecho antes, señora, deje de gritar.
Colocó uno de los paños con agua hirviendo en mi frente, luego ató mi boca con el otro. Quise protestar pero no pude, la lengua se me quemó, al igual que el resto de la cara, los moretones palpitaban y mis ojos lloraban, empañados en vapor. La muchacha comenzó a tararear una cancioncita mientras de la charola sacaba unas cosas que apenas pude ver.
Sentí un piquete en un brazo, quizá una inyección, un calmante o algo. La sustancia recorrió mi cuerpo helándome la sangre, nunca sentí tanto frío, los huesos comenzaron a dolerme, pero mi cara seguía siendo una manzana horneada. Ella seguía cantando.
–¿Lista, señora?, bueno, no importa.
De una cajita sacó algo que al principio no pude ver, lo colocó en mi pierna, sus ojos oscuros, brillaron. Pude darme cuenta que estaba divirtiéndose, y ésa era la parte que más miedo me daba, la posibilidad de su maldad. Sentí en mi pierna algo mojado y baboso, de pronto eran muchos y no sólo en mis piernas. Cuando colocó uno en mi brazo pude ver de qué se trataba. Sanguijuelas. Sólo sanguijuelas, por lo menos quince se daban un banquete con mi sangre. “¿Solo sanguijuelas?” ¿Querías otra cosa?, eso es suficiente, con eso acabamos.
Lo último que vi antes de perder el conocimiento fue la cara de la muchacha, su sonrisa, su maldita sonrisa que depredaba cada parte de mi cuerpo donde colocaba las sanguijuelas. Oí esa extraña voz dentro de mi cabeza y ya no supe nada más.

Desperté sudando frío. Me fijé que uno de los gatos estaba lamiendo mis pies. Me toqué la cara, todo estaba bien, no había bichos horribles que devoraran mi sangre. Tal vez era culpa del estúpido gato que hubiera soñado algo tan horrible, pero no era explicación para que fuera real, tan real.
–Eso, niña, lo que hay en el paquete, dámelo.
–¿Abuela? –pregunté de pronto con la voz quebrada. Me levanté y abrí el paquete, adentro había una caja de madera llena de fotos antiguas, señores y señoras elegantes a caballo, niños vestidos como muñecos de porcelana, una mansión, y... un segundo, yo la conozco. En una de las fotos salía una muchacha con ojos muy grandes y oscuros, sonreía.
–Fíjate bien –dijo mi abuela.
Se puso justo enfrente de mí, clavó sus pupilas en las mías y simplemente sonrió. Fue en ese momento en que reconocí a la muchacha desquiciada que me había empapelado con sanguijuelas.

–Y es que a veces, los objetos, como las personas, tienen recuerdos –dijo señalando la caja con fotos–. Es por eso que fuiste allá, donde yo viví. Pero no se preocupe, doña Soledad, no voy a hacerle daño.

ESPECIAL 33
VIGENTE
CIUDAD DE MÉXICO
Guía arqueológica

NÚMERO 101
VIGENTE
LAS PIRÁMIDES DE MÉXICO

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