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LOS TOLTECAS Y TULa

ÍNDICE 85
Los barrios de Tula
DOSIER: Los toltecas y Tula Los toltecas de Chichén Itzá, Yucatán

Tollan en Hidalgo. La Tollan histórica

SERIE: Arquitectura en Mesoamérica. II.
Investigaciones en Tula (2002-2006) ETNOGRAFÍA: La escalera del Padre Sol. Los Coras
El Palacio Quemado, Tula PIEZA: Los señores de Zazacatla, Morelos
Los orígenes de la dinastía real de Tula DOCUMENTO: Códice de Otlazpan
El Edificio 4. Palacio del rey tolteca EXPOSICIÓN: Miguel Covarrubias en el Museo Amparo
Las raíces toltecas de la política azteca CUENTO: Exvoto a san Roque y a santa Imprenta

Concurso de cuento histórico

Exvoto a san Roque,
y a santa Imprenta

Francisco Javier Beltrán Abarca
Seudónimo: B. Olañeta D.
Categoría universitaria
Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

El polvo siempre será polvo. Los hombres no siempre serán hombres. Estos caminos tan llenos de polvo y tan faltos de hombres. El hombre siempre será polvo.
“Sí, me lo contó un día. El hombre siempre será polvo. Me contó que lo había soñado. Que moría de eso mismito –pensó don Pomposo–. Y que también vio que la gente le rezaba sus rosarios y sus novenas, y colgaban algunas flores alrededor de él, como si nacieran de él, como si ya estuviera en la tierra. Pero no supo decírmelo muy bien; apenas podía contener ese recuerdo, jalado y arrebatado por la corriente del día. Como si ya lo hubiera soñado muchas veces, con mucha calma me lo platicó. Quién sabe; pero nada pudo hacerse. Debió pensar antes de hacerlo. Ninguno de sus hermanos siguió ese ejemplo”.
Y don Pomposo dejó la hoz sobre el suelo mientras se sentaba bajo la enramada, las más grande y que gobernaba toda la vista.
“Caramba... Caramba. ¿Quién lo diría? Uno nace primero y es quien muere al último. Unos tienen la candela tan bajita; a otros no se nos apaga... hasta parece que llegamos a encandilar.
”Hundirse en algo que no sea recuerdo. ¿Recuerdos... es que acaso aún bailotean? Hundirse en la búsqueda de la falta de recuerdos. Socorrito y Benito. Que Dios me los tenga en su santa gloria. Dejaban hilos de heces cuando intentaban correr al campo. Después ya ni corrían, y se quedaban bien quietecitos. Lo hacían en unos cuencos, ahí por las hamacas. Y entonces, ni se querían mover –repitió don Pomposo–. Fue allí donde quedó mi Benito –recordó, al tiempo que se quitaba el sombrero y lo ponía sobre el suelo. Se preguntó entonces qué era lo que se los había llevado–. Sólo Dios sabe –se dijo, mientras abría y extendía un trapo con tortillas–. Dios no debe equivocarse”.
Se quedó en silencio. Y en un ratito comió sus gordas con chile. El agua era para el trabajo, no para la comida; y su guaje siguió colgado de una rama.
Don Pomposo, recostado, quería dormir. El campo estaba como un comal. Don Pomposo no podía dormir. Los maizales se movían como si se fueran a esponjar. Don Pomposo se puso a pensar, puestas sus manos como almohadas. El maíz, esponjándose como si estuviera en un comal. Don Pomposo ni siquiera cerró sus ojos. Dos hombres por entre la vereda de los maizales. Don Pomposo, acostumbrado a ver hombres que cargaban huacales en la cabeza. “Como dos gorgojos rumiando las milpas”, se dijo.
“Caray, ¡qué caray! Uno puede ser necio, pero no se hacen esas cosas. Él era necio y muy ladino. ¿Cuándo se nos quitará lo necio? Aquí había tanta tierra para trabajar, y todavía la hay. ¿Por qué no fue necio en trabajarla? Un día me prometió que volvería a la tierra. Me lo juró por la virgen. Pero en el camposanto no crece el maíz. Todos morimos –dijo don Pomposo, que se enderezaba sobre un codo–. Aquel que sabía leer y Benito que no. La muerte conoce y no conoce. Lo mejor era que se hubiera quedado en estas labores. Ahí lo tienes, que no se lo llevaron, como a don Crispín, como a don Horacio, co-mo a don Cuco. Se fue por puritito gusto. Que dizque aprendió a leer. ¿Y de qué le sirvió saber eso?
”Dios lo debía tener con él. Ahora que lo pensaba, había sido un muchacho benévolo, y de esos quería Dios. Seguro que igual a Socorro y Benito. Al menos a ellos dos los había visto morir. Se vertieron cataplasmas, se calaron sangrías; se hizo cuanto fue posible. Prepáreles un tecito con limón, toronjil, sal y ajenjo, mire que eso es muy bueno, le dijeron. Se trajeron gentes para dar friegas con té de canela, gotas de éter, láudano y poco de malambo; y aguardar a que suden. Rezamos mucho por ellos. Pobres muchachos; no lo eligieron –dijo don Pomposo dando una mirada a los campos, pensando en que aún faltaban aquellos surcos de escardar–. Quién sabe hasta cuando lo habrán levantado del suelo. A lo mejor lo olvidaron toda la noche debajo de otro cuerpo o en una barranca. Y cuando lo trajeron rezamos también mucho.
”Sé que la muerte venía en lo que me enseñó. Es el único que he visto en toda mi vida. Una vida ya vieja pero llena de cosas que fulguran, porque él me dijo que en aquellos papeles se guardaba todo el recuerdo de un día, una semana, los años. Mi mente guarda soles y reflejos, hambres y cosechas. Y si esos papeles hablan de cosas y muertes de cada día, yo puedo hablar también de muchas memorias, porque he visto morir a muchas gentes.
”Es el único que he visto en toda mi vida, pero lo recuerdo. Vi cómo lo miraba fijamente como si estuviera viendo el cielo de mayo. Buscaba algo, como se busca en el cielo de mayo generosidad para los campos. Y creo que lo halló. Entonces era mayo y no encontramos que bajara generosidad. A Socorro y a Benito los encontró la muerte, que dicen venía de bien lejos. Mi otro muchacho se aparejó con la muerte que venía de la capital, de una ciudad, de México. Y yo encontré la vida porque después de mayo me siguió junio”.
Cargando nuevamente su hoz, don Pomposo la aplicó en la hierba que había crecido entre los surcos. Parecía un gorgojo. Y su muchacho aprendió a leer; un cura le enseñó con trabajo por ser ladino y necio. A veces pensaba que había sido un egoísta por dejar la tierra e ir a la ciudad. Otra veces se preguntaba qué había visto en aquellos papeles que lo hicieron irse con esas tropas, en días de cosecha, del cólera y de preparativos de fiestas para el santo patrono de la comarca; en tiempos en que cabía todo eso.
Recién sepultados Socorro y Benito, su otro retoño le había contado, recordó don Pomposo, que leyó en algunos de esos papeles que el mal provenía de Tampico y que en la capital habían muerto más personas que en muchos pueblos juntos; y en otro día leyó que el gobierno solicitaba a médicos hacer lo posible para evitar nuevos contagios. De Benito y de Socorro no se sabía cómo les había entrado el padecimiento. Empezaron a sospechar cuando aquello dejó de parecer un mal de panza. “Quién sabe si un médico de esos hubiera compuesto algo por aquí –dijo don Pomposo–, entre nosotros”.
En ese entonces, cuando lo de Benito y Socorro, su muchacho se había ido. Algo profundo le decía que no había dejado de querer a la tierra. Se había ido pero regresaría.
“Juntos hubiéramos terminado de escardar esto –enunció don Pomposo–, deseando que no cayera plaga. Estoy cansado, y él me dijo que iba a una revolución. Si yo tuviera su edad entonces me quedaría aquí con la tierra. Me dijo que era necesario asegurar la tierra antes de cuidar de ella. La tierra no se mueve de aquí para allá, le contesté”.
Y en ese momento pasaban dos hombres y una mujer, saludaron a don Pomposo, y siguieron con sus huacales. Tenía razón. Son los hombres los que se mueven.
“Uno es necio y por más que me esfuerzo en saber cómo nos puedan quitar las tierras, no lo sé. Me dijo que tarde o temprano, muchos estaban dispuestos a hacerlo. Nosotros las cuidamos y han estado allí desde siempre y nadie ha querido alejarnos de ellas. Se despidió diciéndome que iba a luchar contra otro papel, una tal Constitución y a favor de un señor Santa Anna. A ése lo conozco sólo de mentadas. Pero, ¿qué se traerán esas gentes con esos papeles que ni hablan ni se mueven? ¿Por qué los siguen si regresan con muerte? Ni siquiera fueron capaces de decirnos cómo había que hacerle para curar a Benito y a Socorro”.
La mujer y los dos hombres desdoblaron sus sombras por la vereda. A lo lejos parecía que sus huacales estaban fundidos a sus cabezas.
“Tenía razón –pensó don Pomposo–, son los hombres los que se mueven. Yo no sé –continuó mientras tomaba un trago de su guaje y se pasaba la lengua por los labios–; yo no sé cómo es que esos papeles pueden matar. Aunque él me dijo que también sirven para vivir, para mantenerse andando; que hablan, que viven hablando. Yo no sé leer y también estoy vivo. Hablo y escucho; hablo y escucho y vivo”. Tampoco sabía don Pomposo por qué san Roque, favorecedor en el curso de las calamidades, en vez de dar aliento, resumió todo en expiración.
Y don Pomposo exhaló. Ya debía ser la hora, con todos los colores palideciendo, entrando en comunión. Se podía sentir que se recobraba algo de humedad, como si el sudor del día se recuperara. Un jinete, meciéndose, se acercaba; parecía que lo hacía así para restarle importancia a las cosas. Se encontraron. Don Pomposo se cargó el guaje y el morral al hombro, mientras el otro hombre hacía bailar al animal. Subió al caballo. Anduvieron. Las veredas los sostenían y al pasar quedaban suspendidos. “Todo está resuelto”, pensó.
“Si vas un día a la ciudad y regresas, busca de esos periódicos y a esa Constitución. Quiero que me cuentes algo de su voz, si es que se dejan que los escuches”.
El hombre siempre será polvo, nada más que un grano de polvo, y don Pomposo se preguntaba si el polvo con que están tapizados los caminos que iban donde él, eran personas que habían muerto en alguna escaramuza, en una verdadera revolución o en medio de alguna enfermedad, porque si no era así, a fuerza de qué seguir transitando esos caminos; a fuerza de qué dejar la tierra para ir por allí tras una plebe de hombres hambrientos que les dicen que son un ejército y allá de ellos si se la creen; a fuerza de qué pensar que leer un papel puede iniciar la muerte o proseguir la vida. No hay opción: iniciar o proseguir, porque no hay término. “Yo he visto morir a mucha gente –pensó, acordándose de su pueblo–; yo que he visto morir, no he visto que los hombres se acaben. Hasta parece que alguien ha hecho algo de nosotros”. Justo ahí, don Pomposo espantó un último tábano al cuero del caballo. Vivir es lo que resta. Vivimos en los que vienen.
Aquél debía ser un animal de muy buena carne, dijo al jinete, mirándole las picaduras de tábano. Están frescas, seguro de esta mañana.

ESPECIAL 27
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NÚMERO 91
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Los mexicas ante el cosmos
Alfredo López Austin
La cosmovisión mexica concebía que la realidad divina estaba traslapada en el espacio de las criaturas, se creía en una doble naturaleza del tiempo y del espacio.



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