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El
polvo siempre será polvo. Los hombres no
siempre serán hombres. Estos caminos tan
llenos de polvo y tan faltos de hombres. El hombre
siempre será polvo.
“Sí, me lo contó un día.
El hombre siempre será polvo. Me contó
que lo había soñado. Que moría
de eso mismito –pensó don Pomposo–.
Y que también vio que la gente le rezaba
sus rosarios y sus novenas, y colgaban algunas flores
alrededor de él, como si nacieran de él,
como si ya estuviera en la tierra. Pero no supo
decírmelo muy bien; apenas podía contener
ese recuerdo, jalado y arrebatado por la corriente
del día. Como si ya lo hubiera soñado
muchas veces, con mucha calma me lo platicó.
Quién sabe; pero nada pudo hacerse. Debió
pensar antes de hacerlo. Ninguno de sus hermanos
siguió ese ejemplo”.
Y don Pomposo dejó la hoz sobre el suelo
mientras se sentaba bajo la enramada, las más
grande y que gobernaba toda la vista.
“Caramba... Caramba. ¿Quién
lo diría? Uno nace primero y es quien muere
al último. Unos tienen la candela tan bajita;
a otros no se nos apaga... hasta parece que llegamos
a encandilar.
”Hundirse en algo que no sea recuerdo. ¿Recuerdos...
es que acaso aún bailotean? Hundirse en la
búsqueda de la falta de recuerdos. Socorrito
y Benito. Que Dios me los tenga en su santa gloria.
Dejaban hilos de heces cuando intentaban correr
al campo. Después ya ni corrían, y
se quedaban bien quietecitos. Lo hacían en
unos cuencos, ahí por las hamacas. Y entonces,
ni se querían mover –repitió
don Pomposo–. Fue allí donde quedó
mi Benito –recordó, al tiempo que se
quitaba el sombrero y lo ponía sobre el suelo.
Se preguntó entonces qué era lo que
se los había llevado–. Sólo
Dios sabe –se dijo, mientras abría
y extendía un trapo con tortillas–.
Dios no debe equivocarse”.
Se quedó en silencio. Y en un ratito comió
sus gordas con chile. El agua era para el trabajo,
no para la comida; y su guaje siguió colgado
de una rama.
Don Pomposo, recostado, quería dormir. El
campo estaba como un comal. Don Pomposo no podía
dormir. Los maizales se movían como si se
fueran a esponjar. Don Pomposo se puso a pensar,
puestas sus manos como almohadas. El maíz,
esponjándose como si estuviera en un comal.
Don Pomposo ni siquiera cerró sus ojos. Dos
hombres por entre la vereda de los maizales. Don
Pomposo, acostumbrado a ver hombres que cargaban
huacales en la cabeza. “Como dos gorgojos
rumiando las milpas”, se dijo.
“Caray, ¡qué caray! Uno puede
ser necio, pero no se hacen esas cosas. Él
era necio y muy ladino. ¿Cuándo se
nos quitará lo necio? Aquí había
tanta tierra para trabajar, y todavía la
hay. ¿Por qué no fue necio en trabajarla?
Un día me prometió que volvería
a la tierra. Me lo juró por la virgen. Pero
en el camposanto no crece el maíz. Todos
morimos –dijo don Pomposo, que se enderezaba
sobre un codo–. Aquel que sabía leer
y Benito que no. La muerte conoce y no conoce. Lo
mejor era que se hubiera quedado en estas labores.
Ahí lo tienes, que no se lo llevaron, como
a don Crispín, como a don Horacio, co-mo
a don Cuco. Se fue por puritito gusto. Que dizque
aprendió a leer. ¿Y de qué
le sirvió saber eso?
”Dios lo debía tener con él.
Ahora que lo pensaba, había sido un muchacho
benévolo, y de esos quería Dios. Seguro
que igual a Socorro y Benito. Al menos a ellos dos
los había visto morir. Se vertieron cataplasmas,
se calaron sangrías; se hizo cuanto fue posible.
Prepáreles un tecito con limón, toronjil,
sal y ajenjo, mire que eso es muy bueno, le dijeron.
Se trajeron gentes para dar friegas con té
de canela, gotas de éter, láudano
y poco de malambo; y aguardar a que suden. Rezamos
mucho por ellos. Pobres muchachos; no lo eligieron
–dijo don Pomposo dando una mirada a los campos,
pensando en que aún faltaban aquellos surcos
de escardar–. Quién sabe hasta cuando
lo habrán levantado del suelo. A lo mejor
lo olvidaron toda la noche debajo de otro cuerpo
o en una barranca. Y cuando lo trajeron rezamos
también mucho.
”Sé que la muerte venía en lo
que me enseñó. Es el único
que he visto en toda mi vida. Una vida ya vieja
pero llena de cosas que fulguran, porque él
me dijo que en aquellos papeles se guardaba todo
el recuerdo de un día, una semana, los años.
Mi mente guarda soles y reflejos, hambres y cosechas.
Y si esos papeles hablan de cosas y muertes de cada
día, yo puedo hablar también de muchas
memorias, porque he visto morir a muchas gentes.
”Es el único que he visto en toda mi
vida, pero lo recuerdo. Vi cómo lo miraba
fijamente como si estuviera viendo el cielo de mayo.
Buscaba algo, como se busca en el cielo de mayo
generosidad para los campos. Y creo que lo halló.
Entonces era mayo y no encontramos que bajara generosidad.
A Socorro y a Benito los encontró la muerte,
que dicen venía de bien lejos. Mi otro muchacho
se aparejó con la muerte que venía
de la capital, de una ciudad, de México.
Y yo encontré la vida porque después
de mayo me siguió junio”.
Cargando nuevamente su hoz, don Pomposo la aplicó
en la hierba que había crecido entre los
surcos. Parecía un gorgojo. Y su muchacho
aprendió a leer; un cura le enseñó
con trabajo por ser ladino y necio. A veces pensaba
que había sido un egoísta por dejar
la tierra e ir a la ciudad. Otra veces se preguntaba
qué había visto en aquellos papeles
que lo hicieron irse con esas tropas, en días
de cosecha, del cólera y de preparativos
de fiestas para el santo patrono de la comarca;
en tiempos en que cabía todo eso.
Recién sepultados Socorro y Benito, su otro
retoño le había contado, recordó
don Pomposo, que leyó en algunos de esos
papeles que el mal provenía de Tampico y
que en la capital habían muerto más
personas que en muchos pueblos juntos; y en otro
día leyó que el gobierno solicitaba
a médicos hacer lo posible para evitar nuevos
contagios. De Benito y de Socorro no se sabía
cómo les había entrado el padecimiento.
Empezaron a sospechar cuando aquello dejó
de parecer un mal de panza. “Quién
sabe si un médico de esos hubiera compuesto
algo por aquí –dijo don Pomposo–,
entre nosotros”.
En ese entonces, cuando lo de Benito y Socorro,
su muchacho se había ido. Algo profundo le
decía que no había dejado de querer
a la tierra. Se había ido pero regresaría.
“Juntos hubiéramos terminado de escardar
esto –enunció don Pomposo–, deseando
que no cayera plaga. Estoy cansado, y él
me dijo que iba a una revolución. Si yo tuviera
su edad entonces me quedaría aquí
con la tierra. Me dijo que era necesario asegurar
la tierra antes de cuidar de ella. La tierra no
se mueve de aquí para allá, le contesté”.
Y en ese momento pasaban dos hombres y una mujer,
saludaron a don Pomposo, y siguieron con sus huacales.
Tenía razón. Son los hombres los que
se mueven.
“Uno es necio y por más que me esfuerzo
en saber cómo nos puedan quitar las tierras,
no lo sé. Me dijo que tarde o temprano, muchos
estaban dispuestos a hacerlo. Nosotros las cuidamos
y han estado allí desde siempre y nadie ha
querido alejarnos de ellas. Se despidió diciéndome
que iba a luchar contra otro papel, una tal Constitución
y a favor de un señor Santa Anna. A ése
lo conozco sólo de mentadas. Pero, ¿qué
se traerán esas gentes con esos papeles que
ni hablan ni se mueven? ¿Por qué los
siguen si regresan con muerte? Ni siquiera fueron
capaces de decirnos cómo había que
hacerle para curar a Benito y a Socorro”.
La mujer y los dos hombres desdoblaron sus sombras
por la vereda. A lo lejos parecía que sus
huacales estaban fundidos a sus cabezas.
“Tenía razón –pensó
don Pomposo–, son los hombres los que se mueven.
Yo no sé –continuó mientras
tomaba un trago de su guaje y se pasaba la lengua
por los labios–; yo no sé cómo
es que esos papeles pueden matar. Aunque él
me dijo que también sirven para vivir, para
mantenerse andando; que hablan, que viven hablando.
Yo no sé leer y también estoy vivo.
Hablo y escucho; hablo y escucho y vivo”.
Tampoco sabía don Pomposo por qué
san Roque, favorecedor en el curso de las calamidades,
en vez de dar aliento, resumió todo en expiración.
Y don Pomposo exhaló. Ya debía ser
la hora, con todos los colores palideciendo, entrando
en comunión. Se podía sentir que se
recobraba algo de humedad, como si el sudor del
día se recuperara. Un jinete, meciéndose,
se acercaba; parecía que lo hacía
así para restarle importancia a las cosas.
Se encontraron. Don Pomposo se cargó el guaje
y el morral al hombro, mientras el otro hombre hacía
bailar al animal. Subió al caballo. Anduvieron.
Las veredas los sostenían y al pasar quedaban
suspendidos. “Todo está resuelto”,
pensó.
“Si vas un día a la ciudad y regresas,
busca de esos periódicos y a esa Constitución.
Quiero que me cuentes algo de su voz, si es que
se dejan que los escuches”.
El hombre siempre será polvo, nada más
que un grano de polvo, y don Pomposo se preguntaba
si el polvo con que están tapizados los caminos
que iban donde él, eran personas que habían
muerto en alguna escaramuza, en una verdadera revolución
o en medio de alguna enfermedad, porque si no era
así, a fuerza de qué seguir transitando
esos caminos; a fuerza de qué dejar la tierra
para ir por allí tras una plebe de hombres
hambrientos que les dicen que son un ejército
y allá de ellos si se la creen; a fuerza
de qué pensar que leer un papel puede iniciar
la muerte o proseguir la vida. No hay opción:
iniciar o proseguir, porque no hay término.
“Yo he visto morir a mucha gente –pensó,
acordándose de su pueblo–; yo que he
visto morir, no he visto que los hombres se acaben.
Hasta parece que alguien ha hecho algo de nosotros”.
Justo ahí, don Pomposo espantó un
último tábano al cuero del caballo.
Vivir es lo que resta. Vivimos en los que vienen.
Aquél debía ser un animal de muy buena
carne, dijo al jinete, mirándole las picaduras
de tábano. Están frescas, seguro de
esta mañana. |