arqueología mexicana
La Cuenca de México

ÍNDICE 86 Posclásico Tardío
DOSIER: La Cuenca de México Conquista

Etapa Lítica

La Cuenca de México ayer y hoy
Preclásico Temprano y Medio
El reposo del fuego (fragmento)
Preclásico Tardío ICONOGRAFÍA: El juego de balón, Teotihuacan
Clásico ARQUEOLOGÍA: Exploraciones recientes, Campeche
Epiclásico DOCUMENTO: Tira de Tepechpan
Posclásico Temprano y Medio CUENTO HISTÓRICO: K’ux Elan Avo’nton

Concurso de cuento histórico

K’ux Elan Avo’nton
María José Cortés López
Seudónimo: Xixim
Categoría: postlicenciatura
Universidad Iberoamericana

Nota: Aunque el jurado calificador decidió dejar desierto el primer lugar en esta categoría, se decidió dar una mención a este trabajo.

Estaba lloviendo cuando arribé a San Cristóbal de las Casas, y no me abandonaba la pregunta que se asentó en mi cabeza desde que inicié el viaje: ¿cómo voy a soportar tres meses aquí? No podía creer que pasaría tres meses en un lugar que me apartaba de todas las comodidades tecnológicas de mi casa, y de las que ofrece una ciudad tan grande como la de México.
Al llegar, lo primero que hice fue buscar un lugar en donde dormir. Después de un recorrido por varias casas de huéspedes y hoteles, encontré un hotel sencillo, limpio y un poco mejor que los demás, así que decidí pasar la noche ahí, para recuperarme del viaje. Al día siguiente iniciaría el trabajo que no tenía ni la menor idea de cómo iba a ser.
Esa noche la pasé dando vueltas, pensando que no iba a poder con este nuevo reto que me asustaba pero al mismo tiempo me intrigaba. Mientras intentaba conciliar el sueño escuchaba cómo la lluvia caía en el techo y cómo el viento hablaba, si bien en ese momento su voz me parecía un ruido muy molesto que no dejaba dormir (pero en poco tiempo iba a saber que ese mismo ruido llevaba en su ser una gran cantidad de historias, vivencias y sabiduría útiles para recorrer mejor el camino). Después de largas horas logré dormir, y tuve un sueño raro, que no podía recordar con claridad, pero que me hizo despertar sobresaltada.
Llegó el día de trabajo y fui con mala cara. Esa semana era de introducción, en la que iba a aprender cosas que no imaginaba. En realidad fue un día muy pesado, lleno de teoría e historia sobre culturas nuestras pero desconocidas, al menos para alguien como yo, además de que conocí gente que iba a pertenecer a mi vida desde ese día. Al tercer día ya estaba interesándome este curso, y comenzaba a creer que en realidad iba a poder con el reto, aunque no me abandonaba la idea de que las cosas empeoraran, cuando comenzara el trabajo en campo. Íbamos a salir a las comunidades a “enseñar” cosas nuevas a unos grupos de artesanas indígenas.
En esa semana nos enseñaron unas cuantas palabras en lengua maya, ya sea en tzeltal, tojolabal, o tzotzil, porque en las comunidades la mayoría de las mujeres no hablan español, así que, con cuaderno en mano y las anotaciones, salimos el siguiente lunes. Estábamos divididos en grupos por tipo de estudios; yo iba en el de administradores. Nuestro trabajo consistía en llegar a la comunidad e identificar las necesidades de ese grupo, para saber en qué podíamos ayudar.
Ese lunes nos encontramos muy temprano con la traductora; en cada comunidad hay una artesana que habla español y ella fue la que nos ayudó a comunicarnos y entender lo que pasaba. Después de una hora de camino, en una camioneta vieja a punto de romperse, y entre gente maloliente y niños llenos de piojos, llegamos a Chenalhó, la cabecera, y de ahí a caminar una hora cerro arriba hasta Chichiltón, comunidad formada aproximadamente por unas cien personas. Entramos en una choza en la que estaban las artesanas, y saludamos, pero ellas no contestaron. Así que pasamos todo el día fuera de la choza, sentados en la tierra y hablando como pericos, ya que ninguna de las artesanas nos respondía; lo que es más, ni siquiera logramos que nos miraran a la cara mientras hablábamos; ellas se dedicaban a coser sus blusas y hacer sus bordados, a reír entre ellas e intercambiar miradas y risas. Al término de este “diálogo”, al parecer improductivo, decidimos partir a nuestra nueva casa en San Cristóbal; sentíamos que no habíamos hecho nada y que todo el trabajo de ese día se había ido a la basura.

 

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