| Estaba
lloviendo cuando arribé a San Cristóbal
de las Casas, y no me abandonaba la pregunta que
se asentó en mi cabeza desde que inicié
el viaje: ¿cómo voy a soportar tres
meses aquí? No podía creer que pasaría
tres meses en un lugar que me apartaba de todas
las comodidades tecnológicas de mi casa,
y de las que ofrece una ciudad tan grande como la
de México.
Al llegar, lo primero que hice fue buscar un lugar
en donde dormir. Después de un recorrido
por varias casas de huéspedes y hoteles,
encontré un hotel sencillo, limpio y un poco
mejor que los demás, así que decidí
pasar la noche ahí, para recuperarme del
viaje. Al día siguiente iniciaría
el trabajo que no tenía ni la menor idea
de cómo iba a ser.
Esa noche la pasé dando vueltas, pensando
que no iba a poder con este nuevo reto que me asustaba
pero al mismo tiempo me intrigaba. Mientras intentaba
conciliar el sueño escuchaba cómo
la lluvia caía en el techo y cómo
el viento hablaba, si bien en ese momento su voz
me parecía un ruido muy molesto que no dejaba
dormir (pero en poco tiempo iba a saber que ese
mismo ruido llevaba en su ser una gran cantidad
de historias, vivencias y sabiduría útiles
para recorrer mejor el camino). Después de
largas horas logré dormir, y tuve un sueño
raro, que no podía recordar con claridad,
pero que me hizo despertar sobresaltada.
Llegó el día de trabajo y fui con
mala cara. Esa semana era de introducción,
en la que iba a aprender cosas que no imaginaba.
En realidad fue un día muy pesado, lleno
de teoría e historia sobre culturas nuestras
pero desconocidas, al menos para alguien como yo,
además de que conocí gente que iba
a pertenecer a mi vida desde ese día. Al
tercer día ya estaba interesándome
este curso, y comenzaba a creer que en realidad
iba a poder con el reto, aunque no me abandonaba
la idea de que las cosas empeoraran, cuando comenzara
el trabajo en campo. Íbamos a salir a las
comunidades a “enseñar” cosas
nuevas a unos grupos de artesanas indígenas.
En esa semana nos enseñaron unas cuantas
palabras en lengua maya, ya sea en tzeltal, tojolabal,
o tzotzil, porque en las comunidades la mayoría
de las mujeres no hablan español, así
que, con cuaderno en mano y las anotaciones, salimos
el siguiente lunes. Estábamos divididos en
grupos por tipo de estudios; yo iba en el de administradores.
Nuestro trabajo consistía en llegar a la
comunidad e identificar las necesidades de ese grupo,
para saber en qué podíamos ayudar.
Ese lunes nos encontramos muy temprano con la traductora;
en cada comunidad hay una artesana que habla español
y ella fue la que nos ayudó a comunicarnos
y entender lo que pasaba. Después de una
hora de camino, en una camioneta vieja a punto de
romperse, y entre gente maloliente y niños
llenos de piojos, llegamos a Chenalhó, la
cabecera, y de ahí a caminar una hora cerro
arriba hasta Chichiltón, comunidad formada
aproximadamente por unas cien personas. Entramos
en una choza en la que estaban las artesanas, y
saludamos, pero ellas no contestaron. Así
que pasamos todo el día fuera de la choza,
sentados en la tierra y hablando como pericos, ya
que ninguna de las artesanas nos respondía;
lo que es más, ni siquiera logramos que nos
miraran a la cara mientras hablábamos; ellas
se dedicaban a coser sus blusas y hacer sus bordados,
a reír entre ellas e intercambiar miradas
y risas. Al término de este “diálogo”,
al parecer improductivo, decidimos partir a nuestra
nueva casa en San Cristóbal; sentíamos
que no habíamos hecho nada y que todo el
trabajo de ese día se había ido a
la basura.
Los niños de la comunidad nos habían
acompañado al partir de la choza; ellos,
a diferencia de las artesanas, en su mayoría
hablaban español, y nos enseñaron
una vereda por donde las mujeres bajan a la cabecera,
ya que ellas no utilizan los caminos usuales; fue
por ahí por donde regresamos a Chenalhó.
Al ir caminando los niños nos enseñaban
palabras de su lengua y se burlaban de nuestra pronunciación.
Era bastante difícil caminar por la vereda,
por lo estrecha, y había que fijarse por
dónde pisar, pero después de un rato
se acostumbraron los pies a las condiciones de la
vereda, y por fin pudimos disfrutar del paisaje
que nos acogía. Se respiraba un aire limpio,
de ese al que los citadinos no estamos habituados,
y se podía percibir la tranquilidad de los
montes, una tranquilidad que al principio llena
de miedo, por no estar acostumbrado a ella, y abruma
los pensamientos, pero que cuando uno se acostumbra
y deja que penetre en su ser, lo llena de una sensación
de satisfacción muy reconfortante. Caminamos
cerca de dos horas antes de llegar a la cabecera,
pero no parecieron dos, sino menos. En ese lugar
magnífico el tiempo parece quedarse quieto,
y los ojos son insuficientes para captar tanta belleza.
Al día siguiente tomamos el mismo camino,
pero sin los niños, y pude disfrutar un poco
más del color de la naturaleza, del olor
a fresco, a campo, a vida. En Chichiltón,
las artesanas tenían ya listos los asientos,
fuera de la choza, para nosotros, y para nuestra
sorpresa tenían una serie de preguntas que
hacernos. Esto nos llenó de alegría,
pues nos dimos cuenta que el día anterior
no había sido en vano; realmente nos habían
escuchado. Nos sentimos muy bien y comenzamos a
explicar nuestras grandes teorías sobre cómo
hacer una estrategia para vender sus artesanías,
sin darnos cuenta de que lo que estábamos
haciendo ahí era, simple y sencillamente,
el ridículo. Lo reconocimos al paso de los
días, cuando pudimos apreciar las grandes
diferencias que existen entre su realidad y la nuestra.
Una vez terminada nuestra exposición, la
traductora nos pidió que ayudáramos
a sus hijos con sus estudios, ya que los maestros
de la comunidad llevaban meses en la capital, en
una huelga política. Accedimos, y empezamos
a trabajar con los niños, para que, en su
mayoría, conocieran el abecedario. Así
supimos el nombre de cada uno de ellos y sus edades.
Para nuestro asombro, había niños
de doce años que parecían de cinco.
A partir de ese momento comencé a fijarme
más en las cosas que estaban a nuestro alrededor.
Regresamos por el camino regular, y me pude dar
cuenta de que no había ningún tipo
de drenaje y que, obviamente, no había agua
potable; pero sí una tiendita bien surtida
de refrescos y frituras. He ahí, me dije,
buena razón para que los niños tengan
esa apariencia.
Así pasó la primera semana, dando
clases a los niños y tratando de entender
a las artesanas, lo que en realidad no conseguimos,
al menos ésa fue nuestra conclusión;
para ser sincera, esa semana fue una gran decepción.
Me puse a pensar en mi casa y en las cosas que podría
estar realizando en mi ciudad, que ofrece tanto
por hacer. Durante el fin de semana me asombraba
cómo la gente podía soportar la vida
en un pueblo tan pequeño, pues hacíamos
lo mismo todo el tiempo, yendo a las mismas discotecas,
a los mismos bares, al mismo mercado, con la misma
gente siempre. Me parecía una vida muy rutinaria
en todo sentido.
La siguiente semana cambiamos de comunidad. Nos
tocó estar en Chenalhó, donde las
artesanas hablaban un poco más de español
y tenían al menos una vivienda de cemento.
Mejoró la comunicación con ellas.
El primer día conocí a Nayeli, la
hija de Antonia, la traductora del grupo que también
nos prestaba su casa para las clases. Nayeli es
una niña muy bonita con unos ojos grandes,
llenos de alegría y esperanza, delgada y
con la piel morena y maltratada por el sol, la tierra
y el poco aseo.
En esta comunidad pasamos dos semanas, y aprendimos
muchas cosas con ellas, en tanto que nosotros les
enseñamos sumas, restas, multiplicaciones
y divisiones en los primeros días. Al darnos
cuenta de que no sabían las operaciones aritméticas,
pensamos que iba a ser una semana fácil,
y nos dispusimos a enseñarles la suma y la
resta primero, luego, la multiplicación,
pero al llegar ahí no pudimos continuar.
Nos preguntaban para qué servía multiplicar
cuando podían sumar, y ninguna de nuestras
respuestas parecía ser lo suficientemente
buena para ellas, así que nos regresamos
a casa a pensar en una buena razón para convencerlas
de la multiplicación.
Llegamos al día siguiente, y los niños
nos llevaron al mercado a comprar un poco de fruta.
Después de platicar durante un rato comenzamos
con la clase de multiplicación y con una
serie de ejercicios; luego salimos con los niños
a jugar, les enseñamos juegos que nosotros
jugábamos de niños y nos divertimos
como en aquellos días. Como el día
se estaba pasando y el atardecer llegaba, tomamos
el camión de regreso a casa.
Durante el camino comentábamos lo bien que
la estábamos pasando y en la alegría
que nos daba llegar a casa de Antonia y poder estar
con los niños y las artesanas. Ese día
habíamos dejado tarea, y supusimos que no
la iban a hacer.
Al día siguiente Nayeli y los otros niños
nos esperaban en la puerta de la casa. Las artesanas
estaban dentro, con la tarea en mano y listas para
aprender algo nuevo; los niños, dispuestos
para jugar, correr y reír con nosotros. Así
pasaron los días con ellas; les enseñamos
matemáticas, a combinar colores, a hacer
mermelada y a saber cuánto gastan en hacer
cada una de sus blusas.
Uno de los últimos días, cuando llegamos,
estaban todas las artesanas como siempre, sentadas
en círculo, riendo a carcajadas. Al escucharlas
pregunté:
–¿De qué se ríen?
–Lo que pasa es que ayer llovió y el
río se creció mucho, y una mujer se
murió, se la llevó el río.
Fue a buscar al borracho del esposo y al regreso
se cayó. Hoy la encontraron con la trenza
amarrada en una rama –dijo Antonia, ya que
las demás no podían dejar de reír.
–¿Eso les causa gracia? –pregunté
con la boca abierta.
Ellas me miraban asombradas, sin entender por qué
no me causaba gracia el suceso. Antonia me contó
que para ellas la muerte es algo natural, y algo
que esperan todos, que la manera de morir cada quien
la elige; puedes morir en cosas tontas como ésa,
o puedes morir con tranquilidad y paz, todo depende
de ti.
Cambiamos cuatro veces más de comunidades,
pero la última fue una de las más
importantes. Su nombre: Las Margaritas. Ahí
no sólo conocí nuevas cosas de mi
cultura sino también aspectos de mí
misma. Las mujeres nos llevaron de madrugada a cortar
maíz para hacer tortillas para el desayuno.
Estando en la milpa, nos hicieron callar y escuchar
el viento frío que nos pasaba por la cara
y que nos zumbaba en los oídos; nos decían:
“escuchen, escuchen lo que les dice, les habla,
les cuenta historias del pasado”. También
nos llevaron a una pradera en la que pasamos horas
enteras. Mientras caminábamos, encontramos
un camino bien formado que las hormigas habían
hecho; al verlo me espanté y, justo cuando
iba a pisar una hormiga, llegó María
y me dijo: “No lo hagas, ellas son como nosotras,
mientras no nos maten podemos vencer cualquier obstáculo;
así somos y no importa qué tan difícil
o qué tan lejos esté nuestro objetivo,
siempre intentaremos llegar a él”.
Estos sucesos se hicieron cada vez más comunes
y los disfrutaba mucho.
Pero llegó el día. Estaba en el aeropuerto
de Tuxtla esperando el avión para regresar
a casa, y mientras esperaba, me di cuenta de que
ahora me sentía tan ajena, ajena a eso que
había añorado tanto. Al subir al avión
no pude contener el llanto; ahí estaba dejando
todo, todo lo que ahora significaba algo para mí,
todo lo que me había regresado a mi realidad,
a lo que me había recordado lo que soy realmente
y lo que en verdad vale la pena. Lloraba ahogándome
en mi propio llanto; me dolía el pecho, y
sin poder controlarlo, era un llanto que venía
desde lo más profundo de mi ser, un llanto
que jamás había experimentado, igual
que todas las cosas que había vivido ahí.
Parecía que me había despertado de
un sueño placentero y corto, del cual me
hubiera gustado jamás despertar. Así
me fui todo el vuelo, y al llegar a la ciudad me
sentí aún más ajena, y más
confundida y derrotada; derrotada por mí
misma, por no haber tenido el valor de quedarme
ahí y luchar, luchar por aferrarme a mis
raíces. Ahora estaba en una realidad fuera
de la mía; estaba en la ciudad que me hace
sorda a las historias del viento, ciega a la belleza
de la naturaleza, insensible a las raíces
de mi país y a su realidad. Ahora estaba
de nuevo en la tecnología que me hacía
más ignorante a la naturaleza, a sus misterios,
a su majestuosidad, a su sabiduría, a todas
esas cosas reales, que no tuvieron la necesidad
de ser inventadas por nadie, que son perfectas porque
sí, que no tienen explicación y que
en cambio están llenas de enseñanzas
que aguardan ser reconocidas por alguien que sepa
valorarlas. Ahora estaba de nuevo en el lugar que
tiene a las personas que más quiero en la
vida: mi familia, mis amigos, todos mis conocidos.
Este choque de sentimientos se enfrentaban en mi
ser y no me dejaban dormir.
Han pasado tres años, y aún al cerrar
mis ojos puedo imaginarme en medio de la naturaleza,
recogiendo maíz y aprendiendo palabras en
lengua maya, pero al abrirlos me encuentro en la
oficina trabajando frente a una computadora, sin
ventanas y con clima programado. El rito de la ciudad
me volvió a enrolar en sus actividades, pero
no logró que mi corazón regresara
por completo de ese viaje. |