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Otra
vez esa mirada vidriosa y húmeda que me amenaza
y me somete. Otra vez la voz dulzona pidiéndome
que me quede, que no vaya. Otra vez siento mi boca
a punto de acceder, y al tiempo la controlo y expreso
lo contrario. Hemos sido llamados los jóvenes
fuertes y es bien sabido que en ocasiones así,
pocos regresan en una pieza a su lecho. Pocos viven
para ver a sus mujeres y a sus hijos, si fuera el
caso. Nada es seguro aún. Las únicas
instrucciones fueron que nos debíamos encontrar
en la plaza central, no llevar más de lo
que portábamos y estar dispuestos.
Solté por fin su morena mano húmeda
y fría, temblorosa, e intenté darme
la vuelta para simplemente salir, pero esa mirada
viscosa y salada me amarraba los ojos y las piernas,
me ataba con el remordimiento, me amordazaba con
las palabras no dichas y los reproches sin eco.
Al dar el primer paso hacia la entrada, un suspiro
cortó la súbita tensión entre
las cuatro paredes que nos aprisionaban y sin embargo
nos mantenían unidos. Había oído
en varias ocasiones la resonancia de los gritos
bélicos, pero este suspiro se me antoja ahora
incluso más desgarrador que la guerra y la
muerte misma, más duradero y prolongado.
Más real. No regresé la mirada por
el conocimiento de mi torpe y fallida voluntad,
sé que de haberlo hecho, la hubiera abrazado
y me pude haber quedado ahí una eternidad
y otra para no verla sufrir.
Salí de nuestra pequeña y tibia habitación,
dejando atrás una vida y un amor en los petates,
en las prendas tendidas, en las esencias mismas
de su cabello negro y liso, preguntándome
si alguna vez volvería a enredar mi rostro
en él. Dejé también la minúscula
sala de estar y sus paredes blancas de adobe con
cal, adornadas con figurillas de barro negro y rojo.
Crucé el umbral de la memoria, donde el presente
se volvía turbio y el pasado lejano, dejándome
con un futuro que cada vez se veía más
cercano y latente, esperando salir, agridulce e
incierto.
A simple vista, la ciudad tenía un problema:
los mercados estaban vacíos y tranquilos,
silenciosos como los árboles; sus interminables
pasillos se veían aún más profundos
e interminables sin el trajín de los comerciantes
clandestinos y las compradoras exaltadas. En las
calles se sentía un dejo de melancolía
y desesperanza, se podía tocar la impaciencia
de las mujeres recién abandonadas. Las voces
de los niños estaban recluidas en sus jóvenes
gargantas, y sus manitas, inherentes al exterior,
temblaban por jugar y retorcerse entre la naturaleza
y su imaginación.
Al llegar a la plaza central, un aire de solemnidad
digno del entierro del señor tlatoani
ocupaba todo el espacio. La sequedad del ambiente
se hizo más evidente cuando el silencio fue
roto por un sonido extraño que simplemente
no parecía pertenecer aquí. Siguiéndolo
inmediatamente, una ola de murmullos se alzó
amenazadora entre la gente y de la cual sólo
logré captar las palabras “rey”,
“barco” y “extraños”.
El sonido continuó, permaneciendo siempre
lejano, suave y constante, acercándose. No
sonaba como algo que hubiéramos escuchado
jamás. No sonaba como algo importante, mucho
menos como algo que recordaríamos siempre.
La gente empezó a ceder. Se formó,
poco a poco, una especie de pasillo en medio de
la multitud y por ahí, aún lejanas,
se distinguían dos altas –muy altas–
figuras. Mientras más se reducía la
distancia, se hacía más y más
evidente que en efecto eran demasiado altas para
ser humanas. Eran enormes animales de plata brillante
unidos a sendos hombres fantasmales y gigantes.
Estos hombres de cabeza soleada y rostros peludos
estaban cubiertos, con excepción de sus rostros,
de metal brillante y muy lustroso, parecían
serpientes con escamas metálicas. Y sus ojos,
sus ojos eran claros y fríos, con un color
como el de los ríos, pero sin ese movimiento,
sin la vitalidad y el fulgor de las aguas. No eran
como la mirada vidriosa que había dejado
atrás hacía poco.
Avanzaron y todavía no salíamos de
nuestro estupor cuando un grito contagioso y de
naturaleza peligrosa nos golpeó. Corriendo,
a cierta distancia, venían los tlaxcaltecas
y con ellos, las hogueras bélicas de sus
corazones pétreos y el pavor de nuestra gente.
La ira se podía sentir entre los otros jóvenes
a mi alrededor, la cólera y las ansias de
venganza bullían cerca, tan cerca que los
golpeteos fuertes de sus corazones se unieron en
uno solo y así, al unísono, marcharon
sin moverse y soñaron sin noche con un nuevo
día de redención. A mi alrededor pude
ver muchas miradas tristes, llorosas, asustadas,
incluso feroces, y fue ahí cuando más
deseé volver a esa segura mirada de reproche,
a sus brazos húmedos y tibios, y estar lejos
de aquí.
Realmente no quiero recordar esa noche, ese periodo
resbaloso en mi memoria, que se cuela de vez en
cuando y me hace recordarlo, revivirlo y volver
a sentirlo. Podría ser incluso que esas noches
nunca pasaron, nunca sucedieron y están ahí
por algún relato que haya escuchado, vívido
y real. Recuerdo, sin embargo, como si fuera ahora,
los ojos amarillos y feroces de los tlaxcaltecas,
llenos de embrujo y de enojo contenido, hechos de
meros reflejos, tejidos con peligro y paz derrocada,
recuerdo el sonido de la guerra, de la sangre, de
los gritos. Recuerdo sus bocas abiertas en un interminable
grito, ansiosas por recibir el triunfo arrebatado.
Tal vez no la quiera recordar o tal vez lo que no
quiero recordar es ese vaporoso momento en el que
todo se cayó y una súbita sensación
me invadió. El recuerdo de cómo los
breves labios se inclinaron sobre nuestras tierras
y se lo llevaron todo, temblorosos y descuidados,
besando fatalmente nuestro lugar, nuestra casa.
Tal vez sea justicia sólo por la justicia,
sólo por la gracia de la justicia, justicia
por justicia y no puedo, no quiero ver, no quiero
volver a escuchar ese peculiar sonido que salió
de la garganta de los blancos al ver lo que nos
hicieron, el sonido de una pluma sobre una delicada
hoja de papel, de los pasos de sus monstruos peludos
al marcharse, pero, ¿se marcharon? Y tal
vez no quiero salir para no tener que encontrarme
con esa realidad horrible y desesperante, no lo
quiero ver nunca más, ni siquiera quiero
ver a mi alrededor para no darme cuenta de lo que
ha pasado.
Sin embargo, llevándose todo no se llevaron
nada, pues todo esta aquí, con nosotros,
entre nosotros. En nuestros propios muertos se esconden
los mayores y más valiosos tesoros de nuestra
gente, los más impresionantes y sobre todo,
los más duraderos. ¿Por qué
llevarnos? ¿Por qué llevarse a una
pandilla de salvajes semidesnudos? No hay una razón
evidente, pero en realidad el único tesoro
aquí escondido sin esconderse es eso, la
gente que respira hoy el frío del desdén
y la malicia del pensamiento “racional”,
la misma gente que dejaron aquí, escondida
sin esconderse.
Es el malvado silencio el que me llama en la distancia,
el que quema mis entrañas con el hambre,
el que me desgarra con la soledad, o puede ser un
caminante perdido entre los despojos de las casas
derribadas al amanecer. Posiblemente sea sólo
la pequeñez de mi corazón, con los
débiles y vacíos latidos que logra
emitir aún, cuando, incluso, un poco borroso
puedo divisar un par de luces casi al alcance de
mi mano demasiado débil para tratar de tomarlos,
una sedosa mirada inocente y tierna, un par de párpados
brillantes aleteando en medio de la inmensidad,
y de un momento a otro me doy cuenta de que ya no
estoy ahí y de que este nuevo lugar en realidad
no es tan nuevo. Simplemente cambió de nombre:
“Nueva España”. |