arqueología mexicana
LA Mixteca

ÍNDICE 90 Documentos pictográficos. Mixteca Baja
DOSIER: La cultura mixteca Mixtecos y zapotecos. Epoca prehispánica
Códices mixtecos prehispánicos Arquitectura colonial en Oaxaca
La Mixteca y los mixtecos El pueblo ñu savi. Los mixtecos
Huamelulpan, Oaxaca HISTORIA DE ARQUEOLOGÍA: Noticias de Herculano
Huamelulpan y Tayata, Oaxaca ANTROPOLOGÍA FÍSICA: Estudio antropológico
Cerro de las Minas, Oaxaca HISTORIA: El altar de Dolores
Nicayuju, Oaxaca PIEZA: Escudo de Acapulco, Guerrero
Teposcolula, Oaxaca MITOS Y CUENTOS: Origen del fuego
Tututepec (Yucu Dzaa) DOCUMENTOS: Códice de Santiago Tlacotepec
Códices de la Mixteca Alta CONCURSO: Miradas

QUINTO Concurso de cuento histórico

Miradas
Leonardo Daniel Hernández Pliego
Seudónimo: Eolo
Categoría: Preuniversitaria
Escuela Tomás Alva Edison

Otra vez esa mirada vidriosa y húmeda que me amenaza y me somete. Otra vez la voz dulzona pidiéndome que me quede, que no vaya. Otra vez siento mi boca a punto de acceder, y al tiempo la controlo y expreso lo contrario. Hemos sido llamados los jóvenes fuertes y es bien sabido que en ocasiones así, pocos regresan en una pieza a su lecho. Pocos viven para ver a sus mujeres y a sus hijos, si fuera el caso. Nada es seguro aún. Las únicas instrucciones fueron que nos debíamos encontrar en la plaza central, no llevar más de lo que portábamos y estar dispuestos.
Solté por fin su morena mano húmeda y fría, temblorosa, e intenté darme la vuelta para simplemente salir, pero esa mirada viscosa y salada me amarraba los ojos y las piernas, me ataba con el remordimiento, me amordazaba con las palabras no dichas y los reproches sin eco.
Al dar el primer paso hacia la entrada, un suspiro cortó la súbita tensión entre las cuatro paredes que nos aprisionaban y sin embargo nos mantenían unidos. Había oído en varias ocasiones la resonancia de los gritos bélicos, pero este suspiro se me antoja ahora incluso más desgarrador que la guerra y la muerte misma, más duradero y prolongado. Más real. No regresé la mirada por el conocimiento de mi torpe y fallida voluntad, sé que de haberlo hecho, la hubiera abrazado y me pude haber quedado ahí una eternidad y otra para no verla sufrir.
Salí de nuestra pequeña y tibia habitación, dejando atrás una vida y un amor en los petates, en las prendas tendidas, en las esencias mismas de su cabello negro y liso, preguntándome si alguna vez volvería a enredar mi rostro en él. Dejé también la minúscula sala de estar y sus paredes blancas de adobe con cal, adornadas con figurillas de barro negro y rojo. Crucé el umbral de la memoria, donde el presente se volvía turbio y el pasado lejano, dejándome con un futuro que cada vez se veía más cercano y latente, esperando salir, agridulce e incierto.
A simple vista, la ciudad tenía un problema: los mercados estaban vacíos y tranquilos, silenciosos como los árboles; sus interminables pasillos se veían aún más profundos e interminables sin el trajín de los comerciantes clandestinos y las compradoras exaltadas. En las calles se sentía un dejo de melancolía y desesperanza, se podía tocar la impaciencia de las mujeres recién abandonadas. Las voces de los niños estaban recluidas en sus jóvenes gargantas, y sus manitas, inherentes al exterior, temblaban por jugar y retorcerse entre la naturaleza y su imaginación.
Al llegar a la plaza central, un aire de solemnidad digno del entierro del señor tlatoani ocupaba todo el espacio. La sequedad del ambiente se hizo más evidente cuando el silencio fue roto por un sonido extraño que simplemente no parecía pertenecer aquí. Siguiéndolo inmediatamente, una ola de murmullos se alzó amenazadora entre la gente y de la cual sólo logré captar las palabras “rey”, “barco” y “extraños”. El sonido continuó, permaneciendo siempre lejano, suave y constante, acercándose. No sonaba como algo que hubiéramos escuchado jamás. No sonaba como algo importante, mucho menos como algo que recordaríamos siempre.

 

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La Expulsión

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