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Voto
a Dios que el olor de la sangre tiene un cierto
encanto. Y que me lo digan a mí, que me he
pasado la vida aspirando sus efluvios dulzones desde
que tengo memoria. ¿Cuándo fue la
primera vez…? Granada, sí, con Sus
Muy Católicas Majestades. ¿Cuánto
hace ya de eso…? ¡29 años! ¡Válgame
el cielo! Me siento ya demasiado viejo y cansado.
¿Pero quién me mandó meterme
en esto, quién me mandó enlistarme
una y otra y otra vez en estas expediciones, cada
una aparentemente sin retorno? Nadie más
que yo mismo. Siempre huyendo del hambre –bueno,
una que otra vez de los alguaciles y corchetes,
allá en Salamanca…– y en pos
de la gloria; escapando por algún tiempo
de la primera y nunca alcanzando a la maldita segunda,
hasta ahora. Si después de esto los nombres
de cada uno de nosotros, los vivos y los muertos,
no son inscritos en letras doradas en los libros
de historia, ¿entonces de qué valió
todo lo que hicimos? ¡Diablos, acabamos de
conquistar un imperio, el mayor que nunca se haya
visto! ¡Acabamos de añadir una nueva
posesión a los dominios de don Carlos, la
joya de su corona! Si el Capitán General
se llega a quedar con todo el crédito –algunos
compañeros lo han visto muy sospechoso parlando
en privado con el cronista ese, Bernal Díaz–
es que no queda ninguna traza de justicia en este
perro mundo. Como probablemente ése será
el caso, dediquémonos a buscarnos la vida
como podamos. Estos malditos indios tienen por ahí
más oro, lo sé y lo sabemos. Bien
por Alderete: una vez que su emperador suelte la
lengua seguro que nos veremos bañados de
pepitas doradas. ¿Pero y si resulta que en
verdad no hay más, aparte de las miserables
baratijas que los buceadores sacaron? Me cago en
la hostia: la aventura ni siquiera se habrá
costeado a sí misma. De ésta no se
salvaría el Capitán sin el oro: sólo
el metal amarillo en cantidades ingentes podrá
aplacar la furia de Velázquez y sus acusaciones
de sedición. ¡Maldita sea, esta agua
no se puede beber! Mucho nos ayudó el romper
el dique, pero ahora, ¿qué diablos
bebemos nosotros? Tengo pereza de ir hasta el manantial.
¿Nadie tendrá algún sobrante
en su bota…?
–¡Eh, ayudad a Nuño! ¡A
mí! ¡Que lo matan!
¡Me cisco en todos sus muertos! Qué
cerca la vi. Qué vergüenza, dejarme
emboscar como un petimetre bisoño. Veo el
rostro barbudo del capitán Alonso de Guzmán
inclinarse sobre mí en cuanto ceso de toser
y escupir agua por todos los orificios.
–¿Está voacé bien, señor
López?
–Ahora lo estoy. Gracias, señores.
Si no es por vosotros, no la cuento…
–¿Cómo es que no lo vio acercarse,
señor López? ¿Será que
la edad empieza a hacerle fallar la vista o los
demás sentidos…?
Tengo que contenerme para no arrearle una puñada
al capitán –un hideputa redomado pero
con muchos cojones, que disfruta provocando a sus
subordinados lo justo para no ser deshonra, pero
lo suficiente como para despertar buenos y duraderos
rencores–, lo cual me valdría una veintena
de latigazos o que me atravesara con su espada de
inmediato y santas pascuas. Es un superior, pero
como siga jodiéndome, le voy a…
–Ha de haber estado al acecho, señor.
Nada se movía en el agua hasta que saltó
fuera para cogerme. Ya sabe vuestra merced cómo
se las gastan estos indios del demonio.
Interviene otro soldado, al que conozco de vista,
un tal Peribáñez, un tipo un poco
pelota pero siempre voluntarioso con los camaradas:
–No sería la primera vez que pasara,
mi capitán. Apenas ayer me comentaron que
a don Pedro de Alvarado estuvieron a punto de jugársela
lo mismo, cuando se inclinó a enjuagarse
la cara y un indio que respiraba a través
de una caña casi le rebana la gorja. Esto
le pudo haber pasado a cualquiera, y le pasó
a López…
El capitán Guzmán mueve la cabeza,
burlón y reprobador, y con eso cada mochuelo
regresa a su olivo. Peribáñez me ofrece
un trapo sucio para secarme la faz y también
se desentiende, dejándome hirviendo de coraje
por el ridículo que pasé. Intentando
calmarme, doy unas cuantas mojadas más de
toledana al indio muerto con medio cuerpo dentro
del agua fangosa. Ésta difumina sus rasgos,
pero no lo suficiente como para ocultar la expresión
de tremenda fiereza que tenía cuando lo aviaron,
al hideputa. Juro –aunque nadie nunca lo sabrá–
que casi me cago patas abajo del miedo. Con estos
cabrones no se puede bajar la guardia un instante.
Peores que los moros, por mucho; esos te degollaban
lo mismo, pero al menos siempre atacaban de frente
y aullando, dándote tiempo para soltarles
una andanada o afirmarte en buena esgrima. Dudo
un instante: ¿dejo a este fiambre aquí
y que los buitres –que aquí les llaman
zopílotl o algo así– o las cuadrillas
de enterradores se encarguen de él, quien
llegue primero; o lo echo sin más ceremonia
a la laguna? Hago lo último: más putrefactas
estas aguas no pueden volverse.
–¿Te enteraste, López? El tal
Guatemuz resistió como un bravo el chicharrón
en sus pies. El Tesorero Real está que se
sube por las paredes…
–¿Has oído, Nuño, que
Guatemozin no aguantó ni dos minutos, y que
ya reveló exactamente dónde tiraron
el oro al lago…?
–Sé de buena tinta, López, que
el emperador de los indios acaba de morir debido
al tormento. Mi primo, Sancho el de Jerez, que presenció
todo, me lo acaba de decir. Ojo: ni una palabra
a nadie, porque el Capitán no quiere que
se sepa y empiecen los comadreos y murmuraciones…
Como si en una tropa se pudieran mantener secretos.
Pronto es la comidilla de todo el mundo, e incluso
los tlaxcaltecas se reúnen en corros y parlotean
emocionados en sus bárbaros dialectos. Qué
carniceros resultaron ser los aliados: más
tuvimos que emplearnos en frenar sus ímpetus
que en despachar aztecas. Desgraciadamente un cadáver
no huele tan bien como la sangre, y para tener ésta
hay que conseguir primero aquél, y los de
Tlaxcala los dejaron a montones: apenas ayer acabamos
con los últimos defensores organizados en
el mercado gigantesco ese, Tlatelulco, y toda la
ciudad huele a sangre, pero aún más
a muerto. Por fortuna me enteré que lo primero
que el Capitán encargó que limpiaran
fue la plaza mayor, donde tenían los indios
sus templos mayores y los palacios donde estuvimos
alojados al principio; sé que Guatemuz está
prisionero ahí, así que iré
a darme un garbeo para dejar de respirar estas miasmas
y confirmar de propia mano los rumores. Tengo un
amigo destacado ahí, Fiacro Franco, y quizá
él sepa algo más…
–Estás de suerte, Nuño: nos
toca cambio de guardia dentro de media hora y estoy
asignado a la vigilancia del emperador. Podrás
venir conmigo y verlo por ti mismo.
Es excelente tener conocidos en todas las unidades
del ejército; incluso entre los paniaguados
que vinieron con Narváez ya hice una decena
de amistades más o menos firmes. Siempre
se consiguen buenos favores de parte de los compadres,
como ahora mismo. Franco y yo y otros más
reemplazamos a los centinelas de un enorme palacio
semiderruido, me aposto convenientemente cerca de
la puerta de la cámara habilitada como celda
y doy un vistazo. Guatemuz y otros dos nobles aztecas
de nombres impronunciables están encadenados
al muro y echados sobre montones de paja, al parecer
perdidos en sus pensamientos. Observo que los pies
de los tres están espantosamente quemados,
negros como la pez, cerca de la podredumbre. ¿Podrán
caminar de nuevo algún día? A pesar
de su actitud de callado sufrimiento, el emperador
parece muy capaz de haber resistido hasta el final,
con su rostro pétreo y estoico, de resignación
y paciencia infinitas. En ese momento uno de los
nobles levanta la vista, descubriéndome,
y llama en su lengua la atención de Guatemuz,
quien me mira a su vez. El odio expresado por sus
acompañantes no me da ni frío ni calor;
¿cuántas veces no me han dirigido
miradas peores en el campo de batalla o durante
una reyerta de taberna? Pero aquella del rey azteca
me da escalofríos. Percibo, en el fondo de
sus ojos duros como esa piedra cristalina que utilizan
para fabricar sus flechas y hachas, un rencor helado,
de esos que nunca estallan de repente, sino que
son tan planeados y meditados que se vuelven muchísimo
más crueles y refinados cuando se ponen en
práctica. Hombres como Guatemuz nunca brincarían
a la garganta de un hombre ciegos de furia, sino
que se tomarían su tiempo, lo desollarían
vivo, tranquilos y pausados, con todo el odio acumulado
desfogándose lentamente. La mirada del destronado
emperador es un juramento de que, si nos tuviera
en sus manos, haría que sus papas y sacerdotes
nos descuartizaran uno por uno y devoraran nuestros
miembros frente a nuestros propios ojos. Tales miradas
son insostenibles por más de dos segundos;
nadie podría, ni siquiera el jayán
más crudo de la banda de desalmados que somos.
Y como yo no soy ése, me alejo, descompuesto,
de la puerta de la celda, y aún salgo del
palacio bajo la mirada de extrañeza de mi
compadre Franco, intentando sacudirme el miedo helado
que los ojos de Guatemuz dejaron en mi alma. ¿Qué
diablos me sucede, voto al Chápiro Verde?
Yo que he matado, violado, saqueado y cometido tropelías
sin cuento, ¿ahora dejo que la mirada de
un cautivo como cualquier otro me afecte de tal
manera? Camino, alejándome de la plaza, entre
los montones de escombros que hasta hace unos meses
eran la gran capital de los aztecas. Maldito sea
ese indio matarife. Voy a regresar y le voy a cruzar
la cara de un tajo de vizcaína, a ver si
continúa tan jarifo, sí, eso voy a
hacer. Pero no, no puedo: el Capitán General
dio órdenes estrictas de no maltratarlo después
del tormento, y me pondrían música
de grillos también, quizá junto al
mismo Guatemuz, si llegara a atreverme. ¡La
madre que lo parió!, tan tranquilo que estaba
hasta hace un rato, cagüenmismuelas. Quizá
un poco de galima me tranquilice, por lo que empiezo
a rebuscar entre las ruinas, esperando encontrar
algo que a todos los demás se les haya pasado
por alto. Estoy a punto de renunciar al no haber
encontrado nada al cabo de media hora, cuando al
apartar una piedra con el pie descubro un pequeño
destello. ¡Oro! Una pulsera, sucia y mellada,
pero oro al fin y al cabo, que siempre puede fundirse
y convertirse en monedas. Intento sacarla de debajo
de las piedras, y con ella extraigo el bracito que
la porta, delgado y exangüe, y luego un hombro
y la cabeza y el cuerpo de una niña india,
al parecer muerta. La tiendo en el suelo e intento
quitarle el brazalete de la muñeca, pero
no sale; le queda muy ajustado. Al diablo: desenvaino
la toledana y cerceno la mano de un golpe, liberando
mi botín. Pero la niña no estaba muerta,
sólo desvanecida; el dolor la despierta y
lanza un solo alarido, breve y seco, agarrándose
el muñón con la mano sana antes de
que yo pueda siquiera sacar la pulsera. Retrocede
arrastrándose contra las piedras, mirándome
con unos ojos clavados a los de Guatemuz. Por el
siglo de mi abuelo, ¿qué todos los
habitantes de esta tierra maldita pueden mirarte
igual? Trastabillo, presa de nuevo del terror. Son
todos unos diablos y este país es un infierno.
¿Qué hacemos aquí?, Dios mío,
¿para qué venimos, por qué
nos dejamos engatusar, embarcar cual borregos al
matadero, por qué, por qué? Ave Maria,
gratia plena, Dominus tecum, no, esto no es nada,
maldición, son sólo hombres y mujeres
normales, sí, benedicta tu in mulieribus,
tan mortales como nosotros, ahora mismo lo compruebo,
et benedictus fructus ventris tui Iesus,
toma estocada, engendro del mal, ¡muere!,
Sancta Maria mater Dei, ora pro nobis,
el oro es nuestro, es mío, que fluya tu sangre,
putita, y también la tuya, Guatemuz, peccatoribus
nunc et in hora mortis nostra, ¡nosotros
los vencimos, juro a Satán!, amen. |