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El
guía termina la explicación y entonces
nos sentamos en las gradas del patio del Palacio
de las Mariposas. Yo había visitado algunas
veces Teotihuacan pero no había pasado por
este lugar y ahora que lo veo con detenimiento me
sorprende el color de los dinteles, que algún
día fueron rojos y que ahora lucen rosados.
En la azotea observo unas figuras que no distingo
bien, parecen cruces y no entiendo su significado.
El guía nos explica: se trata de emblemas
que representan las cuatro regiones del universo.
Busco un ángulo que permita apreciar la simetría
del diseño cuadrado del patio y de las columnas
rectangulares cubiertas con relieves de quetzales
emplumados. Tomo una foto. La veo en la pantalla
de la cámara y observo el bello contraste
impreso entre el color grisáceo de las rocas,
el rojo de los techos y el azul del cielo. Las sombras
proyectadas en los filos de las columnas acentúan
el contraste de tonos. Me digo que es una buena
foto, la mejor que he tomado en este largo paseo.
Recién veo una mariposa que vuela por el
patio del palacio, detiene su vuelo y reposa un
segundo en mi cabello; hago un movimiento brusco
y entonces revolotea. Trato de fotografiarla, pero
escapa. El guía nos pide que salgamos del
lugar para continuar el recorrido. Mientras camino
hacia la salida pienso en la extraña casualidad
de que en el palacio de Quetzalpapálotl,
la mariposa divina, haya encontrado una, y que precisamente
se haya parado en mi cabeza.
Debemos volver a los autobuses. En el camino de
salida pasamos nuevamente por lo que alguna vez
fue un río y que vimos al llegar. Tomo otra
foto, aunque esta vez no me gusta lo que veo: la
basura en medio de los tímidos hilitos de
agua que todavía corren por el río
agonizante.
Regreso a casa exhausto y me tiendo inmediatamente
en la cama. Entonces algo sucede: me siento extraño,
mareado. Abro los ojos e intento incorporarme para
despejarme y olvidar la impresión de vértigo
pero éste más bien se intensifica.
Súbitamente los colores de los objetos se
tornan en uno solo, rojo, intensamente rojo. Las
cosas pierden su forma y se desvanecen en una marea
púrpura. El rojo adquiere una consistencia
acuosa: algo que parece sangre ha invadido todo
mi cuarto y comienza a ahogarme. Me inunda la angustia
y trato de gritar para que alguien me ayude pero
es imposible abrir la boca y mover los labios. ¡Qué
desesperación! Me pierdo, me ahogo. ¿Es
un desmayo? Siento una fuerza que me arranca de
la vida o de esta vida. Caigo en la oscuridad. Después…
¡Floto! Ya no me duele el cuerpo. ¿Estoy
muerto?
La sangre que me rodea se modifica y pierde densidad,
se aclara, fluye: ahora es agua. Siento su liquidez
alrededor de mi cuerpo mientras me invaden los rayos
del sol que se proyectan con intensidad en el lago.
¡Por Dios! ¡Un lago! Veo los ajolotes
removerse entre las piedras y hasta me parece que
soy uno de ellos. Una corriente me lleva a través
del agua. La certeza llega de pronto a mi mente:
estoy nadando en el antiguo lago de Texcoco. ¿Por
qué estoy aquí? ¿Qué
pasa? ¿Qué soy? ¡Qué
locura! Ya antes había visto un mapa de la
cuenca de México y había notado que
mi casa estaba precisamente en el centro de ese
extinto lago, pero eso fue hace mucho. ¿Por
qué estoy ahora en medio de un lago muerto?
Yo mismo me respondo que anteriormente había
pensado en eso y me había dicho que siempre
hemos estado flotando en ese lago, que la ciudad
entera flota en el lago muerto de Texcoco.
Sigo navegando a través de la corriente y
paso por el centro del lago; después, más
al norte, mis compañeros y yo nos adentramos
por la corriente de un río. ¿Adónde
vamos? No sé. Nos atrae la abundancia de
comida. Afuera vislumbro un intenso verdor. No sé
por qué pienso en el verde de la bandera.
¡Qué absurdo! Y sin embargo es tan
parecido. Ahora me doy cuenta de que nuestro verde
es siempre el mismo y que es el de la bandera: el
de los cactus, de los nopales, de los bosques, de
las selvas, de todo. ¿De dónde me
sale ahora este nacionalismo cromático absurdo?
¡Dios mío, todo esto es un delirio!
Esa mariposa me impregnó algo, estoy seguro.
Al final de la travesía me encuentro fuera
del agua. Estoy en Teotihuacan otra vez, pero se
ve distinto, vivo. En la mañana (¿cuándo?)
me pareció tan desértico. ¿A
quién se le podría ocurrir fundar
una ciudad en este lugar? Pero no, no es así.
Ahora (¿ayer?) es diferente. El verde no
se ve desconsolado como en la mañana y es
más abundante. Las construcciones ocultan
las piedras que las forman bajo pieles de estuco
iluminadas con tonalidades rojas y blancas. Veo
mucha gente. ¡La ciudad! ¡Esto es como
un D.F. prehispánico! Mareas de gente caminan
por las calzadas. Aquí viven más de
cien mil. ¿Adónde van? Veo mujeres
y hombres con mercaderías cargadas a la espalda:
algunos traen maíz, otros frijol o calabaza.
Allá veo algunos atados de chile o de amaranto.
Una de las mujeres se ha caído y los jitomates
que cargaba se han desparramado entre el empedrado
de la calzada. Más adelante, percibo un olor
a muerte y observo a varios cazadores arrastrando
los cuerpos de dos venados blancos; detrás
de ellos, un jovenzuelo trae en cada mano un par
de conejos muertos, mientras un pequeño que
le sigue juguetea con una cría viva.
Me desplazo por el aire, no muy alto, y puedo apreciar
este río multicolor de gente y mercancías
que compite en vitalidad con los murales policromos
de sofisticados diseños que cubren los muros
a su paso. Creo que prefiero los vuelos bajos, aunque
no demasiado. Unos chiquillos me ven y me persiguen,
pero son lentos y no me alcanzan. Alguien los regaña
y les da un puntapié. Chillan. Sigo volando.
Nadie más me molesta. Los chiquillos son
ignorantes: aún no saben que nosotras somos
sagradas, que embelesamos por nuestra naturaleza
mutante, como la de los seres fantásticos
que están representados en los murales. Somos
la metamorfosis y el fuego y por eso los habitantes
de esta ciudad nos veneran. ¡Vaya! ¿Cómo
sé tanto? ¡Ah! El museo… el guía…
No sé, todo está revuelto en mi minúscula
cabecita.
Mis pensamientos se interrumpen por un clamor proveniente
de las miles de personas que habitan este lugar.
No, no sólo es el comercio lo que los congrega.
La gente se acerca a la Montaña Sagrada,
construida en el centro del mundo para honrar a
los dioses. Arriba están los sacerdotes que
han terminado su procesión por la calzada
principal. Vuelo más arriba y toco delicadamente
con mis alas azules la cabeza de uno de ellos. ¡Vaya!
¡Qué distinto espectáculo al
que se verá (¿qué vi?) en otros
tiempos! Hay algo mágico que antes (¿mucho
después?) sólo percibí como
si se tratara de un recuerdo melancólico.
¿Cómo describir esto que siento ahora?
Es la mezcla de la naturaleza con los hombres. Ese
verde intenso que rodea las construcciones perfectamente
simétricas. Sé que es belleza, pero
¿dónde está exactamente? ¿En
la naturaleza o en el refinamiento geométrico
de la ciudad? ¿En la armonía con la
que se conjugan ambos elementos? ¿En la discreta
religiosidad que se respira? ¿En nuestro
exquisito gusto por el color? Desde aquí
compruebo que la ciudad fue hecha para ser mirada
desde el cielo.
Y también el silencio. La multitud ha callado.
Se escucha el aire. Esto es la belleza y la magia.
Es impresionante. No sé exactamente qué
pasa pero indudablemente comienza un ritual. Poco
a poco reconozco las palabras que yo mismo pronuncio
casi mecánicamente desde este lugar sagrado.
La multitud responde a una voz la plegaria. ¡Pobres!
Los miro con ternura, con desprecio, con angustia.
Creen que sé más que ellos y confían
en mí porque así se los hemos hecho
creer los miembros de nuestro linaje. Así
conviene. Es el orden. Pero a veces mis angustias
son terribles porque para mí nada es completamente
cierto. Dudo. A veces veo los gestos de los hombres
sacrificados y me pregunto si de verdad nuestros
dioses quieren eso. Yo hablo con el pueblo y los
convenzo. ¿Pero quién me convence
a mí? ¡Ay! Otros, los que no han nacido
con nosotros pero que están bajo nuestro
dominio, también dudan y cada vez es más
difícil mantener el control. Es necesario
decapitar más cabezas y ofrendarlas a nuestros
dioses. Por eso estamos hoy aquí, clamando
contra la amenaza de la destrucción.
A lo lejos, se escucha un rumor que, a cada latido
de mi corazón sobresaltado, crece más.
Se acercan. El pánico nos invade. ¿Hicimos
lo necesario? Nuestros guerreros se aprestan a defender
la ciudad pero son insuficientes. Descubro que el
enemigo también está dentro. No todo
eran mercancías: parte de la gente congregada
alrededor de la pirámide ha escondido palos
y puntas de obsidiana entre sus bultos. Nos atacan.
¿Quiénes son? ¿Coyotlatelcas?
Observo desde aquí todo el sacrificio. ¿Serviría
de algo ofrecer todas estas muertes? Algunos se
atreven a llegar hasta este lugar sagrado. Nadie
puede detenerlos, son ágiles y aparecen por
los cuatro costados. Están aquí. Los
veo acercarse y también vislumbro a lo lejos
el humo que comienza a expandirse entre las casas.
Los pastizales arden y en un rato más el
fuego llegará hasta los bosques de encino.
Los barrios ricos y los barrios pobres, los de extranjeros
y de comerciantes serán arrasados también.
Las mujeres gritan y se lamentan por los hijos que
jamás acabarán de crecer. Los hombres
también gritan: algunos por dolor y otros
por la furia del combate cuerpo a cuerpo con los
que creímos nuestros amigos. Pero ¿quiénes
son unos y quiénes los otros? Nuestra ciudad
siempre fue refugio de extranjeros, les tendimos
nuestros brazos y los hicimos nuestros hermanos.
¿Alguna vez tuvimos certeza de que esta paradoja
se prolongaría indefinidamente? Nuestros
abuelos fueron más poderosos que nosotros
y ahora nuestro mundo decae. Muchos decidieron marcharse
y la ciudad poco a poco ha perdido las fuerzas.
Nuestros ídolos principales se han mostrado
cada vez más indolentes y su ánimo
es tan pétreo como el oro con el que los
esculpimos.
Ellos mismos recibirán su castigo algún
día, cuando otros dioses lejanos los derritan
para hacer con ellos collares y anillos vanos. Entonces
nadie recordará a nuestro pueblo y se creerá
que la ciudad fue construida por dioses.
Se acercan a mí, me dan muerte. No tengo
arma, no tengo nada, estoy inerme. Un golpe seco
interrumpe mi vida. Intento gritar, pedir ayuda,
pero se desvanecen mis fuerzas. Mi boca arroja sangre
y me ahogo en mi propio líquido, me inundo.
Y entonces me transformo y corro hacia abajo, me
filtro entre las piedras y retorno a la cueva que
aguarda nuestro regreso bajo la Montaña Sagrada:
ahí está el origen y el final de todo.
Soy la vida que se escapa y que busca regresar a
las entrañas de la tierra, como todo lo que
se mueve y que termina, la eterna dualidad de la
vida y de la muerte.
Huehuetéotl avanza por la ciudad, la destruye
y purifica con abundantes llamas que distribuye
a su paso. Más tarde lloverá y por
voluntad de Tláloc todo irá a parar
al gran río, el mismo que día a día
recogía nuestras inmundicias. Ahí
esperará Chalchiuhticue, esposa de Tláloc,
y con sus amorosas manos convertirá nuestros
desechos en alimento para los peces y las serpientes
del agua. Nuestras ropas y nuestras vasijas, nuestros
collares de conchas y obsidiana, los bastones que
usábamos para jugar pelota, las semillas
de capulines, tunas y tejocotes que escupimos: todo
será pulido por el viento y más tarde
se levantará con el polvo de las tardes.
Y mientras, yo me pregunto si seguiré viajando
por el tiempo y el espacio como el divino Quetzalcóatl.
Entonces abro los ojos y miro otros que me observan,
curiosos y aliviados. La miro, me ve. ¡Por
fin despiertas! ¿Qué pasó?
Estuviste enfermo. ¿Cuántos días?
Algunos… pero ya estás aquí,
no te preocupes. La abrazo y lloro. Es la fiebre.
Ella intenta tranquilizarme. Pero yo estoy vacío
y extraño. Es el hambre, me dice. No has
comido nada. Yo siento que sí, que es el
hambre pero también algo más. Soy
otro: siento en mí la decadencia y la destrucción,
el terrible paso del tiempo que degrada todo y que
provoca un terrible hueco difícil de soportar.
Me asomo por la ventana abierta. Todo es igual que
siempre: la contaminación, la gente atrapada
en los autos, hacinada, con prisa, con violencia,
indolente. Ahí está mi amado D.F.
Miro el cielo grisáceo con su gran nata de
sustancias suspendidas y me asombro de que aún
haya aves volando por la ciudad. Entonces observo
que a lo lejos algo se aproxima entre los soplos
negros que nuestros vehículos vomitan. La
veo volar hacia mí: es una enorme mariposa,
extraña, oscura, inevitable, atroz. Inútilmente
intento cerrar la ventana: ha entrado. |