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Guanajuato

ÍNDICE 92 El Cóporo, Guanajuato
DOSIER: Gto., historia y arqueología La cerámica de la cultura de Chupícuaro
Guanajuato en la historia Fray Diego de Chávez y el convento de Yuriria
La arqueología de Guanajuato ARQUEOLOGÍA: Más de cien años de exploraciones
Plazuelas, Guanajuato ANTROPOLOGÍA FÍSICA: A través de los huesos
Cañada de la Virgen, Guanajuato PIEZA: Portaincensario del dios GI. Chiapas
El Cerro Barajas, Guanajuato DOCUMENTOS: Códice Tudela
Peralta, Guanajuato CONCURSO: Mariposa sagrada

QUINTO Concurso de cuento histórico

Mariposa sagrada
Carlos Sánchez Moreno
Seudónimo: Zopilote
Categoría: Postuniversitaria
Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa

El guía termina la explicación y entonces nos sentamos en las gradas del patio del Palacio de las Mariposas. Yo había visitado algunas veces Teotihuacan pero no había pasado por este lugar y ahora que lo veo con detenimiento me sorprende el color de los dinteles, que algún día fueron rojos y que ahora lucen rosados. En la azotea observo unas figuras que no distingo bien, parecen cruces y no entiendo su significado. El guía nos explica: se trata de emblemas que representan las cuatro regiones del universo. Busco un ángulo que permita apreciar la simetría del diseño cuadrado del patio y de las columnas rectangulares cubiertas con relieves de quetzales emplumados. Tomo una foto. La veo en la pantalla de la cámara y observo el bello contraste impreso entre el color grisáceo de las rocas, el rojo de los techos y el azul del cielo. Las sombras proyectadas en los filos de las columnas acentúan el contraste de tonos. Me digo que es una buena foto, la mejor que he tomado en este largo paseo.
Recién veo una mariposa que vuela por el patio del palacio, detiene su vuelo y reposa un segundo en mi cabello; hago un movimiento brusco y entonces revolotea. Trato de fotografiarla, pero escapa. El guía nos pide que salgamos del lugar para continuar el recorrido. Mientras camino hacia la salida pienso en la extraña casualidad de que en el palacio de Quetzalpapálotl, la mariposa divina, haya encontrado una, y que precisamente se haya parado en mi cabeza.
Debemos volver a los autobuses. En el camino de salida pasamos nuevamente por lo que alguna vez fue un río y que vimos al llegar. Tomo otra foto, aunque esta vez no me gusta lo que veo: la basura en medio de los tímidos hilitos de agua que todavía corren por el río agonizante.
Regreso a casa exhausto y me tiendo inmediatamente en la cama. Entonces algo sucede: me siento extraño, mareado. Abro los ojos e intento incorporarme para despejarme y olvidar la impresión de vértigo pero éste más bien se intensifica. Súbitamente los colores de los objetos se tornan en uno solo, rojo, intensamente rojo. Las cosas pierden su forma y se desvanecen en una marea púrpura. El rojo adquiere una consistencia acuosa: algo que parece sangre ha invadido todo mi cuarto y comienza a ahogarme. Me inunda la angustia y trato de gritar para que alguien me ayude pero es imposible abrir la boca y mover los labios. ¡Qué desesperación! Me pierdo, me ahogo. ¿Es un desmayo? Siento una fuerza que me arranca de la vida o de esta vida. Caigo en la oscuridad. Después… ¡Floto! Ya no me duele el cuerpo. ¿Estoy muerto?
La sangre que me rodea se modifica y pierde densidad, se aclara, fluye: ahora es agua. Siento su liquidez alrededor de mi cuerpo mientras me invaden los rayos del sol que se proyectan con intensidad en el lago. ¡Por Dios! ¡Un lago! Veo los ajolotes removerse entre las piedras y hasta me parece que soy uno de ellos. Una corriente me lleva a través del agua. La certeza llega de pronto a mi mente: estoy nadando en el antiguo lago de Texcoco. ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué pasa? ¿Qué soy? ¡Qué locura! Ya antes había visto un mapa de la cuenca de México y había notado que mi casa estaba precisamente en el centro de ese extinto lago, pero eso fue hace mucho. ¿Por qué estoy ahora en medio de un lago muerto? Yo mismo me respondo que anteriormente había pensado en eso y me había dicho que siempre hemos estado flotando en ese lago, que la ciudad entera flota en el lago muerto de Texcoco.
Sigo navegando a través de la corriente y paso por el centro del lago; después, más al norte, mis compañeros y yo nos adentramos por la corriente de un río. ¿Adónde vamos? No sé. Nos atrae la abundancia de comida. Afuera vislumbro un intenso verdor. No sé por qué pienso en el verde de la bandera. ¡Qué absurdo! Y sin embargo es tan parecido. Ahora me doy cuenta de que nuestro verde es siempre el mismo y que es el de la bandera: el de los cactus, de los nopales, de los bosques, de las selvas, de todo. ¿De dónde me sale ahora este nacionalismo cromático absurdo? ¡Dios mío, todo esto es un delirio! Esa mariposa me impregnó algo, estoy seguro.
Al final de la travesía me encuentro fuera del agua. Estoy en Teotihuacan otra vez, pero se ve distinto, vivo. En la mañana (¿cuándo?) me pareció tan desértico. ¿A quién se le podría ocurrir fundar una ciudad en este lugar? Pero no, no es así. Ahora (¿ayer?) es diferente. El verde no se ve desconsolado como en la mañana y es más abundante. Las construcciones ocultan las piedras que las forman bajo pieles de estuco iluminadas con tonalidades rojas y blancas. Veo mucha gente. ¡La ciudad! ¡Esto es como un D.F. prehispánico! Mareas de gente caminan por las calzadas. Aquí viven más de cien mil. ¿Adónde van? Veo mujeres y hombres con mercaderías cargadas a la espalda: algunos traen maíz, otros frijol o calabaza. Allá veo algunos atados de chile o de amaranto. Una de las mujeres se ha caído y los jitomates que cargaba se han desparramado entre el empedrado de la calzada. Más adelante, percibo un olor a muerte y observo a varios cazadores arrastrando los cuerpos de dos venados blancos; detrás de ellos, un jovenzuelo trae en cada mano un par de conejos muertos, mientras un pequeño que le sigue juguetea con una cría viva.
Me desplazo por el aire, no muy alto, y puedo apreciar este río multicolor de gente y mercancías que compite en vitalidad con los murales policromos de sofisticados diseños que cubren los muros a su paso. Creo que prefiero los vuelos bajos, aunque no demasiado. Unos chiquillos me ven y me persiguen, pero son lentos y no me alcanzan. Alguien los regaña y les da un puntapié. Chillan. Sigo volando. Nadie más me molesta. Los chiquillos son ignorantes: aún no saben que nosotras somos sagradas, que embelesamos por nuestra naturaleza mutante, como la de los seres fantásticos que están representados en los murales. Somos la metamorfosis y el fuego y por eso los habitantes de esta ciudad nos veneran. ¡Vaya! ¿Cómo sé tanto? ¡Ah! El museo… el guía… No sé, todo está revuelto en mi minúscula cabecita.
Mis pensamientos se interrumpen por un clamor proveniente de las miles de personas que habitan este lugar. No, no sólo es el comercio lo que los congrega. La gente se acerca a la Montaña Sagrada, construida en el centro del mundo para honrar a los dioses. Arriba están los sacerdotes que han terminado su procesión por la calzada principal. Vuelo más arriba y toco delicadamente con mis alas azules la cabeza de uno de ellos. ¡Vaya! ¡Qué distinto espectáculo al que se verá (¿qué vi?) en otros tiempos! Hay algo mágico que antes (¿mucho después?) sólo percibí como si se tratara de un recuerdo melancólico. ¿Cómo describir esto que siento ahora? Es la mezcla de la naturaleza con los hombres. Ese verde intenso que rodea las construcciones perfectamente simétricas. Sé que es belleza, pero ¿dónde está exactamente? ¿En la naturaleza o en el refinamiento geométrico de la ciudad? ¿En la armonía con la que se conjugan ambos elementos? ¿En la discreta religiosidad que se respira? ¿En nuestro exquisito gusto por el color? Desde aquí compruebo que la ciudad fue hecha para ser mirada desde el cielo.
Y también el silencio. La multitud ha callado. Se escucha el aire. Esto es la belleza y la magia. Es impresionante. No sé exactamente qué pasa pero indudablemente comienza un ritual. Poco a poco reconozco las palabras que yo mismo pronuncio casi mecánicamente desde este lugar sagrado. La multitud responde a una voz la plegaria. ¡Pobres! Los miro con ternura, con desprecio, con angustia. Creen que sé más que ellos y confían en mí porque así se los hemos hecho creer los miembros de nuestro linaje. Así conviene. Es el orden. Pero a veces mis angustias son terribles porque para mí nada es completamente cierto. Dudo. A veces veo los gestos de los hombres sacrificados y me pregunto si de verdad nuestros dioses quieren eso. Yo hablo con el pueblo y los convenzo. ¿Pero quién me convence a mí? ¡Ay! Otros, los que no han nacido con nosotros pero que están bajo nuestro dominio, también dudan y cada vez es más difícil mantener el control. Es necesario decapitar más cabezas y ofrendarlas a nuestros dioses. Por eso estamos hoy aquí, clamando contra la amenaza de la destrucción.
A lo lejos, se escucha un rumor que, a cada latido de mi corazón sobresaltado, crece más. Se acercan. El pánico nos invade. ¿Hicimos lo necesario? Nuestros guerreros se aprestan a defender la ciudad pero son insuficientes. Descubro que el enemigo también está dentro. No todo eran mercancías: parte de la gente congregada alrededor de la pirámide ha escondido palos y puntas de obsidiana entre sus bultos. Nos atacan. ¿Quiénes son? ¿Coyotlatelcas? Observo desde aquí todo el sacrificio. ¿Serviría de algo ofrecer todas estas muertes? Algunos se atreven a llegar hasta este lugar sagrado. Nadie puede detenerlos, son ágiles y aparecen por los cuatro costados. Están aquí. Los veo acercarse y también vislumbro a lo lejos el humo que comienza a expandirse entre las casas. Los pastizales arden y en un rato más el fuego llegará hasta los bosques de encino. Los barrios ricos y los barrios pobres, los de extranjeros y de comerciantes serán arrasados también. Las mujeres gritan y se lamentan por los hijos que jamás acabarán de crecer. Los hombres también gritan: algunos por dolor y otros por la furia del combate cuerpo a cuerpo con los que creímos nuestros amigos. Pero ¿quiénes son unos y quiénes los otros? Nuestra ciudad siempre fue refugio de extranjeros, les tendimos nuestros brazos y los hicimos nuestros hermanos.
¿Alguna vez tuvimos certeza de que esta paradoja se prolongaría indefinidamente? Nuestros abuelos fueron más poderosos que nosotros y ahora nuestro mundo decae. Muchos decidieron marcharse y la ciudad poco a poco ha perdido las fuerzas. Nuestros ídolos principales se han mostrado cada vez más indolentes y su ánimo es tan pétreo como el oro con el que los esculpimos.
Ellos mismos recibirán su castigo algún día, cuando otros dioses lejanos los derritan para hacer con ellos collares y anillos vanos. Entonces nadie recordará a nuestro pueblo y se creerá que la ciudad fue construida por dioses.
Se acercan a mí, me dan muerte. No tengo arma, no tengo nada, estoy inerme. Un golpe seco interrumpe mi vida. Intento gritar, pedir ayuda, pero se desvanecen mis fuerzas. Mi boca arroja sangre y me ahogo en mi propio líquido, me inundo. Y entonces me transformo y corro hacia abajo, me filtro entre las piedras y retorno a la cueva que aguarda nuestro regreso bajo la Montaña Sagrada: ahí está el origen y el final de todo. Soy la vida que se escapa y que busca regresar a las entrañas de la tierra, como todo lo que se mueve y que termina, la eterna dualidad de la vida y de la muerte.
Huehuetéotl avanza por la ciudad, la destruye y purifica con abundantes llamas que distribuye a su paso. Más tarde lloverá y por voluntad de Tláloc todo irá a parar al gran río, el mismo que día a día recogía nuestras inmundicias. Ahí esperará Chalchiuhticue, esposa de Tláloc, y con sus amorosas manos convertirá nuestros desechos en alimento para los peces y las serpientes del agua. Nuestras ropas y nuestras vasijas, nuestros collares de conchas y obsidiana, los bastones que usábamos para jugar pelota, las semillas de capulines, tunas y tejocotes que escupimos: todo será pulido por el viento y más tarde se levantará con el polvo de las tardes. Y mientras, yo me pregunto si seguiré viajando por el tiempo y el espacio como el divino Quetzalcóatl.
Entonces abro los ojos y miro otros que me observan, curiosos y aliviados. La miro, me ve. ¡Por fin despiertas! ¿Qué pasó? Estuviste enfermo. ¿Cuántos días? Algunos… pero ya estás aquí, no te preocupes. La abrazo y lloro. Es la fiebre. Ella intenta tranquilizarme. Pero yo estoy vacío y extraño. Es el hambre, me dice. No has comido nada. Yo siento que sí, que es el hambre pero también algo más. Soy otro: siento en mí la decadencia y la destrucción, el terrible paso del tiempo que degrada todo y que provoca un terrible hueco difícil de soportar.
Me asomo por la ventana abierta. Todo es igual que siempre: la contaminación, la gente atrapada en los autos, hacinada, con prisa, con violencia, indolente. Ahí está mi amado D.F. Miro el cielo grisáceo con su gran nata de sustancias suspendidas y me asombro de que aún haya aves volando por la ciudad. Entonces observo que a lo lejos algo se aproxima entre los soplos negros que nuestros vehículos vomitan. La veo volar hacia mí: es una enorme mariposa, extraña, oscura, inevitable, atroz. Inútilmente intento cerrar la ventana: ha entrado.

ESPECIAL 28
VIGENTE
TEOTIHUACAN

NÚMERO 94
VIGENTE
LA MÜSICA PREHISPÁNICA

ARTÍCULOS EN LÍNEA

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largo de la historia

Arnd Adje Both

Si bien la historia del mundo sonoro prehispánico aún no está escrita, sabemos que ese mundo estaba muy desarrollado y que en él subyacían conceptos mágico-religiosos.


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El simbolismo de la tarima-mariache aborigen estuvo destinado para acompañar a los mexicanos desde el bautismo hasta la tumba.

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