arqueología mexicana
LOS DIOSES DE LA LLUVIA

ÍNDICE 96  
Los dioses de la lluvia en Mesoamérica El culto a la lluvia en la Colonia
El dios de la lluvia olmeca El culto a las deidades de la lluvia, Guerrero
Personajes enmascarados, Oaxaca Ch’a Cháak. Plegaria por la lluvia
Chaac, la sacralidad del agua Imágenes de Tláloc en el muralismo
Tláloc, dios de la lluvia y de la Tierra ARQUEOLOGÍA: Ocotelulco a 19 años
Tláloc en El Tajín, Veracruz ARQUEOLOGÍA HISTÓRICA: Las páteras virreinales
Tláloc y las metáforas para hacer llover DOCUMENTOS: Primeros Memoriales
Aguas petrificadas, Tenochtitlán HISTORIAS DE LOS CÓDICES: El Códice Muro
Las fiestas del Posclásico a los dioses CUENTO HISTÓRICO : Águila perseguida

SEXTO Concurso de cuento histórico

Águila perseguida
Emma Briones Peñaloza
Seudónimo: Emma Vieyra
Categoría: Preuniversitaria
Universidad Autónoma de Querétaro (Escuela de Bachilleres)

I

Cuando apenas se escuchaba hablar de Madero y se acrecentaban los rumores de una posible revuelta, en la hacienda de los Garza ella estaba acostada en la mesa de la cocina, porque si su madre no se atrevía a visitar aquel lugar que consideraba “de criadas”, mucho menos lo haría cualquier otro de la familia. Estaba bañada en sudor y sangre; no aguantaba el dolor, pero se tapaba la boca con las dos manos entre gemido y gemido para que no la descubrieran. Era Virginia Garza, una joven que estuvo a mi cuidado desde que nació y que era hija de un rico hacendado de Chihuahua, más desgraciado que adinerado; aunque he de aceptar que los humos se le bajaron desde que Pancho Villa saqueó su hacienda. La mamá era de esas que podría matar a sus propios hijos con tal de que no la dejaran en ridículo, así que ya se imaginarán el perjuicio que resultaría para la familia entera el que la hija menor, todavía no desposada, pariera una deshonra para quien sería su abuela.
Vino el primer pujido. Nada. Vino el segundo; se alcanzaba a ver ya una mano. En lo que daba el tercero, yo trataba de darle vueltas antes de sacarlo porque se me hacía que venía chueco, y así era; el bebé venía casi sentado.
Sentía que los dos se me morían. Después de hora y media ya sólo trataba de salvar a la muchacha porque para ese rato, lo más seguro era que el chamaco ya estuviera muerto. Logré sacarlo, lo limpié, lo puse sobre mi petate, envuelto en la mantita que le tejí a su madre cuando recién nació, y en todo ese tiempo nunca lloró. Me volteé para irme deshaciendo de las evidencias, cuando un estallido nos espantó a Virginia y a mí. De repente, así de la nada, aquel que creíamos muerto estaba más vivo que el fuego del horno y como si tuviera pecho de hombre, lloraba a más no poder.
Cuando la criatura se calmó en mi regazo, la yacente madre apenas levantó la cabeza y me dijo:
–¿Está bonito, verdad?
–¡Precioso! –le contesté.
Se levantó como pudo, tiró la ropa sucia a las brasas y antes de salir, mientras se encontraba desnuda y recargada en la puerta, se encargó de darme lo más maravilloso que cualquiera me pudo haber ofrecido:
–Te lo regalo –susurró.

II

Pasaba el tiempo y mi niño crecía y crecía. Hasta que cumplió tres años, época en que Madero ya era presidente, se me ocurrió ponerle Gerardo, y eso porque me convencí de que era verdad lo que decía el general Vázquez, un ex militar que combatió con Díaz y Zaragoza y que después de mutilado en su última batalla decidió retirarse, quien además era mi vecino y un muy buen amigo:
–Si no le das un nombre ahora, a la gente le encantará ponerle apodos.
Y en realidad fue así, porque fácil podía yo contar como cincuenta sobrenombres con los que lo saludaban las personas de los puestos de la calle en que vivíamos. Sólo uno de esa infinidad de apelativos se me quedó grabado porque me gustó bastante, y digo “bastante” porque creo que describía tal cual, por alguna razón, a Gerardo. Un apodo que se le quedó por lo menos hasta la última vez que lo vi.

III

En el pueblo se vivía una calma aparente y aquel día se oyó el rumor de que De la Huerta iniciaba una rebelión armada en contra del entonces presidente Álvaro Obregón. Ese día Gerardo regresaba de vender la leche que desde temprano ordeñaba a cuatro vacas que teníamos (de las que sólo me resta una, a la que le puse Gertrudis, como mi madre, y que hasta ahora sigue siendo una excelente compañía). Todo pintaba para ser un día de mercado como cualquier otro: la de las frutas se puso donde siempre, la vendedora de flores también, el carnicero cortaba tasajos con la misma agilidad e incluso el pordiosero seguía maltocando su guitarra toda destartalada sentado en la misma esquina donde aún se leía un rayón que decía “¡Viva Villa!”, y yo, yo, observaba todo desde mi portón sobre la misma mecedora en la que estoy sentada ahora.
De repente, sin que ninguno de los que estábamos ahí esa tarde lo presintiera, unos seis hombres a caballo (cada uno con escopeta) abrieron fuego contra todo lo que se moviera. Fue horrible. La gente corría despavorida en todas direcciones gritando “¡Son revolucionarios!”, y sin encontrar dónde esconderse, más que cubriéndose entre los puestos o usando como trinchera los cuerpos de los que ya habían caído. Gerardo vino corriendo inmediatamente a revisar que yo estuviera bien, aunque a ninguno de los dos nos dio tiempo siquiera de cerrar el portón. Mientras la balacera seguía, yo me deshacía en agradecerle al cielo porque estuviéramos sanos y salvos, hasta entonces.
Después del caos, pareció por un momento que todo volvería a la calma, cuando a Francisco (uno de los mejores amigos de Gerardo) le entró el pánico, y llegamos a ver desde mi casa, todavía pecho tierra, cómo se levantó de donde estaba guarecido y sólo corrió, corrió y corrió. Gerardo fue detrás de él, y yo detrás de Gerardo, hasta que vi el suelo y lo último que recuerdo fue a los matones cabalgando tras un chamaco desbocado por el terror y otro que en un principio lo intentó alcanzar para calmarlo, pero para cuando se dio cuenta ya también era presa de los otros.

IV

Me ardía muchísimo la pierna y cuando abrí los ojos estaba en mi recámara y puestas sobre mí las miradas del general Vázquez y de un muchachillo que en la vida había visto. Intenté incorporarme, pero el general me lo impidió para que no me volviera a brotar sangre de la pierna. Me habían dado un balazo y, cuando caí, golpeé mi cabeza contra el suelo; fue por eso que me desmayé.
Busqué con la vista a Gerardo, y desesperada pregunté por él. El general sólo me contestó que el muchacho que estaba ahí era pastor de un pueblo vecino que alcanzó a oír reportes de la persecución y que precisamente lo llevaron para contarme lo que sabía. Me contuve lo más que pude para no abalanzarme sobre el joven y sacarle las palabras a cachetadas, pero sí lo apresuré para que hablara de una vez. Todo nervioso y entorpecido (no sé si por la presión) me dijo que escuchó a dos campesinos conversando y que uno le comentó al otro sobre la muerte de uno de los ya famosos “prófugos” de los revolucionarios; según la misma fuente, el otro se salvó de puro milagro, gracias a que lo atendieron rápido.
–¡Pero bueno, chamaco! ¡Te exijo que me digas inmediatamente quién de los dos está muerto!
–¡Ah! Pues yo sólo escuché que al que habían plomeado era a un tal “Águila” y eso es todo.
Ése era el apodo de Gerardo.
Sentí que el mundo se me venía encima y apreté los ojos con fuerza. El general Vázquez agradeció al mensajero y lo despidió. Desde ese día jamás volví a salir de la casa.

V

Nunca le lloré. Ni siquiera ahora, cuando se supone que la vejez la vuelve a una más sensible.
Yo juré que aquel niño, nacido en la cocina donde trabajaba su única y verdadera madre, iba a ser alguien grande, que habría gente que viviera agradecida con él por toda su vida, que me llenaría el pecho de orgullo al decir que era mi hijo; y en todo momento fue así, pero pude seguir diciéndolo por mucho tiempo más…

VI

Hace días que en la casa de Alfonsina Vázquez guardan luto. No me imagino en honor a quién sea, porque ni cuerpo presente hay y nunca antes había visto a mi comadre llorar tanto desde que nuestros hijos jamás volvieron; uno por difunto y el otro tal vez por encontrar nuevos rumbos, si no es que buscando huir, pues me enteré de que Francisco era sobrino de Emilio Vázquez Gómez, espía y traidor de Madero. La verdad, no tengo ánimos siquiera para darle mis condolencias, así que mucho menos para preguntar por quién se desgarra de esa manera la garganta. Creo que esta desidia hasta nacional es porque incluso a Ortiz Rubio (el presidente actual) le dio por renunciar al poder. Yo sólo sigo observando y esperando que la Señora Muerte venga, me tome de la mano y pida que la acompañe. De paso también a mi vaca, para no dejarla sola… Estoy tan acabada que ni yo misma me reconozco.
¡Miren! ¡Pero qué casualidad! Creo que ahí viene. ¿Quién se imaginaría que tiene forma de hombre y además guapo? ¡No! ¿A poco cumple tus últimos deseos y me veo yo tan urgida? Ja, ja, ja. Bueno… Pues ya es hora…
–Sí, dígame… ¿Qué se le ofrece?
–¿Se encontrará doña Elena, la dueña de esta casa?
–¿Quién la busca?
–Pues “el Águila”, bien que lo debe saber… ¿O ya no me recuerda?


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