arqueología mexicana
Las culturas de sonora

ÍNDICE 97 Las misiones, Sonora. Arquitectura e historia
Las culturas de Sonora Transformación y permanencia entre los seris
La historia prehispánica de Sonora ANTROPOLOGÍA FÍSICA : La momificación
La cultura hohokam del sur de Arizona EPIGRAFÍA : Nuevos hallazgos en la región Puuc
El Fin del Mundo, Sonora MITOS Y CUENTOS:Nacimiento del Sol y la Luna 2
La Playa, Sonora HISTORIA DE LOS CÓDICES:Códice Mendoza
Cerro de Trincheras, Sonora PIEZA: El chamán de Tlatilco
Manifestaciones gráfico rupestres, Sonora DOCUMENTO: Códice de Cholula
La Pintada, Sonora CUENTO HISTÓRICO :En capilla

SEXTO Concurso de cuento histórico

EN CAPILLa
Ricardo Augusto Iriarte Valdés
Seudónimo: Rupercio Berriozábal
Categoría: Universitaria
Instituto Superior de Intérpretes y Traductores

–No somos nada, Pedro. Bien lo sabes; ¿cómo no saberlo al verte ahora en este estado? No somos sino polvo y ceniza que por algún extraño designio del Señor nos levantamos del barro y henos aquí: matándonos los unos a los otros en nombre de reyes, de banderas, de ideales, de independencia, libertad y demás zarandajas. Sí, mi Pedro, no te engañan tus oídos; aquí en la última espera puedo verlo con toda claridad: una vida como la nuestra se vive en vano. Más me valdría a mí haberme quedado en Otano con mi santo padre y mi venerable madre y sus peones, arrancándole a la tierra el pan a base de sudores; y a ti, tranquilo con tu esposa en La Sauceda, a echar tripa y procrear chilpayates, como dicen en esta tierra, en vez de andarme echando carreras con los gabachos por media península y tú con los realistas aquí por Guanajuato. Fuimos niños, jóvenes idiotas sin idea del pícaro mundo en que vivimos. Dime una cosa, Pedro: así como yo caigo en la cuenta ahora, cerca de la muerte, ¿tú también, alguna vez antes de que te cosieran a tiros, tuviste una epifanía por el estilo, poniéndolo en términos elevados? ¿Cuando Orrantia te llevaba en triunfo en lo alto de la pica, dices? Luego moriste sin renegar de tu existencia. ¿Cobarde yo? Tus muertos, Pedro. No pienses lo que no es: que me fusilen una y mil veces, que no me achanto. Que me echen Callejas, Orrantias y Liñanes: con tropas razonablemente disciplinadas que dirigir y un buen sable en la diestra –pistola en la zurda–, ya veremos quién acaba colocando a quién frente al pelotón. El Venadito fue una encerrona infame, indigna de caballeros. Que se me figuraron bandoleros, cayendo como buitres sobre nosotros de esa manera. Combatir así sólo es honroso si el que emplea el método es inferior en número y fuerzas al adversario. No lo tomes a mal, amigo mío, pero por la virgen que me dolió más que me echaran el guante tan bajunamente que verte inerte en el suelo, pasado a balazos. No finjas ofenderte, Pedro, que no te va. Seguro estoy de que tú habrías sentido lo mismo. Cuando se emprende tan alta y quijotesca empresa como la liberación de un país uno acaba olvidando a sus amigos, a su familia, al terruño, en beneficio de la aventura, que acaba sorbiéndote el poco o mucho seso que tengas. De eso reniego en verdad, de nuestras victorias efímeras, pírricas, que de nada sirvieron sino para llevar a unos cuantos miles de desgraciados que nos siguieron a la muerte. La Dama de Negro nos debe estar muy agradecida, a mí, a ti, a los curas Hidalgo y Morelos, a Bravo, Allende y todos los soñadores en general. Cuando ya estemos criando malvas, como nadie escarmienta en cabeza ajena, otros vendrán tras nuestros pasos para continuar alimentándola con su carne y la de los pobres tontos y oprimidos que se dejen convencer. La madre que nos parió: cuánto daño puede hacer un solo iluminado, surja de los desiertos palestinos o en las selvas tropicales de estas tierras. ¿A ti no te atormentan en sueños, Pedro, los espíritus de todos aquellos que condujimos al matadero cegados por nuestras visiones de libertad e independencia? ¿De qué madera estás hecho, que no te remuerde la conciencia el saberte culpable indirecto de tanto derramamiento de sangre? No me llames cobarde de nuevo, por favor; algunos somos de naturaleza más sensible a los sufrimientos del prójimo y sentimos genuina culpabilidad de nuestras malas acciones, como corresponde a bien nacidos y caballeros cristianos. No te estoy insultando, Pedro, qué va; únicamente expreso en voz alta mis reflexiones morales, lo que heredé de las noches en que mi señora madre me leía el Libro junto a la cama y que los padres sabadicos luego me reafirmaban a palmetazos por las mañanas, nada por lo que deberías sentirte aludido. Pero mira, Pedrito, llega el cancerbero del estaribel con la magra pitanza de los condenados a la pena máxima. Muchísimas gracias, amigo, Dios te lo pague. ¿Tú gustas, Pedro? ¿Seguro? Mira que es mi última cena, y es descortesía no acompañar a quienes se ven en tan difícil trance si se es invitado. Está bien; más para mí, entonces. A lo gladiador: atraquémonos cual gorrinos sin pensar en el mañana. Ayunen los gusanos, y yo que lo coma y beba, amén. Sabes, Pedro, que leí por ahí, en una relación que apareció en un periódico –hace ya dos años, si no me falla la memoria– que la última comida del cura Morelos fue un buen plato de caldo de garbanzos, con cilantro, pimienta y su rica tortilla con sal para remojar.

 

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