“En el año de 1836, ¿o fue en el 37?, / Mambrú se fue a la guerra/ y no sé cuándo vendrá…”. Mejor que ni vuelva, que de todos modos nadie lo extraña. Además, así no tiene que aguantar este sol que le quema a uno el lomo, hasta parece de lumbre. Y luego peor porque traigo una sed de perro. Quién me manda venirme, si andaba yo tan a gusto allá en la Villa. Si le supiera a las rezanderías, me pondría a decir unos padresnuestros como me han contado que hacen los que andan por este camino de los Misterios, a ver si me hace Dios el milagrito de acortarme la lejanía. Pero pos no es el caso porque luego se me confunden las avesmarías con las salves, por eso me han de salir tan torcidas las cosas…
Fue nada más verle la cara a ese hombre para saber que me iba a traer mala fortuna. Éste es un lugar decente, pero la vida está bien difícil y pues vender unos pulquitos no le hace mal a nadie, no es cosa inmoral, ni indecente. Le digo que lo vi entrar y en el acto iba a echarlo, porque le noté una pinta muy extraña, como medio ido. Pero de repente ya estaba muy sentado, vaciando en la mesa una bolsa de pesos, que aunque se me hizo raro, no están los tiempos para ponerse exigente con la clientela. Llevaba echado un rebozo en las espaldas y unos zapatones que parecían haber caminado todo el país.
Le serví uno, dos pulques junto con el taco, como me pidió. Era de lo poco que había alcanzado a esconder cuando llegaron los soldados que venían con Santa Anna, si no, no hubieran dejado ni el aire. Hasta eso se veía muy tranquilo y como que nomás iba de paso, porque me preguntó qué día era y también quién era el presidente. Apenas le estaba yo diciendo que 14 de septiembre, cuando entró el otro. Gris, como todos los que caminan largo rato, con una camisa mugrosa y desgarrada y unos pantalones que alguien le habrá regalado porque le quedaban muy rabones. Cuando se acercó le pude ver el pelo y los ojos y supe que era forastero. De los indeseables. Pidió agua y aunque en otras condiciones no le hubiera negado esa caridad a nadie, lo corrí, en primera porque la que tenía apenas alcanzaba para la familia y en segunda porque los gringos como ese vienen a donde no los llaman nada más para ver qué les aprovecha. En eso el del rebozo me dijo que le sirviera a su amigo, que él se hacía cargo, que además del agua le sirviera un taco y de paso para él, otro jarro de pulque. Yo le iba echando las cuentas y pensé que si quería gastarse todo haciendo dádivas, pues allá él, cuando ya no le alcanzara para pagarme yo los sacaba a la calle a los dos.
Ahí estaban juntos, cada uno con su jarro hasta que el de los pulques dizque empezó a hablar en inglés y pues a lo mejor es cierto o será que el extranjero le daba por su lado porque ya lo veía borracho. Lo que sí oí bien claro fue que le preguntó Yunait Esteis o algo así…
…. Me puso una cara el güero ése cómo si lo hubiera confundido con el diablo —bueno, que viene siendo casi la misma cosa—. Y decía “no, no, Airland, Europa”. O sea que pasando el mar. Pos la verdad a mí ya se me hacía raro que anduviera un gringo extraviado por aquí. Creo que me dijo que se llamaba James o algo así me acuerdo. Le dije que qué andaba haciendo tan lejos, que si venía a rezarle a la Virgen. Me respondió que sí aunque ya no me contestó para pedirle qué o por quién. Pero ni falta me hizo. A un hombre se le ve en los ojos si anda huyendo de alguien, si ha matado a un hombre o si tiene un amor perdido. Y al James se le notaba todo eso en la mirada, si lo sabré yo.
A mí no me gusta andarle contando mis cosas al primero que me encuentro por ahí, verdad, pero no sé por qué al güero ese como que le agarré confianza. De paso ponía en práctica el inglés que ya se me estaba olvidando. Entonces me arranqué. Hace muchos años (ya ni me acuerdo cuántos), pero fue por ahí del 35 o 36, tenía yo mi tierrita, mi mujer, mi mula y mi amigo, que además era mi compadre porque me llevó a presentar un niño Dios. Lo único que me faltaba era tener criaturas, pero ya vendrían luego. Vivía en el Norte allá por San Luis. Un día llegó un señor que decían que era el presidente de la República. Nomás por ver el argüende fui a verlo a la plaza. Empezó a hablar bien bonito: que si la Nación y los sacrificios y el futuro de nuestros hijos y quién sabe qué tanta cosa. N’hombre, a la mitad ya no lo dejaban hablar por los aplausos y para cuando acabó medio mundo llorando y maldiciendo gringos. Si me hubiera dicho “córtate un brazo”, me lo hubiera arrancado. Nos enlistamos todos los que andábamos ahí y los que no, de todos modos los enlistaron. A mi compadre no le tocó por su pata coja. Le encargué que cuidara todo, que no dejara secar mis milpas, que les echara un ojo a mi mujer y a la mula.
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