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Toda montaña, y hasta los cerros pequeños,
tiene cualidades sagradas. Sin embargo, en cualquier paisaje
regional ciertas montañas son consideradas más
importantes por los habitantes, ya sea por sus características
físicas o por su papel en las mitologías
de la comunidad. Hubo peregrinaciones para venerar algunas
montañas en particular, y a veces se les distinguió
con altares o erigiendo monumentos labrados en piedra
o alguna ofrenda especial. La categoría simbólica
no se limita a las montañas reales, visibles en
el paisaje natural, sino que fue práctica común,
en la Mesoamérica prehispánica, integrarlas
a los asentamientos por medio de la construcción
de pirámides o “montañas artificiales”.
En los registros arqueológicos hay ejemplos de
representaciones de montañas a escala; uno de ellos
son las efigies de volcanes en los patios de casas excavadas
en Tetimpa, Puebla, del Preclásico Tardío,
excavados por Gabriela Uruñuela y Patricia Plunket.
En Mesoamérica, las creencias respecto de las montañas
y sus espíritus podrían remontarse, tal
vez, a los periodos Paleoindio y Arcaico. La evidencia
arqueológica irrefutable más temprana de
veneración a las montañas proviene del Preclásico.
En este artículo nos ocuparemos de tres tipos y
escalas de montañas sagradas en el mundo olmeca:
a) montañas naturales con restos arqueológicos
que indican su importancia sagrada para los olmecas, b)
“montañas artificiales” dentro de los
asentamientos olmecas y c) esculturas labradas en piedra
que podrían representar montañas sagradas.
Nuestros ejemplos provienen de San Lorenzo, Veracruz;
La Venta, Tabasco, y Chalcatzingo, Morelos, sitios del
Preclásico, o de sitios cercanos a ellos.
Las
montañas en el paisaje de San Lorenzo
En la región de San Lorenzo, Veracruz, el centro
olmeca más importante entre 1150 y 850 a.C., se
encuentran varios ejemplos del culto a las montañas.
El sitio está situado en la cima de una gran meseta
que se eleva 50 m sobre las riberas de la cuenca del río
Coatzacoalcos. Aunque la mayoría de las montañas
visibles desde la meseta de San Lorenzo son lejanas, existe
evidencia arqueológica de que los olmecas realizaban
peregrinaciones religiosas a dos de ellas.
Los Tuxtlas, 50 km al norte de San Lorenzo, es visible
desde el sitio. En 1897, el topógrafo Ismael Loya
descubrió una gran estatua en el volcán
San Martín Pajapan, una de las cimas más
prominentes de los Tuxtlas. Esa estatua, el Monumento
1 de San Martín Pajapan, es considerada hoy en
día una de las obras maestras del arte olmeca y
su presencia en esa montaña es una evidencia clara
de que el volcán fue muy reverenciado por los olmecas,
quienes se tomaron el trabajo de transportar la escultura
de 1 200 kg hasta la cima.
El arqueólogo veracruzano Alfonso Medellín
Zenil analizó la escultura en 1968 y descubrió
que esta gran figura antropomorfa de piedra estuvo asentada
en una pequeña plataforma rectangular. En las excavaciones
en el interior de la plataforma se descubrieron tepalcates
pertenecientes al Preclásico, el Clásico,
el Posclásico y de la era moderna, así como
cuentas de jadeíta y parafina y cera utilizados
en rituales más recientes. En su artículo
“El dios jaguar de San Martín” (1968),
Medellín Zenil afirma: “Los indígenas
popolucas y nahuas, pobladores del sistema montañoso
de Los Tuxtlas, y sobre todo, los más próximos
al cerro de San Martín [...] siempre supieron de
la existencia de una escultura prehispánica a la
que nombraban Chane, ‘el chaneque’ o nuestro
‘padre San Martín’[...] es algo que
se respeta, se teme, se propicia y se venera”. Los
restos arqueológicos de la plataforma en la cima
de San Martín Pajapan demuestran que tanto la estatua
como la montaña fueron reverenciadas desde hace
miles de años. Medellín Zenil, preocupado
por la conservación de la escultura, la trasladó
hasta el Museo de Xalapa al terminar sus investigaciones.
Los Tuxtlas también fueron importantes para los
olmecas por razones más mundanas: era de ahí
de donde traían el basalto usado por los artesanos
para hacer las numerosas esculturas exhibidas y veneradas
en San Lorenzo, La Venta, Laguna de los Cerros y Tres
Zapotes. Es muy probable que los artesanos supieran que
labraban material sagrado, puesto que lo traían
de esas distantes montañas.
Hacia el sur de la meseta de San Lorenzo el paisaje parece
estar formado, en su mayoría, por un extenso laberinto
de llanuras anegadas. Sin embargo, se distinguen varias
elevaciones en lo que de otra manera sería un terreno
plano, como el Cerro Manatí, cuya importancia sagrada
se demostró tras los descubrimientos hechos por
los arqueólogos María del Carmen Rodríguez
y Ponciano Ortiz Ceballos. Estos investigadores excavaron
varios restos de ofrendas de rituales olmecas en la base
del cerro, donde encontraron hachas de piedra verde, bolas
de hule y sorprendentes bustos antropomorfos labrados
en madera. Las ofrendas se colocaban en un antiguo manantial,
tal vez durante las peregrinaciones de los olmecas de
San Lorenzo Tenochtitlán y otros centros de la
región al Cerro Manatí.
De acuerdo con la arqueóloga Ann Cyphers, la meseta
de San Lorenzo, que es la mayor elevación del área,
tal vez fue también una montaña sagrada;
así pues, los olmecas de San Lorenzo vivían
sobre una montaña sagrada y ésta fue parte
integral de la comunidad. Conforme el asentamiento olmeca
crecía y se desarrollaba, a lo largo de los siglos,
la meseta fue reconstruida y remodelada. San Lorenzo fue
un gran centro ceremonial y se exhibían allí
más de 100 monumentos labrados en piedra. Es muy
probable que la gente de otras comunidades de la región
hiciera peregrinaciones hasta la meseta para participar
en los rituales o para contemplar y honrar las esculturas
de piedra.
La
Venta y la “montaña artificial”
La Venta, en Tabasco, fue un centro olmeca que floreció
entre 900 y 500 a.C., tras la decadencia de San Lorenzo.
Este centro y sus construcciones se irguieron a lo largo
de la ribera de una “isla” baja, que sobresale
apenas 12 m sobre los pantanos que la rodean. Como se
encuentra en una planicie costera no es visible ninguna
montaña natural en el horizonte; sin embargo, en
La Venta se realizó una construcción que
representa una gran pirámide de tierra de 30 m
de altura y 120 m de diámetro aproximadamente (fig.
3). Es una de las pirámides más antiguas
de Mesoamérica y fue parte integral del centro
ceremonial de La Venta.
Muchas pirámides del Clásico y el Posclásico
mesoamericanos se identifican claramente como montañas
por los elementos iconográficos que las adornan.
Ejemplos de lo anterior son las cabezas de serpiente del
Templo Mayor (el coatépetl) y las “caras
de la montaña” (witz) de las pirámides
mayas. Las cuatro grandes estelas de La Venta –monumentos
25/26, 27, 88 y 89–, erigidas en la base sur de
la pirámide, muestran una cara sobrenatural semejante;
a mi parecer, estas “caras de montañas”
son el equivalente olmeca de los símbolos witz
de las pirámides mayas. Estas enormes caras indican
que la pirámide es una montaña, y nos muestran
que la pirámide-montaña tiene los mismos
atributos sobrenaturales, cualidades y espíritus
invisibles que una montaña natural.
Chalcatzingo,
donde el arte nos revela lo invisible
Algunas de las cualidades implícitas e invisibles
de las montañas sagradas son visibles en Chalcatzingo,
Morelos, en el altiplano central de México, 500
km al oeste de La Venta. En el paisaje de la zona arqueológica
de Chalcatzingo sobresalen dos montañas gemelas:
el Cerro Chalcatzingo y el Cerro Delgado. Visualmente,
las dos montañas evocan una imagen sagrada, pues
las separa una hendidura en forma de V. La hendidura es
un icono muy significativo en el arte olmeca, pues representa
un umbral hacia el interior de la tierra y permite la
comunicación con las fuerzas y espíritus
del inframundo. De manera similar, los dos cerros constituyen
una “montaña dividida”, una montaña
sagrada asociada al lugar donde se origina el maíz,
de acuerdo con las posteriores mitologías de mayas
y nahuas. Así pues, la aldea del Preclásico,
al pie de las dos montañas, se localizaba en un
lugar muy sagrado.
Chalcatzingo fue habitado por primera vez en 1400 a.C.,
y al cabo de algunos siglos se convirtió en uno
de los principales centros del Preclásico en el
altiplano. El lugar llegó a su apogeo entre 700
y 500 a.C., cuando también La Venta alcanzaba su
cenit. Los datos arqueológicos muestran que hubo
interacción entre las elites de ambos centros,
y también sabemos que hubo contacto porque en Chalcatzingo
se hicieron monumentos de piedra con el estilo olmeca
de La Venta. Hasta hoy se han documentado en Chalcatzingo
37 piedras labradas y hay, además, evidencias de
que desde el Preclásico, y hasta épocas
posteriores, se hicieron peregrinaciones a Chalcatzingo
para visitar sus monumentos de piedra.
Seis de los monumentos son bajorrelieves labrados en las
paredes rocosas de lo alto del Cerro Chalcatzingo. Están
colocados en grupo, junto a una pequeña barranca
por donde escurre el agua de lluvia; estos seis relieves
tienen iconografía relacionada con la lluvia y
la fertilidad agrícola. Cinco son pequeños
y muestran criaturas semejantes a lagartos, bajo nubes
desde donde gotea lluvia. Debajo de tres de estos pequeños
animales hay plantas de calabaza en flor. El sexto bajorrelieve,
el Monumento 1, es grande (mide casi 3 por 3 m) y es un
ejemplo raro en el arte mesoamericano, pues ciertas cualidades
sagradas invisibles de la montaña son reveladas
en la imagen labrada sobre la montaña misma. El
relieve conocido coloquialmente como “el Rey”
representa a un personaje sentado en un nicho con forma
de C. El nicho está formado por un motivo de montaña
que es también la cara estilizada de una serpiente;
la boca abierta del animal representa una cueva en la
montaña. De la boca de la cueva salen grandes volutas
y arriba de la cueva hay nubes desde las cuales caen gotas
de lluvia. Es importante que el tocado y el vestido de
“el Rey” también estén decorados
con gotas de lluvia. El simbolismo de lluvia emanado de
este magnífico relieve es obvio. Más aún,
el personaje antropomorfo asociado directamente a la lluvia
y la montaña es parecido a deidades del Posclásico
como Tepeyóllotl, “corazón de la montaña”,
y Tláloc.
Algunos rasgos iconográficos del Monumento 1, como
el glifo montaña-cueva, indican que el motivo se
refiere específicamente al Cerro Chalcatzingo,
no a cualquier otra montaña. El gran bajorrelieve
nos indica así algunos de los rasgos invisibles
del Cerro Chalcatzingo: informaba a los peregrinos y otros
observadores que los espíritus antropomorfos, tal
vez ancestros, habitaban dentro del cerro y que los espíritus
de esta montaña en particular proporcionaban la
lluvia, lo que generaba la prosperidad agrícola
de los chalcatzincas del Preclásico y del resto
de la región.
Además, en la aldea del Preclásico Medio
en Chalcatzingo había un elemento arquitectónico
relevante, una plataforma de tierra de 70 m de largo y
7 de altura. Aunque el montículo es rectangular
y no piramidal, los pueblos de Chalcatzingo lo consideraron
una representación de la montaña sagrada.
Sabemos esto porque sobre ella se colocó el Monumento
9, una representación de 180 cm de altura de una
“cara de montaña”, que es una representación
frontal de la serpiente-cueva-montaña que vemos
de perfil en el Monumento 1, y la cara representa nuevamente
al Cerro Chalcatzingo. De esta manera, los rituales podían
llevarse cabo tanto en el Cerro Chalcatzingo como en la
plataforma, con una diferencia relevante: la boca de la
cara del Monumento 9 está abierta y es hueca, lo
cual permite la entrada y salida de personas u objetos
durante dichos rituales. Fue así como los participantes
de los rituales construyeron una contraparte del Cerro
Chalcatzingo por la que podía entrarse simbólicamente
a la montaña a través de la boca, ya que
en ese cerro no hay una cueva con esas características.
Montañas
en miniatura
Tanto el volcán de San Martín Pajapan como
el Cerro Chalcatzingo son montañas naturales, cuya
importancia sagrada queda demostrada por sus monumentos.
En menor escala, los montículos de tierra construidos
en La Venta y Chalcatzingo también representan
montañas, y su naturaleza se reafirma en cada caso
mediante la exhibición en ellas de monumentos con
representaciones de “caras de montaña”.
Otras esculturas en piedra hechas por los olmecas comparten
también el simbolismo de las montañas. En
tiempos recientes, varios investigadores han propuesto
que los grandes altares-trono de basalto podrían
representar montañas. Cada una de esas esculturas
rectangulares se caracteriza por tener un nicho o “cueva”
frontal con un personaje sentado. El personaje sentado
dentro de una cueva-montaña representada en dos
dimensiones en el arte de Chalcatzingo se muestra en forma
tridimensional en los altares-trono de San Lorenzo, La
Venta, Laguna de los Cerros y El Marquesillo. Al erigir
estas grandes esculturas en sus centros políticos,
las elites olmecas colocaron en un entorno más
personal y a escala humana a la montaña, a las
fuerzas y espíritus sobrenaturales asociados a
ellas, así como a sus vínculos con los ancestros.
Traducción: Elisa Ramírez
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David C. Grove. Doctor en
antropología por la Universidad de California,
Los Ángeles. Profesor emérito de antropología
de la Universidad de Illinois. Se especializa en la arqueología
del Preclásico. Ha dirigido investigaciones en
varios sitios, entre ellos Chalcatzingo, Morelos, y la
cueva de Oxtotitlán, Guerrero. |