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Cultura olmeca

ÍNDICE 87 Los olmecas. Los primeros petroleros
DOSIER: Cultura olmeca Chalcatzingo, Morelos

Cerros sagrados olmecas

Los olmecas en Chiapas
San Lorenzo, Veracruz
Las sociedades jerárquicas oaxaqueñas
La jadeíta y la cosmovisión olmeca RELIGIÓN: Diosas mexicas del amor y la sexualidad
El Complejo A. La Venta, Tabasco ARQUEOLOGÍA: Cerro Barajas, Guanajuato
Prácticas mortuorias olmecas DOCUMENTO: Códice Colombino

DOSIER

Cerros sagrados olmecas
Montañas en la cosmovisión mesoamericana
David C. Grove

 

 

 

 

En la cima del volcán de San Martín Pajapan, Veracruz, fue encontrada esta escultura, que pesa más de una tonelada. Tanto la figura como la montaña fueron reverenciadas desde hace miles de años. Monumento 1. San Martín Pajapan. Museo de Atropología de Xalapa, Veracruz.
Foto: Rafael Doniz / Raíces

Uno de los más importantes rasgos de la cosmovisión mesoamericana fue considerar como entes vivos los elementos del paisaje: cuevas, barrancas, manantiales, árboles y montañas, por estar habitados por importantes espíritus. De todos los accidentes geográficos, las montañas son las más grandes e imponentes: son el vínculo físico entre el cielo y el mundo superior con la superficie de la Tierra y el inframundo. En el sistema de creencias de Mesoamérica, las montañas son lugares míticos originarios, donde habitan los ancestros y residen los espíritus asociados a la tierra, la fertilidad o la lluvia.

Toda montaña, y hasta los cerros pequeños, tiene cualidades sagradas. Sin embargo, en cualquier paisaje regional ciertas montañas son consideradas más importantes por los habitantes, ya sea por sus características físicas o por su papel en las mitologías de la comunidad. Hubo peregrinaciones para venerar algunas montañas en particular, y a veces se les distinguió con altares o erigiendo monumentos labrados en piedra o alguna ofrenda especial. La categoría simbólica no se limita a las montañas reales, visibles en el paisaje natural, sino que fue práctica común, en la Mesoamérica prehispánica, integrarlas a los asentamientos por medio de la construcción de pirámides o “montañas artificiales”. En los registros arqueológicos hay ejemplos de representaciones de montañas a escala; uno de ellos son las efigies de volcanes en los patios de casas excavadas en Tetimpa, Puebla, del Preclásico Tardío, excavados por Gabriela Uruñuela y Patricia Plunket.
En Mesoamérica, las creencias respecto de las montañas y sus espíritus podrían remontarse, tal vez, a los periodos Paleoindio y Arcaico. La evidencia arqueológica irrefutable más temprana de veneración a las montañas proviene del Preclásico. En este artículo nos ocuparemos de tres tipos y escalas de montañas sagradas en el mundo olmeca: a) montañas naturales con restos arqueológicos que indican su importancia sagrada para los olmecas, b) “montañas artificiales” dentro de los asentamientos olmecas y c) esculturas labradas en piedra que podrían representar montañas sagradas. Nuestros ejemplos provienen de San Lorenzo, Veracruz; La Venta, Tabasco, y Chalcatzingo, Morelos, sitios del Preclásico, o de sitios cercanos a ellos.

Las montañas en el paisaje de San Lorenzo
En la región de San Lorenzo, Veracruz, el centro olmeca más importante entre 1150 y 850 a.C., se encuentran varios ejemplos del culto a las montañas. El sitio está situado en la cima de una gran meseta que se eleva 50 m sobre las riberas de la cuenca del río Coatzacoalcos. Aunque la mayoría de las montañas visibles desde la meseta de San Lorenzo son lejanas, existe evidencia arqueológica de que los olmecas realizaban peregrinaciones religiosas a dos de ellas.
Los Tuxtlas, 50 km al norte de San Lorenzo, es visible desde el sitio. En 1897, el topógrafo Ismael Loya descubrió una gran estatua en el volcán San Martín Pajapan, una de las cimas más prominentes de los Tuxtlas. Esa estatua, el Monumento 1 de San Martín Pajapan, es considerada hoy en día una de las obras maestras del arte olmeca y su presencia en esa montaña es una evidencia clara de que el volcán fue muy reverenciado por los olmecas, quienes se tomaron el trabajo de transportar la escultura de 1 200 kg hasta la cima.
El arqueólogo veracruzano Alfonso Medellín Zenil analizó la escultura en 1968 y descubrió que esta gran figura antropomorfa de piedra estuvo asentada en una pequeña plataforma rectangular. En las excavaciones en el interior de la plataforma se descubrieron tepalcates pertenecientes al Preclásico, el Clásico, el Posclásico y de la era moderna, así como cuentas de jadeíta y parafina y cera utilizados en rituales más recientes. En su artículo “El dios jaguar de San Martín” (1968), Medellín Zenil afirma: “Los indígenas popolucas y nahuas, pobladores del sistema montañoso de Los Tuxtlas, y sobre todo, los más próximos al cerro de San Martín [...] siempre supieron de la existencia de una escultura prehispánica a la que nombraban Chane, ‘el chaneque’ o nuestro ‘padre San Martín’[...] es algo que se respeta, se teme, se propicia y se venera”. Los restos arqueológicos de la plataforma en la cima de San Martín Pajapan demuestran que tanto la estatua como la montaña fueron reverenciadas desde hace miles de años. Medellín Zenil, preocupado por la conservación de la escultura, la trasladó hasta el Museo de Xalapa al terminar sus investigaciones.
Los Tuxtlas también fueron importantes para los olmecas por razones más mundanas: era de ahí de donde traían el basalto usado por los artesanos para hacer las numerosas esculturas exhibidas y veneradas en San Lorenzo, La Venta, Laguna de los Cerros y Tres Zapotes. Es muy probable que los artesanos supieran que labraban material sagrado, puesto que lo traían de esas distantes montañas.
Hacia el sur de la meseta de San Lorenzo el paisaje parece estar formado, en su mayoría, por un extenso laberinto de llanuras anegadas. Sin embargo, se distinguen varias elevaciones en lo que de otra manera sería un terreno plano, como el Cerro Manatí, cuya importancia sagrada se demostró tras los descubrimientos hechos por los arqueólogos María del Carmen Rodríguez y Ponciano Ortiz Ceballos. Estos investigadores excavaron varios restos de ofrendas de rituales olmecas en la base del cerro, donde encontraron hachas de piedra verde, bolas de hule y sorprendentes bustos antropomorfos labrados en madera. Las ofrendas se colocaban en un antiguo manantial, tal vez durante las peregrinaciones de los olmecas de San Lorenzo Tenochtitlán y otros centros de la región al Cerro Manatí.
De acuerdo con la arqueóloga Ann Cyphers, la meseta de San Lorenzo, que es la mayor elevación del área, tal vez fue también una montaña sagrada; así pues, los olmecas de San Lorenzo vivían sobre una montaña sagrada y ésta fue parte integral de la comunidad. Conforme el asentamiento olmeca crecía y se desarrollaba, a lo largo de los siglos, la meseta fue reconstruida y remodelada. San Lorenzo fue un gran centro ceremonial y se exhibían allí más de 100 monumentos labrados en piedra. Es muy probable que la gente de otras comunidades de la región hiciera peregrinaciones hasta la meseta para participar en los rituales o para contemplar y honrar las esculturas de piedra.

La Venta y la “montaña artificial”
La Venta, en Tabasco, fue un centro olmeca que floreció entre 900 y 500 a.C., tras la decadencia de San Lorenzo. Este centro y sus construcciones se irguieron a lo largo de la ribera de una “isla” baja, que sobresale apenas 12 m sobre los pantanos que la rodean. Como se encuentra en una planicie costera no es visible ninguna montaña natural en el horizonte; sin embargo, en La Venta se realizó una construcción que representa una gran pirámide de tierra de 30 m de altura y 120 m de diámetro aproximadamente (fig. 3). Es una de las pirámides más antiguas de Mesoamérica y fue parte integral del centro ceremonial de La Venta.
Muchas pirámides del Clásico y el Posclásico mesoamericanos se identifican claramente como montañas por los elementos iconográficos que las adornan. Ejemplos de lo anterior son las cabezas de serpiente del Templo Mayor (el coatépetl) y las “caras de la montaña” (witz) de las pirámides mayas. Las cuatro grandes estelas de La Venta –monumentos 25/26, 27, 88 y 89–, erigidas en la base sur de la pirámide, muestran una cara sobrenatural semejante; a mi parecer, estas “caras de montañas” son el equivalente olmeca de los símbolos witz de las pirámides mayas. Estas enormes caras indican que la pirámide es una montaña, y nos muestran que la pirámide-montaña tiene los mismos atributos sobrenaturales, cualidades y espíritus invisibles que una montaña natural.

Chalcatzingo, donde el arte nos revela lo invisible
Algunas de las cualidades implícitas e invisibles de las montañas sagradas son visibles en Chalcatzingo, Morelos, en el altiplano central de México, 500 km al oeste de La Venta. En el paisaje de la zona arqueológica de Chalcatzingo sobresalen dos montañas gemelas: el Cerro Chalcatzingo y el Cerro Delgado. Visualmente, las dos montañas evocan una imagen sagrada, pues las separa una hendidura en forma de V. La hendidura es un icono muy significativo en el arte olmeca, pues representa un umbral hacia el interior de la tierra y permite la comunicación con las fuerzas y espíritus del inframundo. De manera similar, los dos cerros constituyen una “montaña dividida”, una montaña sagrada asociada al lugar donde se origina el maíz, de acuerdo con las posteriores mitologías de mayas y nahuas. Así pues, la aldea del Preclásico, al pie de las dos montañas, se localizaba en un lugar muy sagrado.
Chalcatzingo fue habitado por primera vez en 1400 a.C., y al cabo de algunos siglos se convirtió en uno de los principales centros del Preclásico en el altiplano. El lugar llegó a su apogeo entre 700 y 500 a.C., cuando también La Venta alcanzaba su cenit. Los datos arqueológicos muestran que hubo interacción entre las elites de ambos centros, y también sabemos que hubo contacto porque en Chalcatzingo se hicieron monumentos de piedra con el estilo olmeca de La Venta. Hasta hoy se han documentado en Chalcatzingo 37 piedras labradas y hay, además, evidencias de que desde el Preclásico, y hasta épocas posteriores, se hicieron peregrinaciones a Chalcatzingo para visitar sus monumentos de piedra.
Seis de los monumentos son bajorrelieves labrados en las paredes rocosas de lo alto del Cerro Chalcatzingo. Están colocados en grupo, junto a una pequeña barranca por donde escurre el agua de lluvia; estos seis relieves tienen iconografía relacionada con la lluvia y la fertilidad agrícola. Cinco son pequeños y muestran criaturas semejantes a lagartos, bajo nubes desde donde gotea lluvia. Debajo de tres de estos pequeños animales hay plantas de calabaza en flor. El sexto bajorrelieve, el Monumento 1, es grande (mide casi 3 por 3 m) y es un ejemplo raro en el arte mesoamericano, pues ciertas cualidades sagradas invisibles de la montaña son reveladas en la imagen labrada sobre la montaña misma. El relieve conocido coloquialmente como “el Rey” representa a un personaje sentado en un nicho con forma de C. El nicho está formado por un motivo de montaña que es también la cara estilizada de una serpiente; la boca abierta del animal representa una cueva en la montaña. De la boca de la cueva salen grandes volutas y arriba de la cueva hay nubes desde las cuales caen gotas de lluvia. Es importante que el tocado y el vestido de “el Rey” también estén decorados con gotas de lluvia. El simbolismo de lluvia emanado de este magnífico relieve es obvio. Más aún, el personaje antropomorfo asociado directamente a la lluvia y la montaña es parecido a deidades del Posclásico como Tepeyóllotl, “corazón de la montaña”, y Tláloc.
Algunos rasgos iconográficos del Monumento 1, como el glifo montaña-cueva, indican que el motivo se refiere específicamente al Cerro Chalcatzingo, no a cualquier otra montaña. El gran bajorrelieve nos indica así algunos de los rasgos invisibles del Cerro Chalcatzingo: informaba a los peregrinos y otros observadores que los espíritus antropomorfos, tal vez ancestros, habitaban dentro del cerro y que los espíritus de esta montaña en particular proporcionaban la lluvia, lo que generaba la prosperidad agrícola de los chalcatzincas del Preclásico y del resto de la región.
Además, en la aldea del Preclásico Medio en Chalcatzingo había un elemento arquitectónico relevante, una plataforma de tierra de 70 m de largo y 7 de altura. Aunque el montículo es rectangular y no piramidal, los pueblos de Chalcatzingo lo consideraron una representación de la montaña sagrada. Sabemos esto porque sobre ella se colocó el Monumento 9, una representación de 180 cm de altura de una “cara de montaña”, que es una representación frontal de la serpiente-cueva-montaña que vemos de perfil en el Monumento 1, y la cara representa nuevamente al Cerro Chalcatzingo. De esta manera, los rituales podían llevarse cabo tanto en el Cerro Chalcatzingo como en la plataforma, con una diferencia relevante: la boca de la cara del Monumento 9 está abierta y es hueca, lo cual permite la entrada y salida de personas u objetos durante dichos rituales. Fue así como los participantes de los rituales construyeron una contraparte del Cerro Chalcatzingo por la que podía entrarse simbólicamente a la montaña a través de la boca, ya que en ese cerro no hay una cueva con esas características.

Montañas en miniatura
Tanto el volcán de San Martín Pajapan como el Cerro Chalcatzingo son montañas naturales, cuya importancia sagrada queda demostrada por sus monumentos. En menor escala, los montículos de tierra construidos en La Venta y Chalcatzingo también representan montañas, y su naturaleza se reafirma en cada caso mediante la exhibición en ellas de monumentos con representaciones de “caras de montaña”. Otras esculturas en piedra hechas por los olmecas comparten también el simbolismo de las montañas. En tiempos recientes, varios investigadores han propuesto que los grandes altares-trono de basalto podrían representar montañas. Cada una de esas esculturas rectangulares se caracteriza por tener un nicho o “cueva” frontal con un personaje sentado. El personaje sentado dentro de una cueva-montaña representada en dos dimensiones en el arte de Chalcatzingo se muestra en forma tridimensional en los altares-trono de San Lorenzo, La Venta, Laguna de los Cerros y El Marquesillo. Al erigir estas grandes esculturas en sus centros políticos, las elites olmecas colocaron en un entorno más personal y a escala humana a la montaña, a las fuerzas y espíritus sobrenaturales asociados a ellas, así como a sus vínculos con los ancestros.

Traducción: Elisa Ramírez

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David C. Grove. Doctor en antropología por la Universidad de California, Los Ángeles. Profesor emérito de antropología de la Universidad de Illinois. Se especializa en la arqueología del Preclásico. Ha dirigido investigaciones en varios sitios, entre ellos Chalcatzingo, Morelos, y la cueva de Oxtotitlán, Guerrero.

ESPECIAL 28
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