arqueología mexicana
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Xochitécatl-Cacaxtla

ÍNDICE 117  
Xochitécatl-Cacaxtla. Una ciudad prehispánica La fiesta de San Miguel del Milagro. Naturaleza y cultura
Xochitécatl-Cacaxtla.
Cronología de su explotación
ARQUEOLOGÍA: Las representaciones bi y tri-dimensionales de juegos de pelota en Mesoamérica
La vida cotidiana en Xochitécatl-Cacaxtl

La Señora de Chalma

El mural del Edificio B de Cacaxtla, ¿una batalla?

La Cantera Tlayúa. Un sitio paleontólogico extraordinario

Los vecinos del Preclásico en Xochitécatl y la institucionalización de la religión MENTIRAS Y VERDADES: ¿El llamado "penacho de Moctezuma" pertenece a Austria o a México?
Cholula en tiempos de Cacaxtla. El péndulo del poder

DOCUMENTO: El Códice Vergara


La Señora de Chalma
Leonardo López Luján, Laura Filloy Nadal

a Xavier Noguez

Vistas frontal, izquierda y posterior de la mal llamada Diosa de Coatepec Harinas en su estado actual. Está registrada con el número de inventario 10-74751. Sala Mexica. Museo Nacional de Antropología. Foto: L.M. Martínez / Proyecto. Digitalización MNA-Canon

La información contextual es decisiva para el arqueólogo. Con ella le resulta mucho más fácil dilucidar la función y el significado de los vestigios que exhuma, así como reconstruir escenas de un pasado siempre cambiante. Por ello, quienes saquean el patrimonio arqueológico logran recuperar para su propio beneficio objetos de gran valor intrínseco, pero a costa de despojarlos de sus vínculos con las sociedades que los crearon.

Una escultura excepcional
Entre las obras maestras del Museo Nacional de Antropología, la llamada “Diosa de Coatepec Harinas” (MNA, inv. 10-74751) ocupa un lugar de privilegio. Exhibida en la Sala Mexica, sobresale por sus indiscutibles valores estéticos y por tratarse de una de las raras tallas en madera que han logrado llegar desde tiempos prehispánicos hasta nuestros días. Un rápido examen de su fisonomía nos indica que la estatuilla femenina fue concebida para ser vista frontalmente y para transmitir, a través de su rigurosa simetría, los ideales indígenas de la armonía y la templanza. El rostro, como suele suceder en la plástica del Centro de México, no expresa sentimientos melodramáticos, mientras que el cuerpo –erguido y con los pies bien apoyados sobre el suelo– adopta una postura firme y a la vez serena. Apegándose al canon escultórico regional, las proporciones anatómicas se compactan en sentido vertical, al tiempo que se amplifican el tamaño y los detalles de la cabeza, las manos y los pies.
El artífice de esta bella imagen representó a una mujer de rasgos juveniles y con el cabello peculiarmente trenzado sobre la frente. Puso especial énfasis en su torso desnudo, el cual nos muestra unos senos exiguos y rodeados por las manos en actitud de ofrenda. En contraste, dejó ocultas la cadera y las piernas bajo un largo enredo carente de faja. La estatuilla, hay que mencionarlo, no es demasiado grande: mide tan sólo 39.5 cm de alto, 15 cm de ancho y 10 cm de espesor, mientras que su peso es de 1.2 kg. Fue elaborada con una madera latifoliada rojiza y de grano fino, quizás cedro, lo que permitió crear superficies bien redondeadas, tersas y brillantes. La talla se complementó con pigmento negro sobre la totalidad del rostro e incrustaciones de caracol de la especie Turbinella angulata para simular las escleróticas de los ojos y dos incisivos superiores.
Con respecto al origen de la estatuilla, hasta fechas recientes era realmente poco lo que sabíamos. Los únicos datos contextuales con que contábamos provenían del libro The Wood-Carver’s Art in Ancient Mexico, escrito por Marshall H. Saville (1925: 83). Ahí, el arqueólogo norteamericano se limita a decirnos lo siguiente: “Fuimos informados por el Dr. Nicolás León que esta imagen, junto con otra que ha desaparecido, fue descubierta hace algunos años en un montículo en Coatepec Harinas, Estado de México”. Estos datos, proporcionados por el afamado antropólogo michoacano, siempre nos parecieron dudosos, no tanto por la referencia a esa población matlatzinca de las faldas meridionales del Nevado de Toluca, sino porque una pieza de madera difícilmente se habría conservado en tan buen estado bajo los vestigios de un edificio prehispánico. Por regla general, este tipo de objetos logra sobrevivir en las zonas boscosas del altiplano cuando las comunidades indígenas los siguen utilizando de generación en generación o cuando son abandonados en el interior de cuevas secas.

 

TEXTO COMPLETO EN LA EDICIÓN IMPRESA

 

Agradecimientos: Sarah Clayton, Ana Madrigal, Diana Magaloni
Rosa de la Peña, Mónika Pérez, Claude Stresser-Péan

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Leonardo López Luján. Doctor en arqueología por la Université de Paris x-Nanterre. Profesor-investigador del Museo del Templo Mayor, INAH.
Laura Filloy Nadal. Maestra y doctora en arqueología por la Université de Paris i-Panthéon-Sorbonne. Restauradora perito del Museo Nacional de Antropología, INAH.





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