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La Cuenca de México

ÍNDICE 86 Posclásico Tardío
DOSIER: La Cuenca de México Conquista

Etapa Lítica

La Cuenca de México ayer y hoy
Preclásico Temprano y Medio
El reposo del fuego (fragmento)
Preclásico Tardío ICONOGRAFÍA: El juego de balón, Teotihuacan
Clásico ARQUEOLOGÍA: Exploraciones recientes, Campeche
Epiclásico DOCUMENTO: Tira de Tepechpan
Posclásico Temprano y Medio CUENTO HISTÓRICO: K’ux Elan Avo’nton

DOSIER

Clásico (150-600/650 d.C.)
La diferenciación campo/ciudad
Leonardo López Luján

A comienzos de la llamada fase Miccaotli (ca. 150 d.C.), Teotihuacan se transformó en una verdadera ciudad. Se estima que más de una tercera parte de sus habitantes dejó entonces de ser productora de alimentos para dedicarse de tiempo completo a actividades artesanales, comerciales, políticas y religiosas.

 

 

 

 

De acuerdo con Esther Pasztory, Teotihuacan representó un verdadero experimento de vida social en el contexto de la historia mesoamericana.
Foto: CARLOS BLANCO / Raíces

Los inicios del Clásico mesoamericano suelen fijarse a partir de una serie de acontecimientos históricos revolucionarios, entre los que destaca la diferenciación campo/ciudad. Se trata de cambios radicales en los que estuvieron imbricados procesos como el crecimiento demográfico, la concentración humana en grandes asentamientos, la intensificación de la agricultura y el incremento de la complejidad social. Como es sabido, estos procesos tuvieron como desenlace la vida urbana, así como la consolidación del Estado.
En el caso particular de la Cuenca de México, dichos cambios son sumamente notorios, pues es allí donde surge y florece la gran Teotihuacan. De acuerdo con René Millon, el asentamiento habría alcanzado los 125 000 habitantes en el Clásico, convirtiéndose en la sexta ciudad más grande del mundo, después de Constantinopla en Turquía, Changan y Loyang en China, Ctesiphon en Persia y Alejandría en Egipto. Advirtamos, sin embargo, que George L. Cowgill ha abogado en fechas recientes por la cifra más conservadora de 100 000 habitantes para el clímax teotihuacano.
Cualquiera que sea la cantidad exacta, este conglomerado contrastaba sensiblemente con los 80 000 individuos que vivían entonces dispersos en el resto de la Cuenca de México, según cálculos de William T. Sanders, Jeffrey R. Parsons y Robert S. Santley. Gracias a los reconocimientos sistemáticos de superficie que estos investigadores y Robert Blanton realizaron principalmente entre 1960 y 1975, sabemos que el número de individuos que moraban en la cuenca durante el Clásico –sin incluir a Teotihuacan– se había multiplicado siete veces respecto al periodo anterior, pero con una clara tendencia a constituir asentamientos de reducidas dimensiones. En efecto, a lo largo de sus reconocimientos, registraron un solo centro suprarregional (la ciudad de Teotihuacan), diez centros regionales (1 000-10 000 h), 17 aldeas grandes (500-1 000 h), 77 aldeas pequeñas (100-500 h), 149 caseríos (menos de 100 h), dos recintos ceremoniales grandes (sin ocupación residencial), nueve recintos ceremoniales pequeños, cuatro sitios indeterminados, un yacimiento de obsidiana, un yacimiento de grava sin ocupación residencial y varias estaciones de fabricación de sal.
Los datos de superficie indican que más de la mitad de la población se concentraba en la mitad septentrional de la cuenca, mayoritariamente en el Valle de Teotihuacan y la región ubicada inmediatamente al norte del Cerro Gordo, y de manera secundaria en las regiones de Cuauhtitlan, Tenayuca y Tacuba. Todo parece indicar que, con el fin de ejercer un mayor control político sobre la cuenca, Teotihuacan promovió una población rural raquítica y dispersa, al tiempo que inhibió el desarrollo de los centros administrativos regionales. Lo anterior se constata en los dos centros que seguían en importancia a la urbe: Azcapotzalco, al oeste de la cuenca, sólo contaba con 10 000 habitantes, y Cerro Portezuelo, al este, nunca rebasó las 3 000 almas. Vale agregar que ambos centros sobrevivieron al colapso teotihuacano, por lo que su estudio es fundamental tanto para conocer las relaciones cambiantes entre la metrópoli y sus subordinados como para entender la transición al Epiclásico.
Varios especialistas coinciden en afirmar que la ciudad de Teotihuacan mantuvo un control absoluto sobre la totalidad de los asentamientos rurales de la cuenca, convirtiéndolos en simples proveedores de materias primas y productos para su subsistencia. Habría obtenido lo básico en un radio no mayor a los 20 km, en la zona que abarcaba el propio Valle de Teotihuacan, la región de Temascalapa y el norte de la región de Texcoco. Allí se cultivaban de manera intensiva el maíz, el frijol, la calabaza, el chile, el tomate y el amaranto, ya en campos irrigados permanentemente por los ríos Teotihuacan y Papalotla, además de numerosos manantiales, ya en parcelas humedecidas con agua de inundación. Se estima que dos terceras partes de los habitantes de la ciudad se dedicaban a dichas faenas y que con su esfuerzo producían alimentos para sus familias y para un creciente número de especialistas de tiempo completo. En el mismo radio, los teotihuacanos se aprovisionaban de sal, fibras vegetales, obsidiana gris, arcilla para la alfarería y materiales constructivos como el basalto, el tezontle, la andesita y la toba. Más al oeste, en las regiones vecinas de Cuauhtitlan, Tenayuca y Tacuba, había otras zonas de irrigación permanente, así como sal, fibras vegetales y madera en abundancia. De la mitad sur de la cuenca provenían buena parte de las fuentes de proteína animal (conejos, venados, ánades, pescados, batracios e insectos), fibras, madera y vegetales silvestres. Por si esto fuera poco, en el extremo norte y noroeste de la cuenca se hallaban ricos yacimientos de cal, pedernal y obsidiana verde.
Como resultado de más de dos siglos de exploraciones en Teotihuacan, son relativamente profundos nuestros conocimientos sobre la ciudad del Clásico, máximo exponente mesoamericano de la vida urbana y capital de una de las civilizaciones más originales de la historia universal. Esta gigantesca metrópoli, particularmente densa y de carácter pluriétnico, debía su auge tanto a su condición de emporio artesanal y comercial como a su poderío militar. De manera distinta de las unidades políticas del Clásico maya, compuestas por grupos relativamente uniformes e integrados en torno a gobiernos de linaje, Teotihuacan debió de haber ejercido una autoridad de índole territorial sobre su heterogénea población. El grupo en el poder pudo haber sido un linaje que se impuso sobre los demás o una asociación colegiada compuesta por miembros de varios linajes.
La ciudad de Teotihuacan mostraba a propios y extraños una asombrosa planificación, lograda a partir de dos ejes perpendiculares que fungían como máximos ordenadores del espacio: la Calle de los Muertos y el cauce modificado del río San Juan. El plano urbano revela una cerrada retícula donde conjuntos de departamentos se agrupan en barrios y éstos, a su vez, en distritos. En el centro y flanqueando la Calle de los Muertos, se concentran los principales edificios religiosos y palaciegos, así como el complejo que quizás fue sede del mercado. A diferencia de lo que sucedía en el resto de Mesoamérica, donde la mayoría de la gente habitaba chozas unifamiliares, casi todos los teotihuacanos vivían en conjuntos de departamentos. Se trata de residencias multifamiliares de cal y canto que alojaban entre 20 y 100 individuos. La calidad de sus materiales y el enorme esfuerzo que implica su erección, nos hablan del relativamente elevado bienestar de la población urbana. En tiempos del máximo esplendor, Teotihuacan contaba con más de 2 000 de estos conjuntos, todos ellos de planta rectangular, un solo nivel y techos planos. Los mayores sobrepasan los 100 m por lado, mientras que los más pequeños tienen menos de 30 m por lado. Los arqueólogos han agrupado los conjuntos en seis grandes niveles socioeconómicos, desde los suntuosos palacios de los gobernantes supremos hasta las modestas viviendas de los ciudadanos más humildes. En la mayoría de los conjuntos, sus habitantes pertenecían a la misma etnia, estaban emparentados entre sí, desempeñaban un oficio común y rendían culto a un mismo dios patrono.
De manera contrastante, poco es lo que sabemos sobre la pléyade de asentamientos de la Cuenca de México que fueron contemporáneos a Teotihuacan. No obstante, esta situación se ha revertido durante las últimas décadas, gracias a excavaciones de salvamento que han llevado a cabo arqueólogos del inah en sitios cubiertos por la marcha urbana de la ciudad de México o en riesgo de destrucción. Por ejemplo, al norte de la Cuenca se han explorado ocupaciones que datan del Clásico en Ecatepec, Axotlan (Cuautitlan Izcalli) y Emiquia (Tultepec); al occidente del Lago de Texcoco, en Azcapotzalco, Polanco, Chapultepec, Molino del Rey, Tacubaya, San Pedro de los Pinos, San Antonio (Mixcoac) y Plaza Bancomer (Coyoacán), y al sur, en Culhuacan, Cerro de la Estrella, San Miguel Xico (Chalco) y San Marcos Huixtoco (Ixtapaluca), entre otros. Raúl García Chávez observa que muchos de estos asentamientos rurales muestran semejanzas sorprendentes con la ciudad de Teotihuacan en lo que toca a conjuntos de artefactos utilitarios, estilos arquitectónicos y religión. A su juicio, esto obedece a su dependencia total de la metrópoli y a una forma de vida bastante similar.

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Leonardo López Luján. Doctor en arqueología por la Université de Paris X-Nanterre. Investigador del Museo del Templo Mayor. Fue codirector del Proyecto Xalla (2000-2003) y actualmente es miembro del Proyecto Pirámide de la Luna, ambos en Teotihuacan.

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