Don Esteban, en Popolá,
Yucatán, consulta su Libro de los Oráculos
buscando la causa y cura de las enfermedades.
Los visitantes vinieron de lejos, a pie, por veredas
en la selva, para pedir urgentemente ayuda a este
reconocido j-meen. El Libro de los Oráculos
fue impreso en la ciudad de México en 1950;
en manos de don Esteban, se transforma en un equivalente
moderno de un códice antiguo.
foto: archivo de bruce love |
Manuscritos pintados, libros sagrados,
pinturas, santo ju’uno’ob, ventanas hacia
lo sobrenatural, guías del cosmos: los códices
fueron esenciales para el funcionamiento y ejercicio
cotidiano del sacerdocio maya. El Códice París
se ocupa al menos de ocho temas, entre ellos anotaciones
históricas, almanaques adivinatorios e incluso
movimientos de las constelaciones.
Los
tres códices mayas reconocidos reciben el nombre
de las ciudades donde se encuentran: Dresde, Madrid
y París. Descubiertos en el siglo XIX, cuando
se encontraban en manos de coleccionistas, han sido
estudiados por infinidad de investigadores de todas
las naciones y es común considerarlos reliquias
u objetos de arte y describir sus características
físicas o estéticas de acuerdo con esta
valoración. Para entender el papel que les otorgaron
los mayas mismos, en cambio, debe tomarse en cuenta
la mentalidad maya, adentrándose en la visión
indígena del mundo.
Para desentrañar el significado de las misteriosas
páginas pintadas recurrimos a la arqueología,
la epigrafía, la historia del arte, la lingüística,
la etnohistoria y la etnografía; abrevamos en
los escritos de nuestros antecesores –Ernst Forstemann,
Eduard Seler y Alfred M. Tozzer–; pasamos años
trabajando en campo, en bibliotecas y archivos; asistimos
a reuniones, conferencias o simposios. Finalmente, presentamos
nuestros humildes descubrimientos a los colegas y al
público, con la esperanza de acercarnos a nuestras
metas.
Personalmente, considero esencial tener en mente el
punto de vista de los sacerdotes, ya que estos libros
fueron las herramientas de su profesión. Mi trabajo
etnográfico de campo en Yucatán fue, en
este sentido, revelador. Tres hombres llegaron desde
lejos, por veredas de la selva, hasta un pequeño
poblado al norte de Valladolid, hasta la casa con techo
de guano del chamán del lugar; consultaron a
don Esteban en tono callado, llenos de incertidumbre.
La esposa de uno de ellos estaba gravemente enferma
y ningún médico podía sanarla.
Oculto en la oscuridad de un rincón, recogí
la conversación en mi cuaderno, con mi cámara
y mi grabadora.
Estirándose, don Esteban sacó de lo alto
de su altar un libro empolvado, envuelto en periódico.
Extendió las páginas y con cuidado desenvolvió
una vieja lámina con símbolos esotéricos;
era un libro de oráculos publicado en la ciudad
de México en 1950 y usado para adivinar, decir
la buena fortuna y curar. Los tres visitantes escuchaban
atentamente mientras don Esteban adivinaba la enfermedad
de la mujer y recomendaba remedios acordes con la consulta
en su libro sagrado. Me recorrió un estremecimiento
mientras presenciaba el uso del equivalente moderno
de un códice antiguo.
Diego de Landa describió una escena semejante,
hace más de 400 años, en la que se usaba
un antiguo códice jeroglífico: “[Los
sacerdotes] sacaron sus libros y los extendieron…
El sacerdote más sabio abrió el libro
y miró los pronósticos para ese año,
que comunicó a los presentes. Y les amonestó
un poco, recomendándoles remedios para sus males…”.
Apenas podemos imaginar la antigüedad de semejantes
prácticas, perdidas en la hondura de los tiempos.
Ciertamente corresponden al Clásico maya (podemos
verlas en escenas de la corte en vasijas pintadas) y
probablemente existen desde los tiempos olmecas.
Traducción: Elisa
Ramírez
TEXTO COMPLETO EN LA
EDICIÓN IMPRESA
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Bruce Love. Doctor en antropología por la UCLA.
Investigador independiente. Especialista en la cultura
maya de Yucatán, en temas como epigrafía
de Chichén Itzá, literatura maya colonial
(Libros del Chilam Balam) y prácticas
religiosas contemporáneas.