|
Un árbol robusto
de cuyas ramas brotan flores y cuentas de jade aparece
varias veces en los manuscritos pictográficos de
la tradición mesoamericana. A veces su tronco se
rompe y deja salir un torrente de sangre, perlada de chalchihuites;
a veces sus raíces adoptan la forma de una cabeza
de lagarto. Se trata, en cualquier caso, del árbol
antiguo que separa las partes del mundo, sujeta el cielo,
da principio al vigoroso flujo de fuerza sagrada que sube
y baja desde el subsuelo más profundo hasta el
cielo más cálido y elevado.
Imposible no pensar en tales imágenes al leer el
canto náhuatl colonial que describe a San Francisco
de Asís como un quetzalauéuetl y un tzinitzcanpúchotl:
valioso ahuehuete y estimado pochote, del cual se dice
que fructifica en ricas flores y piedras preciosas. Este
salmo en lengua náhuatl, así como otros
que figuran en la Psalmodia christiana, compuesta por
fray Bernardino de Sahagún, es el resultado de
un estudio cuidadoso de los símbolos y las metáforas
de las tradiciones indígena y cristiana, y de una
búsqueda de las palabras que mejor podían
llevar el texto latino a la lengua náhuatl y viceversa.
Las investigaciones conducidas por Sahagún y un
nutrido equipo de latinistas indios, informantes, traductores
y amanuenses, permitieron rescatar numerosos relatos de
la tradición indígena, como aquel según
el cual la diosa Coatlicue quedó preñada
al colocarse plumas en el seno. Y el conocimiento de tales
historias y sus metáforas permitió que los
textos de evangelización tradujeran el relato cristiano
a los términos conocidos por los indígenas.
El propio Sahagún optó por utilizar la metáfora
de la pluma para explicar el modo en que Jesús
se alojaba en el vientre de María.
Esta tarea, audaz y compleja, de traducir la tradición
cristiana a los términos de la cultura indígena
y viceversa, reposaba sobre la práctica de un intenso
diálogo entre frailes e indios, y presuponía
la experiencia de los indios en la lectura y el análisis
de los textos latinos en los que se guardaba la tradición
clásica y cristiana. Ese diálogo y ese aprendizaje
pueden haber ocurrido, en muy pequeña escala, en
algunos conventos y en el curso de alguna relación
amistosa, personal, entre frailes e indios, pero el único
lugar en el que ocurrieron de manera sistemática
y prolongada, con un programa y una biblioteca, con maestros
formales y textos de estudio, fue en el imperial Colegio
de la Santa Cruz de Tlatelolco, una institución
que fue crucial en la tarea de hacer traducibles ambos
mundos. Allí se construyeron las grandes analogías
sobre las cuales reposaba el proyecto misional de una
liturgia sincrética, uno de los pilares de la utopía
de los frailes en la Nueva España.
Dos de los principales estudiosos del pasado indígena,
y autores tanto de diccionarios como de obras de evangelización,
fray Bernardino de Sahagún y fray Andrés
de Olmos, fueron maestros en el colegio de Tlatelolco.
Y entre los muchos indígenas que ayudaron a crear
la gran Historia general de las cosas de Nueva España,
de Sahagún, había latinistas de Tlatelolco,
que allí habían iniciado su colaboración
y amistad con el franciscano: Antonio Valeriano, Alonso
Vejerano, Martín Jacobita, Pedro de San Buenaventura,
Diego de Grado, Bonifacio Maximiliano y Mateo Severino..
TEXTO COMPLETO EN LA EDICIÓN
IMPRESA
_____________________
Pablo Escalante Gonzalbo. Historiador. Profesor e investigador
en la UNAM. Se dedica preferentemente al estudio de la
historia de la cultura de fines de la época prehispánica
y principios de la época colonial. |