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El
último periodo de la historia prehispánica,
breve y dramático, fue el de la conquista. Podría
pensarse que el espacio de tiempo que ocupa es demasiado
corto para que se considere como periodo en sí
y que más bien debería ser visto como una
época de transición. Como sea, la terminología
que se use no afecta el fondo de la cuestión. Los
periodos no adquieren significado por cubrir mayor o menor
número de años, sino por la individualidad
e intensidad de lo que ocurre en ellos, y en esto la conquista
no queda a la zaga de ningún otro.
La realidad del mundo prehispánico no llegó
a un punto final por la mera irrupción de los españoles.
Las continuidades y persistencias fueron muchas (tanto
que algunas han llegado al presente, como ocurre por ejemplo
con las lenguas indígenas), y, sobre todo, la conquista
se basó en la subsistencia de instituciones políticas,
sociales y económicas del mundo prehispánico.
Fue la paulatina evolución de éstas, su
gradual destrucción y absorción en el mundo
colonial, aunada a la lenta consolidación del dominio
español, lo que llevó a la conclusión
de la conquista y a un nuevo periodo en la historia del
país. Por eso la conquista fue a un tiempo el último
periodo de la historia prehispánica y el primero
de la colonial.
Lo anterior no debe ocultar el hecho de que en esos años
hubo cambios bruscos y verdaderos cataclismos. El desplome
demográfico fue el mayor de ellos. (Extiendo este
tema en “El cataclismo demográfico de la
conquista”, en Arqueología Mexicana, núm.
74, julio-agosto de 2005.) Otro, el súbito desmoronamiento
de la estructura política imperial de la Triple
Alianza, o más propiamente de su cabeza, Tenochtitlan,
cuya ocupación, sitio y derrota se representan
en la cultura nacional y las versiones oficiales de la
historia como el epítome de la conquista, que bajo
este punto de vista fue un acontecimiento que ocurrió
y se consumó casi del todo dentro del espacio de
la Cuenca de México. Luego, la Nueva España
colonial fincó su centro justamente en el mismo
lugar. De hecho, el tiempo que media entre la destrucción
de la ciudad prehispánica y la (relativa) edificación
de la española marca un periodo en la historia
de la ciudad. Fueron unos 40 años si se dan por
cumplidos con la consolidación de su traza, el
establecimiento definitivo de sus nuevos pobladores, la
reanudación de sus actividades económicas
y la erección de edificios significativos. Aun
pasó más tiempo antes de que muchos de éstos
fueran consolidados. La propia catedral de México
(predecesora de la actual y mucho menor) era una construcción
semirrústica que no se acondicionó propiamente
sino hasta 1585.
Pero la Cuenca de México no sólo era Tenochtitlan.
Incluía otras entidades políticas, las cuales,
no obstante estar subordinadas a ella en mayor o menor
medida, conservaban identidades propias y respondían
a tradiciones diferentes. Ejemplo extremo eran los enclaves
de lengua y cultura otomí, absorbidos por una inmensa
mayoría nahua. La economía regional era
tan variada como los paisajes, que no sólo eran
lacustres pues también cubrían las laderas
de las montañas circundantes. En suma, si bien
no puede decirse que la Cuenca de México fuese
un microcosmos de la compleja realidad mesoamericana,
resumía algo de su unidad y diversidad así
como de la tensión implícita en sus contradicciones.
Es bien sabido que los españoles aprovecharon esta
situación en su beneficio, y que la conquista,
no menos contradictoria debido a su combinación
de cambios y continuidades, liberó tensiones y
propició reacomodos.
ARTÍCULO COMPLETO
EN LA EDICIÓN IMPRESA
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Bernardo García Martínez.
Doctor en historia; profesor de El Colegio de México.
Autor de estudios sobre historia de los pueblos de indios,
historia rural y geografía histórica. Ha
publicado obras de síntesis sobre la historia y
la geografía de México. Miembro del Comité
Científico-Editorial de esta revista. |