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La Cuenca de México

ÍNDICE 86 Posclásico Tardío
DOSIER: La Cuenca de México Conquista

Etapa Lítica

La Cuenca de México ayer y hoy
Preclásico Temprano y Medio
El reposo del fuego (fragmento)
Preclásico Tardío ICONOGRAFÍA: El juego de balón, Teotihuacan
Clásico ARQUEOLOGÍA: Exploraciones recientes, Campeche
Epiclásico DOCUMENTO: Tira de Tepechpan
Posclásico Temprano y Medio CUENTO HISTÓRICO: K’ux Elan Avo’nton

DOSIER

Conquista (siglo xvi, a partir de 1519)
Cambios y continuidades
Bernardo García Martínez

La realidad del mundo prehispánico no llegó a su fin por la mera irrupción de los españoles, sino que siguió prevaleciendo durante ese periodo de cambios y continuidades que conocemos como conquista. Ésta fue a un tiempo el último periodo de la historia prehispánica y el primero de la colonial.

 

La Matrícula de Tributos, documento ampliamente valorado durante el periodo de la conquista, es la mejor muestra de la subsistencia del régimen tributario prehispánico y de la importancia que tenía el guiarse por registros como éste. Aquí se representa el tributo que debían pagar Chalco y otros pueblos de la Cuenca de México. Hacia 1560 el monto del tributo empezó a expresarse en pesos y a pagarse en moneda, y fue entonces que se podía ver que el periodo de la conquista llegaba a su fin. Matrícula de Tributos, lám. 21.

El último periodo de la historia prehispánica, breve y dramático, fue el de la conquista. Podría pensarse que el espacio de tiempo que ocupa es demasiado corto para que se considere como periodo en sí y que más bien debería ser visto como una época de transición. Como sea, la terminología que se use no afecta el fondo de la cuestión. Los periodos no adquieren significado por cubrir mayor o menor número de años, sino por la individualidad e intensidad de lo que ocurre en ellos, y en esto la conquista no queda a la zaga de ningún otro.
La realidad del mundo prehispánico no llegó a un punto final por la mera irrupción de los españoles. Las continuidades y persistencias fueron muchas (tanto que algunas han llegado al presente, como ocurre por ejemplo con las lenguas indígenas), y, sobre todo, la conquista se basó en la subsistencia de instituciones políticas, sociales y económicas del mundo prehispánico. Fue la paulatina evolución de éstas, su gradual destrucción y absorción en el mundo colonial, aunada a la lenta consolidación del dominio español, lo que llevó a la conclusión de la conquista y a un nuevo periodo en la historia del país. Por eso la conquista fue a un tiempo el último periodo de la historia prehispánica y el primero de la colonial.
Lo anterior no debe ocultar el hecho de que en esos años hubo cambios bruscos y verdaderos cataclismos. El desplome demográfico fue el mayor de ellos. (Extiendo este tema en “El cataclismo demográfico de la conquista”, en Arqueología Mexicana, núm. 74, julio-agosto de 2005.) Otro, el súbito desmoronamiento de la estructura política imperial de la Triple Alianza, o más propiamente de su cabeza, Tenochtitlan, cuya ocupación, sitio y derrota se representan en la cultura nacional y las versiones oficiales de la historia como el epítome de la conquista, que bajo este punto de vista fue un acontecimiento que ocurrió y se consumó casi del todo dentro del espacio de la Cuenca de México. Luego, la Nueva España colonial fincó su centro justamente en el mismo lugar. De hecho, el tiempo que media entre la destrucción de la ciudad prehispánica y la (relativa) edificación de la española marca un periodo en la historia de la ciudad. Fueron unos 40 años si se dan por cumplidos con la consolidación de su traza, el establecimiento definitivo de sus nuevos pobladores, la reanudación de sus actividades económicas y la erección de edificios significativos. Aun pasó más tiempo antes de que muchos de éstos fueran consolidados. La propia catedral de México (predecesora de la actual y mucho menor) era una construcción semirrústica que no se acondicionó propiamente sino hasta 1585.
Pero la Cuenca de México no sólo era Tenochtitlan. Incluía otras entidades políticas, las cuales, no obstante estar subordinadas a ella en mayor o menor medida, conservaban identidades propias y respondían a tradiciones diferentes. Ejemplo extremo eran los enclaves de lengua y cultura otomí, absorbidos por una inmensa mayoría nahua. La economía regional era tan variada como los paisajes, que no sólo eran lacustres pues también cubrían las laderas de las montañas circundantes. En suma, si bien no puede decirse que la Cuenca de México fuese un microcosmos de la compleja realidad mesoamericana, resumía algo de su unidad y diversidad así como de la tensión implícita en sus contradicciones. Es bien sabido que los españoles aprovecharon esta situación en su beneficio, y que la conquista, no menos contradictoria debido a su combinación de cambios y continuidades, liberó tensiones y propició reacomodos.

ARTÍCULO COMPLETO EN LA EDICIÓN IMPRESA

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Bernardo García Martínez. Doctor en historia; profesor de El Colegio de México. Autor de estudios sobre historia de los pueblos de indios, historia rural y geografía histórica. Ha publicado obras de síntesis sobre la historia y la geografía de México. Miembro del Comité Científico-Editorial de esta revista.

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NÚMERO 92
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