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Como bien afirmaba el
maestro Constantino Reyes-Valerio, quizá la conquista
espiritual del México antiguo fue aún más
perturbadora que la militar, porque significó la
total destrucción y aniquilamiento de un complejo
sistema de pensamiento que, por centurias, había
normado la vida social, moral y religiosa del indígena,
para imponer uno completamente ajeno y nuevo.
A pesar del esfuerzo y esmero de los religiosos por inculcar
y propagar la nueva fe cristiana, en la mente del indígena
no sólo se preservaron ciertos resabios de antiguas
creencias, sino que incluso se fusionaron con los nuevos
conceptos religiosos.
Para construir templos y conventos a lo largo y ancho
del territorio recién conquistado, los frailes
recurrieron a las habilidades de alarifes y artesanos
indígenas. Por ello no resulta extraño que
tanto en la arquitectura como en la escultura y la pintura
del siglo XVI se vislumbren de pronto algunos conceptos
indígenas. De hecho, hay en esas obras una peculiar
manera de expresión e interpretación temática
y, en no pocas ocasiones, se incluyeron en ciertas composiciones,
de manera sutil, elementos, símbolos e iconos de
la época prehispánica, los que son especialmente
abundantes en el Centro de México y más
bien escasos en Yucatán, aunque esta ausencia quizá
sea resultado de la notable carencia de este tipo de estudios
para el área maya.
El proyecto de evangelización en Yucatán
comenzó hacia 1544-1545. Los franciscanos establecieron
numerosas fundaciones, con un convento sede para atender
numerosas iglesias de visita o visitaciones. Una vez consolidadas,
se avanzaba hacia provincias cada vez más distantes
y, así, para 1559 la evangelización prácticamente
cubría toda la península y se había
constituido la provincia religiosa de San José
de Yucatán.
La vastedad del nuevo territorio y el escaso número
de sacerdotes obligó a la formación de un
cuerpo especial de auxiliares religiosos nativos, conocidos
como aj cambesaj o maestros cantores, indígenas
fieles a la doctrina que asistían a los padres
en la catequesis y daban atención en las numerosas
capillas de visita mediante cultos cotidianos sencillos.
Sin embargo, esta forma de organización fue causa
de una cada vez más aguda tendencia hacia la ortodoxia
cristiana y al sincretismo, en el que los cultos ancestrales
se mezclaban con las prácticas cristianas. Y es
que las raíces de la religión maya eran
muy profundas y estaban fuertemente arraigadas; así,
en vez de ser eficazmente erradicadas por los franciscanos,
afloraron y se manifestaron en diversos momentos, principalmente
a lo largo del siglo XVI y, sin duda alguna, el caso más
célebre es el episodio del auto de fe de Maní,
Yucatán.
TEXTO COMPLETO EN LA EDICIÓN
IMPRESA
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Luis Alberto Martos López. Arqueólogo y
doctor en antropología por la ENAH. Director de
Estudios Arqueológicos del INAH. Director del Proyecto
Arqueológico Plan de Ayutla. Ha trabajado en varios
proyectos en Yucatán, Campeche, Quintana Roo, Belice
y El Salvador, y ha publicado numerosos artículos
y tres libros. |