arqueología mexicana
LOS DIOSES DE LA LLUVIA

ÍNDICE 96  
Los dioses de la lluvia en Mesoamérica El culto a la lluvia en la Colonia
El dios de la lluvia olmeca El culto a las deidades de la lluvia, Guerrero
Personajes enmascarados, Oaxaca Ch’a Cháak. Plegaria por la lluvia
Chaac, la sacralidad del agua Imágenes de Tláloc en el muralismo
Tláloc, dios de la lluvia y de la Tierra ARQUEOLOGÍA: Ocotelulco a 19 años
Tláloc en El Tajín, Veracruz ARQUEOLOGÍA HISTÓRICA: Las páteras virreinales
Tláloc y las metáforas para hacer llover DOCUMENTOS: Primeros Memoriales
Aguas petrificadas, Tenochtitlán HISTORIAS DE LOS CÓDICES: El Códice Muro
Las fiestas del Posclásico a los dioses CUENTO HISTÓRICO : Águila perseguida

El culto a la lluvia en la Colonia
Los santos lluviosos
Eduardo Merlo Juárez

Los pueblos agrícolas de Mesoamérica requirieron, ya en la Nueva España, personajes que sustituyeran a las antiguas deidades del agua y de la lluvia, de ahí que algunos de los santos cristianos tomaran ese papel o lo continuaran desde el Viejo Mundo. La época colonial estuvo llena de devociones y cultos populares a los santos propiciadores de lluvias, y muchos de ellos continúan hasta nuestros días.

 

Santiago Apóstol fue el santo que los españoles adoptaron como su protector en España y en la conquista de América. En el evangelio de San Lucas, se le llama Boanerges, “Hijo del Trueno”, característica por la que se le asoció con el señor de la lluvia mesoamericano, quien controlaba el rayo y su trueno. Santiago Apóstol, templo de Tonantzintla, Puebla.
Foto: Marcela Aguilera

Los santos conquistadores y dominadores
Las primeras devociones cristianas en la historia surgieron ligadas a muy antiguas creencias en que las deidades de los cultos ancestrales tomaron cuerpo en las figuras de los santos católicos. Así, de los dioses babilonios, medos, persas, griegos, romanos, celtas, iberos, galos, germanos, vikingos, vándalos, hunos y de muchos otros grupos humanos, resultaron santos ligados a las necesidades más imperiosas, pues la naturaleza parecería requerir estas mediaciones para funcionar equilibradamente, sobre todo en lo concerniente a los regímenes agrícolas relacionados con las lluvias, las secas, las nevadas o las heladas.
Los campesinos, paralelamente a los principios dogmáticos y doctrinales, establecieron gradualmente cultos populares para resolver sus problemas apremiantes. No resulta extraño entonces que cuando la temporada de lluvias era ya excesiva y amenazaba los campos, se buscara la mediación de alguno de esos personajes para cumplir con los rituales establecidos desde tiempos inmemoriales, aunque revestidos de elementos cristianos, constituyendo un acervo cultural intrincado pero efectivo.
Todo ese cúmulo de creencias, mitos, cultos, actitudes y devociones pasó íntegramente al Nuevo Mundo, coincidiendo no pocas de esas manifestaciones con las que por estas tierras se acostumbraban, de tal manera que en un sincretismo relativamente acelerado, vinieron a quedar en un cuerpo de religiosidad popular que persiste de modo consistente hasta nuestros días.
En las naves de Hernán Cortés llegó la devoción a Santiago el Mayor, patrono y protector de España, principalmente para la reconquista de las tierras ocupadas por los musulmanes. El buen apóstol Jacobo o Yago, primo de Jesucristo, hermano de Juan e hijo de Salomé y de Zebedeo, fue llamado por el evangelista Lucas: Boanerges, palabra que significa “Hijo del Trueno”. Haciendo honor a ese apelativo, como un relámpago apareció milagrosamente en la batalla de Clavijo, a cuya vista huyeron despavoridos los moros, dando ánimos a las huestes cristianas para emprender una lucha denodada por la recuperación de la península y ganándose el mote de “Matamoros”.
Apenas empezó su aventura el capitán Cortés, cuando a decir de los propios conquistadores, el apóstol participó en los primeros encuentros bélicos, como en Centla, donde Bernal Díaz comenta que sus compañeros lo vieron salir en brioso y albo corcel, y arremeter contra los chontales, que estaban a punto de infligir una contundente derrota a los hispanos; la aparición milagrosa dio un vuelco a la lucha y don Hernán salió airoso. Afirma el “historiador verdadero” que algunos juraron que era Santiago, pero otros dijeron que era San Pedro; sin embargo, él no lo vio: “tal vez por ser pecador”.

TEXTO COMPLETO EN LA EDICIÓN IMPRESA

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Eduardo Merlo Juárez. Arqueólogo por la ENAH. Maestro en ciencias antropológicas por la UNAM. Investigador del Centro INAH Puebla. Catedrático de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla.


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