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Los
pueblos agrícolas de Mesoamérica
requirieron, ya en la Nueva España, personajes
que sustituyeran a las antiguas deidades del agua
y de la lluvia, de ahí que algunos de los
santos cristianos tomaran ese papel o lo continuaran
desde el Viejo Mundo. La época colonial
estuvo llena de devociones y cultos populares
a los santos propiciadores de lluvias, y muchos
de ellos continúan hasta nuestros días.
Santiago Apóstol fue el santo
que los españoles adoptaron como su protector
en España y en la conquista de América.
En el evangelio de San Lucas, se le llama Boanerges,
“Hijo del Trueno”, característica
por la que se le asoció con el señor
de la lluvia mesoamericano, quien controlaba el
rayo y su trueno. Santiago Apóstol, templo
de Tonantzintla, Puebla.
Foto: Marcela Aguilera |
Los
santos conquistadores y dominadores
Las primeras devociones cristianas en la historia surgieron
ligadas a muy antiguas creencias en que las deidades
de los cultos ancestrales tomaron cuerpo en las figuras
de los santos católicos. Así, de los dioses
babilonios, medos, persas, griegos, romanos, celtas,
iberos, galos, germanos, vikingos, vándalos,
hunos y de muchos otros grupos humanos, resultaron santos
ligados a las necesidades más imperiosas, pues
la naturaleza parecería requerir estas mediaciones
para funcionar equilibradamente, sobre todo en lo concerniente
a los regímenes agrícolas relacionados
con las lluvias, las secas, las nevadas o las heladas.
Los campesinos, paralelamente a los principios dogmáticos
y doctrinales, establecieron gradualmente cultos populares
para resolver sus problemas apremiantes. No resulta
extraño entonces que cuando la temporada de lluvias
era ya excesiva y amenazaba los campos, se buscara la
mediación de alguno de esos personajes para cumplir
con los rituales establecidos desde tiempos inmemoriales,
aunque revestidos de elementos cristianos, constituyendo
un acervo cultural intrincado pero efectivo.
Todo ese cúmulo de creencias, mitos, cultos,
actitudes y devociones pasó íntegramente
al Nuevo Mundo, coincidiendo no pocas de esas manifestaciones
con las que por estas tierras se acostumbraban, de tal
manera que en un sincretismo relativamente acelerado,
vinieron a quedar en un cuerpo de religiosidad popular
que persiste de modo consistente hasta nuestros días.
En las naves de Hernán Cortés llegó
la devoción a Santiago el Mayor, patrono y protector
de España, principalmente para la reconquista
de las tierras ocupadas por los musulmanes. El buen
apóstol Jacobo o Yago, primo de Jesucristo, hermano
de Juan e hijo de Salomé y de Zebedeo, fue llamado
por el evangelista Lucas: Boanerges, palabra que significa
“Hijo del Trueno”. Haciendo honor a ese
apelativo, como un relámpago apareció
milagrosamente en la batalla de Clavijo, a cuya vista
huyeron despavoridos los moros, dando ánimos
a las huestes cristianas para emprender una lucha denodada
por la recuperación de la península y
ganándose el mote de “Matamoros”.
Apenas empezó su aventura el capitán Cortés,
cuando a decir de los propios conquistadores, el apóstol
participó en los primeros encuentros bélicos,
como en Centla, donde Bernal Díaz comenta que
sus compañeros lo vieron salir en brioso y albo
corcel, y arremeter contra los chontales, que estaban
a punto de infligir una contundente derrota a los hispanos;
la aparición milagrosa dio un vuelco a la lucha
y don Hernán salió airoso. Afirma el “historiador
verdadero” que algunos juraron que era Santiago,
pero otros dijeron que era San Pedro; sin embargo, él
no lo vio: “tal vez por ser pecador”.
TEXTO COMPLETO EN LA
EDICIÓN IMPRESA
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• Eduardo Merlo Juárez.
Arqueólogo por la ENAH. Maestro en ciencias antropológicas
por la UNAM. Investigador del Centro INAH Puebla. Catedrático
de la Benemérita Universidad Autónoma
de Puebla y de la Universidad Popular Autónoma
del Estado de Puebla.