Personajes
enmascarados
El rayo, el trueno y la
lluvia en Oaxaca
Leonardo López
Luján
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Vasija efigie con la representación
de Cociyo ofrendando una ollita de la que brota,
al centro, el maíz tierno y chorros de
agua con ojos de lagarto, que desbordan por los
lados. Encima del rostro aparece el glifo C (lluvia)
y de sus orejeras cuelgan espigas de maíz
maduro. Aunque está incompleta, la urna
mide 60 cm de altura y tiene restos de cinabrio.
Procedencia desconocida. MNA.
Foto: boris de swan / Raíces |
En
el complicado mosaico socio-lingüístico
que conforma el suroeste de Mesoamérica, las
deidades de la lluvia tenían sus propios epítetos:
Dzavui en mixteco, Chjoón-maje en mazateco, Tyoo
en chatino, Cociyo en zapoteco (Se escribe Cociyo, no
Cocijo, para representar más fielmente la fonética
del zapoteco, en el que no existe el sonido español
de la j. En el siglo XVI la j se empleaba para indicar
una i larga.). La etimología de estos nombres
se deriva de las palabras para “nubes”,
“rayo” y “lluvia”. Tan central
fue el culto a la lluvia en la antigua Oaxaca que varios
grupos usaban el término como gentilicio. Los
vocablos “zapoteco” y “mixteco”
son ya una hispanización de nombres nahuas, pero
gente de la región se autodenomina bènizàa
y ñuu dzavui: “la gente de las nubes”,
“la gente de la lluvia”.
En la primera mitad del siglo XX, Wilfrido Cruz recogió
en Oaxaca un relato que evidencia la persistencia de
una concepción cuatripartita del cosmos, en la
cual el dios de la lluvia desempeña un papel
central. El inicio del relato cuenta que:
…en la cumbre
de una montaña vivía desde antes del amanecer
del mundo el Viejo Rayo de fuego, Cocijoguí.
Era el rey y señor de todos los rayos grandes
y pequeños. Al pie de su trono deslumbrante tenía
bajo su custodia cuatro inmensas ollas de barro donde
guardaba encerrados, en una, a las nubes; en la otra,
al agua; en la tercera, al granizo, y en la cuarta,
al aire. Cada una de estas ollas, a su vez, estaba vigilada
por un rayo menor en forma de chintete o lagartija.
El resto del relato
narra cómo a petición de la gente de ese
entonces, el gran relámpago revela sus proezas
ordenándole primero al rayo menor, Cocijozáa,
liberar las nubes, y luego a Cocijoniza desatar la lluvia,
seguido del tercero, quien arrojó el hielo y
el granizo. Desesperada, la gente le pidió al
sol que intercediera. Así, el Viejo Rayo de Fuego
le pidió al cuarto rayo menor, Cocijopí,
sacar al viento de su olla para que disipara las nubes
y la tormenta.
Más de dos milenios antes, la elite de la antigua
comunidad de San José Mogote, en los Valles Centrales
de Oaxaca, dejó testimonio material del mismo
relato al depositar bajo un templo construido sobre
una plataforma monumental, una ofrenda que recrea el
papel dador de la lluvia. En un rito primordial, un
ancestro masculino que personifica a la deidad aparece
en el acto de romper con el rayo la troje que contiene
el maíz, y ayudado por cuatro mujeres que lo
acompañan, lo diseminan a los cuatro rumbos para
alimentar a los seres humanos. Así, la gran edificación
en San José Mogote debió concebirse simbólicamente
como el gran Cerro del Sustento.
La ofrenda nos da además una pauta para comprender
la concepción genérica dual de la divinidad.
Se trata de una hierogamia (unión entre divinidades)
en la que el papel complementario de la mujer y el hombre
se trasponen al ámbito sacro. La ofrenda nos
habla también de la preocupación central
en la antigua ideología por mantener un equilibrio
ante el portentoso devenir de la naturaleza. El éxito
de una economía agraria dependía de la
constante reiteración ritual, incluida la inmolación
humana y de animales, para pedir la buena lluvia y alejar
la tormenta y el granizo que destruye la cosecha o que
enmohece y pudre el maíz. La apropiación
de ese conocimiento privilegiado fue un catalizador
que promovía la desigualdad social. El gobernante
cargaba con la responsabilidad de interceder ante la
divinidad, y sus sujetos lo tomaban como un benefactor.
TEXTO COMPLETO EN LA
EDICIÓN IMPRESA
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• Javier Urcid Serrano. Doctor
en antropología por la Universidad de Yale. Profesor
asociado en el Departamento de Antropología de
la Universidad de Brandeis, Boston, Massachussets.
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