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La
cosmovisión mexica concebía que
la realidad divina estaba traslapada en el espacio
de las criaturas, se creía en una doble
naturaleza del tiempo y del espacio. Por una parte,
existía el tiempo-espacio original y ajeno
(“anecúmeno”), poblado por
seres “sobrenaturales”: los dioses,
las fuerzas, los muertos; por la otra, estaba
el tiempo-espacio causado, propio (“ecúmeno”),
el mundo creado por los dioses y habitado por
las criaturas: los hombres, los animales, las
plantas, los minerales, los meteoros, los astros.
Por milenios, los mesoamericanos
observaron la inconmensurable diversidad del mundo;
supieron de la existencia de fuerzas imperceptibles
que provocaban los cambios; esperaron la llegada
de lo previsible y se previnieron contra lo imprevisto;
clasificaron las cosas y descubrieron la regularidad
de su reproducción. La fecha 2 acátl
(a) indicaba el inicio de un nuevo siglo mexica.
Teocalli de la Guerra Sagrada. Centro de México.
MNA.
Foto: Marco Antonio Pacheco
/ Raíces |
Quien
contempla el cosmos admira su propia proyección.
Derecha e izquierda siguen el eje de su cuerpo;el fuego
alumbra a la medida de sus ojos; son sus temores los
que moldean los hados y sus palpitaciones las que acompasan
la música de las estrellas. Quien contempla el
cosmos ve proyecciones de sus ancestros, de sus contemporáneos,
de su futura descendencia. Quien contempla el cosmos
ve su propia, privada, íntima proyección:
su obra.
La
cosmovisión en la vida cotidiana
Para adentrarnos en el estudio de la cosmovisión
de un pueblo es necesario que reflexionemos no sólo
en el contenido de dicho sistema de pensamiento, sino
en su origen y utilización. Cuando pensamos en
su origen, por lo regular damos un valor excesivo a
la especulación de los sabios y los iluminados,
sin tomar en cuenta que los méritos corresponden
a una inmensa multitud de autores anónimos que,
día con día, a lo largo de los siglos,
van transformando, sin saberlo, la forma de percibir
y concebir el mundo.
En efecto, todos construimos la cosmovisión.
Lo hacemos constantemente, en los más diversos
ámbitos de nuestras acciones y reflexiones. Nuestra
colaboración es en buena parte racional; pero,
paradójicamente, no somos conscientes de ella.
Al externar nuestras ideas, al recibir las de nuestros
semejantes, participamos en un proceso milenario de
selección, abstracción y sistematización
del pensamiento. En cada uno de nuestros diálogos
elegimos vías lógicas de comunicación
y formulamos, también lógicamente, nuestros
juicios, opiniones, propuestas y argumentos. Los diálogos,
inmensamente multiplicados en la colectividad, contrastados,
depurados por la lógica, se van incrustando en
el gran sistema que llamamos cosmovisión, y el
producto va cargado de la historia que nos transforma
cada día. Esto produce una paradoja más:
la cosmovisión, formada en la tradición
de siglos y siglos, nunca está completa, nunca
está terminada, porque la historia la modifica
constantemente. El antiquísimo saber ha de vivir
al día. ¿Por qué? Simplemente porque
usamos la cosmovisión: de ella derivan las formas
de percepción, las guías de acción,
las normas de conducta, las estructuras de pensamiento,
todo en el juego de la sabiduría de la tradición,
de la adaptación al presente y de los proyectos
de la vida futura. ¿Quién la posee? Ningún
sabio, en ninguna época de la humanidad, ha sido
capaz de abarcar el conocimiento de su tiempo. Cada
creador-usuario posee un valioso segmento, y todos los
segmentos se articulan para formar el gran conjunto
de ideas. ¿Significa esto que todos los miembros
de una colectividad tienen un segmento absolutamente
concordante con los demás? No, y aquí
estaríamos ante una tercera paradoja: el conjunto
no es sólo un complejo dialécticamente
articulado, sino que es precisamente su conformación
la que permite el diálogo social total, de la
mayor armonía a la mayor discrepancia. La cosmovisión
no es sólo una construcción de todos:
es la palestra.
La
cosmovisión de un pueblo mesoamericano
Es frecuente escuchar que cuando los mexicas se establecieron
en el siglo XIV de nuestra era en la cuenca lacustre,
su nivel de desarrollo era el de recolectores-cazadores,
ajenos a la cultura mesoamericana. La idea de su primitivismo
inicial forma parte de un patrón de leyendas
de origen, repetido por otros muchos pueblos de la época;
pero no corresponde a la realidad histórica.
Los mexicas eran un pueblo pobre que buscaba un territorio
propicio en el cual establecerse; pero eran mesoamericanos,
esto es, cultural y lingüísticamente estaban
emparentados con otros pueblos que gozaban de mejor
situación en el contexto político que
los recibía. Pertenecían, por tanto, a
una remota tradición que se había originado
milenios atrás con los primeros pueblos agricultores
de este territorio; su pensamiento era resultado de
una larga transformación de sociedades que, de
un estadio de aldeas incipientes, se habían desarrollado
hasta constituir estados poderosos. Si bien cada pueblo
poseía sus dioses patronos y sus cultos particulares,
el panteón, la mitología, el ritual y
las creencias sobre el funcionamiento del mundo concordaban
en sus elementos nucleares. Por esta razón debemos
entender al pueblo mexica, desde mucho antes de la fundación
de su capital, Mexico-Tenochtitlan, como un componente
más del orden cultural al que habían pertenecido
los primeros cultivadores de maíz: los pueblos
del Preclásico que perfeccionaron las técnicas
agrícolas; los olmecas; los creadores del calendario,
de la astronomía y de la escritura; los zapotecos,
teotihuacanos y mayas del Clásico; los aguerridos
toltecas y, en resumen, muchos otros pueblos que habían
participado en la construcción de una muy particular
concepción del cosmos. Sin embargo, como todos
los demás pueblos mesoamericanos, no fueron meros
herederos. Al pertenecer a la tradición milenaria,
enriquecieron con su propia historia aquella visión
del mundo y llevaron su pensamiento para enfrentarlo
o entrelazarlo hasta donde alcanzaron a llegar sus guerreros
y sus comerciantes.
TEXTO COMPLETO EN LA EDICIÓN IMPRESA
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Alfredo López
Austin. Investigador del Instituto de Investigaciones
Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma
de México.
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