Empieza
La geometría cósmica
La lucha de los opuestos, los ciclos de la existencia,
la separación y la intercomunicación del
ecúmeno y el anecúmeno requieren de un
gran aparato que regule el movimiento. El mesoamericano
imaginó este aparato como un gigantesco cuerpo
geométrico. Tres grandes segmentos horizontales
marcan la capas del espacio subterráneo (Chicnauhmictlan),
la superficie terrestre con sus cielos próximos
(Tlaltícpac) y los cielos superiores (Chicnauhtopan).
Son nueve las capas del espacio inferior, cuatro los
cielos bajos de las criaturas y nueve los cielos altos.
Recurriendo a los números sagrados, la fórmula
sería 9 + 4 + 9 o, si se toma como base la superficie
de la tierra, 9 + 13, correspondiendo el primer número
a lo femenino y el segundo a lo masculino. Los cielos
altos son exclusivos de los dioses; en los cielos bajos
están los caminos de los astros.
Las capas de los tres grandes segmentos son traspasadas
por el axis mundi, columna en que se produce el flujo
de los opuestos complementarios. Con frecuencia la columna
está representada por el abrazo de la corriente
fría del agua que asciende del Lugar de la Muerte
y la corriente de fuego que desciende de los cielos
superiores. Son dos cuerpos alargados que giran enlazándose
como un torzal, el malinalli.
El axis mundi es un elemento complejo: en su base se
encuentra el frío Mictlan, Lugar de la Muerte.
Sobre éste, el Tlalocan aparece como un gran
recipiente que guarda los meteoros (lluvias, granizo,
rayos), las aguas que formarán los manantiales,
las fuerzas de la germinación y las “semillas-corazones”.
Estas últimas son las sustancias divinas de los
individuos muertos que esperan, bajo la tierra, la oportunidad
de surgir de nuevo a la superficie. El Tlalocan está
cubierto por una capa pétrea que es la cubierta
del Monte Sagrado. Sobre el monte se yergue el Árbol
Florido –algunas veces representado con dos tron-cos
que se retuercen uno sobre otro–, cuyas ramas
penetran en los cielos altos.
El axis mundi se proyectó hacia los cuatro rumbos,
reproduciéndose en los extremos como árboles
o columnas que separan el inframundo de los cielos superiores.
Sin embargo, sus cuerpos son huecos, y el interior es
el camino que recorren dioses y fuerzas para trasladarse
a los distintos planos. Cada una de las cuatro proyecciones
adquirió un carácter distintivo, mismo
que los mexicas simbolizaron con colores: fue rojo el
árbol del oriente; blanco el del occidente; negro
el del norte, y azul el del sur. El centro, el axis
mundi, recibió como propio el color verde.
Con esta construcción básica se explicaron
los ciclos. Pongamos como ejemplos el ciclo de vida-muerte
y el ciclo del tiempo. Cuando una criatura es destruida
o fallece –sea el caso el de un ser humano–
la interioridad divina se libera de la cubierta pesada
y viaja al Lugar de la Muerte. El camino es penoso;
los sufrimientos limpian a la entidad liberada de toda
su historia individual, y cuando llega a la parte más
profunda de aquel sitio helado es ya una sustancia sin
vestigio de su anterior paso por el mundo. Sube entonces
como semilla al gran repositorio del Tlalocan, y allí
aguarda a que los dioses supremos la hagan ascender
por el tronco del Árbol Florido para desde él
lanzarla y depositarla, de nuevo, en el vientre de una
nueva madre.
Por lo que toca al tiempo, los mesoamericanos lo concibieron
desde épocas remotas como dioses que viajan al
mundo, transforman todo a su paso y regresan a su espacio
anecuménico. La sucesión de los dioses
está ordenada estrictamente. El orden es el calendárico.
Tomemos como ejemplo la formación de los días:
cada uno se integra, en el interior de uno de los cuatro
árboles cósmicos con la unión de
dos dioses procedentes de dos conjuntos diferentes.
Uno de los conjuntos tiene dioses-tiempos con nombres
de número, del 1 al 13. El otro está formado
por 20 dioses, a los que los mexicas denominaban cocodrilo,
viento, casa, lagartija, serpiente, muerte, venado,
conejo, agua, perro, mono, hierba torcida, caña,
jaguar, águila, buitre, movimiento, cuchillo
de pedernal, lluvia y flor. La unión de dos dioses
forma un nuevo dios: el día. Las combinaciones
posibles son 260, lo que marca las dimensiones del ciclo
adivinatorio. Así, el día –el dios–
1 Cocodrilo saldrá por el árbol rojo del
oriente, y lo seguirán el 2 Viento por el árbol
negro del norte, el 3 Casa por el árbol blanco
del occidente, el 4 Lagartija por el árbol azul
del sur, el 5 Serpiente nuevamente por el árbol
rojo del este, y así sucesivamente hasta llegar
a la última de las combinaciones posibles, el
día 13 Flor, que saldrá por el árbol
del sur, y al que seguirá el 1 Cocodrilo del
siguiente ciclo. Del talante que resulte de la combinación
de los dos dioses formadores dependerá el destino
de las criaturas en ese día.
La constitución
del hombre
Los mexicas concebían al ser humano como un conglomerado
de elementos cuya interrelación no sólo
explicaba sus funciones fisiológicas y mentales,
sino los vínculos del individuo con su entorno
familiar y social, sus relaciones con los dioses, sus
posibilidades de actuar frente a la sobrenaturaleza
tanto en el ecúmeno como en el anecúmeno,
y las transformaciones que sufría el hombre a
lo largo de su existencia y en el camino al más
allá. Sintéticamente puede afirmarse que
al cuerpo de materia pesada y perceptible se sumaban
numerosas entidades anímicas, que pueden ser
consideradas tanto formadoras del ser humano como contingentes.
Las entidades formadoras pueden dividirse en dos clases:
la identitaria y las que proporcionaban al hombre sus
características individuales. La primera era
el teyolía, ubicado en el corazón. Era
la entidad anímica que el grupo humano había
recibido del dios patrono, y por lo tanto, la base de
los sentimientos, los derechos y las obligaciones propias
de la pertenencia grupal. Como se vio anteriormente,
esto tiene que ser apreciado en la relatividad de la
dimensión patronal, lo que va de la calidad humana,
adquirida por pertenecer a la especie, a las calidades
particularidades de los niveles grupales más
pequeños. En esta entidad anímica radicaban
las principales funciones vitales, intelectuales y afectivas.
El teyolía sólo dejaba el cuerpo a la
muerte del individuo. Era, además, la entidad
que viajaba al más allá después
del fallecimiento.
Sigamos con las otras entidades formadoras que, a diferencia
de la identitaria, proporcionaban la particularidad
individual a cada hombre. Una de ellas, el tonalli,
se alojaba principalmente en la cabeza; la otra, el
ihíyotl, en el hígado. El tonalli vinculaba
al individuo con las fuerzas sobrenaturales externas,
entre ellas las del destino, mientras que del ihíyotl
dependía su vigor físico y buena parte
de sus pasiones y sentimientos.
Ambas entidades no sólo podían salir total
o parcialmente del cuerpo, sino que, libres de la cubierta
pesada, en ocasiones permitían al individuo traspasar
los umbrales que comunicaban ecúmeno con anecúmeno.
Las entidades anímicas contingentes eran numerosas
y muy diversas. Algunas transitaban por el cuerpo; otras
se establecían en él de manera más
o menos permanente, provocando estados anómalos
pasajeros o posesiones definitivas.
Algunas de las entidades permanentes otorgaban grandes
poderes a la persona. Numerosos gobernantes, místicos
y sacerdotes se consideraban vasos mundanos de algún
dios. Entre los invasores comunes destacaban los dioses-tiempo,
quienes influían en lo más profundo de
la naturaleza del individuo. Muchos males –la
artritis, por ejemplo– se concebían como
el dañino alojamiento de pequeños dioses
en diversas partes del cuerpo. La ebriedad era la intrusión
de algún dios del pulque, y por este tenor se
explicaban la libido, la inspiración artística,
la locura y aun la irracionalidad homicida.
Ya que no sólo el ser humano sino todas las criaturas
llevaban en su interior las porciones de los dioses
creadores de sus clases, éste tenía la
posibilidad de relacionarse con los seres mundanos.
Así, se creía que los procedimientos mágicos
permitían el diálogo del hombre con el
resto de las criaturas. Superados los obstáculos
de su cobertura pesada y perceptible, el mago se dirigía
a las entidades divinas de su entorno con la intención
de convencerlas, disuadirlas o atemorizarlas. Por ello,
hablaba a las enfermedades, a los medicamentos, a las
plantas, a los árboles, a los animales, a los
dioses mayores, en el más amplio ámbito
de personificación.

Los mexicas usaron la fe en los dioses y el ritual del
sacrificio como justificación para avasallar
a sus contemporáneos. No fueron los únicos
que, con el pretexto de cumplir una misión divina,
llevaron el terror a los pueblos más débiles.
Pero no puede negarse que la exacerbación del
sacrificio humano los marcó históricamente.
Los mexicas dijeron ser el pueblo del Sol y los responsables
de salvaguardar la continuidad del mundo. Los sacrificios
humanos alcanzaron en su tiempo enormes proporciones.
Huitzilopochtli se hartó de sangre y de corazones
al paso del hartazgo de la nobleza mexica. Conquistas
de los mexicas en la Piedra de Moctezuma I. Centro de
México. MNA. Foto: Austín
Uzárraga / Raíces
La
misión del hombre, la misión de un pueblo
Entre toda la creación, el hombre era el elegido
para entablar los más estrechos vínculos
con la sobrenaturaleza. Su arquetipo había sido
una pareja de dioses ancianos, Oxomoco y Cipactónal,
caracterizada por la distinción sexual, las facultades
intelectuales, sus atributos laborales y sus conocimientos
mágicos y adivinatorios. Con este arquetipo,
los mexicas reiteraban que los dioses habían
creado al hombre para establecer una correlación
entre dos tipos de trabajo: la obra divina y la humana,
recíprocamente imprescindibles.
La concepción de la dinámica cósmica
como la lucha constante entre las fuerzas opuestas y
complementarias implicaba la fatiga que daba lugar a
los ciclos. Los dioses se agotaban al mover el mundo;
era necesario que los fieles les entregaran el alimento
indispensable para la reposición de sus fuerzas.
El alimento de los dioses debía ser el más
preciado: las primicias de las cosechas y la vida de
los animales, pero también los corazones y la
sangre de los hombres. Sólo con estos bienes
podía garantizarse la continuidad de un mundo
destinado a la desaparición.
La terrible carga de la ofrenda de vidas humanas había
sido una remota herencia de los antiguos agricultores.
Los mexicas estaban inscritos en una tradición
que los constreñía a pagar el duro tributo.
Los rituales de occisión ritual obedecían
principalmente a dos razones: por una parte, llanamente,
servían para pagar a los dioses por la vida,
por las lluvias, por la fecundidad de las plantas, por
la salud de los pueblos, por la sucesión benigna
de los acontecimientos, por la continuidad del mundo;
pero, además, se creía indispensable que
los dioses mismos reprodujeran el episodio que los había
inscrito en el ciclo de la vida y de la muerte. Los
dioses debían morir al concluir su ciclo para
volver a nacer con las fuerzas renovadas en el Lugar
de la Muerte. En el primer caso las víctimas
se convertían en materia nutricia; en el segundo,
eran vasos que los dioses ocupaban para recibir la muerte:
los hombres eran convertidos ritualmente en semejanzas
divinas y cumplían como víctimas la función
de remitir al dios poseedor al Lugar de la Muerte.
Sin embargo, la terrible carga se distorsionó
cuando la historia transformó a los pobres cazadores
lacustres que llegaron a la cuenca en el pueblo hegemónico
que llevó sus conquistas de mar a mar. Los mexicas
usaron la fe en los dioses y el ritual del sacrificio
como justificación para avasallar a sus contemporáneos.
No fueron los únicos que, con el pretexto de
cumplir una misión divina, llevaron el terror
a los pueblos más débiles. Otros los antecedieron
–los toltecas, los mayas de Chichén Itzá–;
otros los emularon en su tiempo –los tarascos–;
hoy siguen los mismos pasos quienes, en nombre de un
dios y con la excusa de perseguir al Mal, siembran la
muerte en el mundo. Pero no puede negarse que la exacerbación
del sacrificio humano los marcó históricamente.
Los mexicas dijeron ser el pueblo del Sol y los responsables
de salvaguardar la continuidad del mundo. Los sacrificios
humanos alcanzaron en su tiempo enormes proporciones.
Huitzilopochtli se hartó de sangre y de corazones
al paso del hartazgo de la nobleza mexica. Como antes,
como hoy –en México, en el mundo–,
la religión sirvió a los poderosos para
dominar y oprimir a los débiles. Como antes,
como hoy, los mexicas tuvieron la soberbia de considerarse
auxiliares indispensables de dioses que por sí
mismos no podían cumplir sus designios. Alfredo
López Austin. Investigador del Instituto de Investigaciones
Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma
de México.
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Alfredo López
Austin. Investigador del Instituto de Investigaciones
Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma
de México.