VISITA OTRAS PÁGINAS

LA religión mexica

ÍNDICE 91  
DOSIER: La religión mexica HIST. DE ARQUEOLOGÍA: El peregrinar la Piedra del Sol
Los mexicas ante el cosmos ARQUEOLOGÍA: El arte rupestre, Guanajuato
El mundo sobrenatural ANTROPOLOGÍA FÍSICA: El cuerpo humano
Los “2 000 dioses” de los mexicas PIEZA: Espina con inscripción de Comalcalco
Ochpaniztli. La fiesta de las siembras MITOS Y CUENTOS: Nuestro Abuelo el fuego
Historia sobre religión mexica DOCUMENTOS: Códice Madrid
La cosmovisión de los nahuas CONCURSO: La sangre y el oro

Los mexicas ante el cosmos
Alfredo López Austin

Para Martha Rosario

Empieza

La geometría cósmica
La lucha de los opuestos, los ciclos de la existencia, la separación y la intercomunicación del ecúmeno y el anecúmeno requieren de un gran aparato que regule el movimiento. El mesoamericano imaginó este aparato como un gigantesco cuerpo geométrico. Tres grandes segmentos horizontales marcan la capas del espacio subterráneo (Chicnauhmictlan), la superficie terrestre con sus cielos próximos (Tlaltícpac) y los cielos superiores (Chicnauhtopan). Son nueve las capas del espacio inferior, cuatro los cielos bajos de las criaturas y nueve los cielos altos. Recurriendo a los números sagrados, la fórmula sería 9 + 4 + 9 o, si se toma como base la superficie de la tierra, 9 + 13, correspondiendo el primer número a lo femenino y el segundo a lo masculino. Los cielos altos son exclusivos de los dioses; en los cielos bajos están los caminos de los astros.
Las capas de los tres grandes segmentos son traspasadas por el axis mundi, columna en que se produce el flujo de los opuestos complementarios. Con frecuencia la columna está representada por el abrazo de la corriente fría del agua que asciende del Lugar de la Muerte y la corriente de fuego que desciende de los cielos superiores. Son dos cuerpos alargados que giran enlazándose como un torzal, el malinalli.
El axis mundi es un elemento complejo: en su base se encuentra el frío Mictlan, Lugar de la Muerte. Sobre éste, el Tlalocan aparece como un gran recipiente que guarda los meteoros (lluvias, granizo, rayos), las aguas que formarán los manantiales, las fuerzas de la germinación y las “semillas-corazones”. Estas últimas son las sustancias divinas de los individuos muertos que esperan, bajo la tierra, la oportunidad de surgir de nuevo a la superficie. El Tlalocan está cubierto por una capa pétrea que es la cubierta del Monte Sagrado. Sobre el monte se yergue el Árbol Florido –algunas veces representado con dos tron-cos que se retuercen uno sobre otro–, cuyas ramas penetran en los cielos altos.
El axis mundi se proyectó hacia los cuatro rumbos, reproduciéndose en los extremos como árboles o columnas que separan el inframundo de los cielos superiores. Sin embargo, sus cuerpos son huecos, y el interior es el camino que recorren dioses y fuerzas para trasladarse a los distintos planos. Cada una de las cuatro proyecciones adquirió un carácter distintivo, mismo que los mexicas simbolizaron con colores: fue rojo el árbol del oriente; blanco el del occidente; negro el del norte, y azul el del sur. El centro, el axis mundi, recibió como propio el color verde.
Con esta construcción básica se explicaron los ciclos. Pongamos como ejemplos el ciclo de vida-muerte y el ciclo del tiempo. Cuando una criatura es destruida o fallece –sea el caso el de un ser humano– la interioridad divina se libera de la cubierta pesada y viaja al Lugar de la Muerte. El camino es penoso; los sufrimientos limpian a la entidad liberada de toda su historia individual, y cuando llega a la parte más profunda de aquel sitio helado es ya una sustancia sin vestigio de su anterior paso por el mundo. Sube entonces como semilla al gran repositorio del Tlalocan, y allí aguarda a que los dioses supremos la hagan ascender por el tronco del Árbol Florido para desde él lanzarla y depositarla, de nuevo, en el vientre de una nueva madre.
Por lo que toca al tiempo, los mesoamericanos lo concibieron desde épocas remotas como dioses que viajan al mundo, transforman todo a su paso y regresan a su espacio anecuménico. La sucesión de los dioses está ordenada estrictamente. El orden es el calendárico. Tomemos como ejemplo la formación de los días: cada uno se integra, en el interior de uno de los cuatro árboles cósmicos con la unión de dos dioses procedentes de dos conjuntos diferentes. Uno de los conjuntos tiene dioses-tiempos con nombres de número, del 1 al 13. El otro está formado por 20 dioses, a los que los mexicas denominaban cocodrilo, viento, casa, lagartija, serpiente, muerte, venado, conejo, agua, perro, mono, hierba torcida, caña, jaguar, águila, buitre, movimiento, cuchillo de pedernal, lluvia y flor. La unión de dos dioses forma un nuevo dios: el día. Las combinaciones posibles son 260, lo que marca las dimensiones del ciclo adivinatorio. Así, el día –el dios– 1 Cocodrilo saldrá por el árbol rojo del oriente, y lo seguirán el 2 Viento por el árbol negro del norte, el 3 Casa por el árbol blanco del occidente, el 4 Lagartija por el árbol azul del sur, el 5 Serpiente nuevamente por el árbol rojo del este, y así sucesivamente hasta llegar a la última de las combinaciones posibles, el día 13 Flor, que saldrá por el árbol del sur, y al que seguirá el 1 Cocodrilo del siguiente ciclo. Del talante que resulte de la combinación de los dos dioses formadores dependerá el destino de las criaturas en ese día.

La constitución del hombre
Los mexicas concebían al ser humano como un conglomerado de elementos cuya interrelación no sólo explicaba sus funciones fisiológicas y mentales, sino los vínculos del individuo con su entorno familiar y social, sus relaciones con los dioses, sus posibilidades de actuar frente a la sobrenaturaleza tanto en el ecúmeno como en el anecúmeno, y las transformaciones que sufría el hombre a lo largo de su existencia y en el camino al más allá. Sintéticamente puede afirmarse que al cuerpo de materia pesada y perceptible se sumaban numerosas entidades anímicas, que pueden ser consideradas tanto formadoras del ser humano como contingentes.
Las entidades formadoras pueden dividirse en dos clases: la identitaria y las que proporcionaban al hombre sus características individuales. La primera era el teyolía, ubicado en el corazón. Era la entidad anímica que el grupo humano había recibido del dios patrono, y por lo tanto, la base de los sentimientos, los derechos y las obligaciones propias de la pertenencia grupal. Como se vio anteriormente, esto tiene que ser apreciado en la relatividad de la dimensión patronal, lo que va de la calidad humana, adquirida por pertenecer a la especie, a las calidades particularidades de los niveles grupales más pequeños. En esta entidad anímica radicaban las principales funciones vitales, intelectuales y afectivas. El teyolía sólo dejaba el cuerpo a la muerte del individuo. Era, además, la entidad que viajaba al más allá después del fallecimiento.
Sigamos con las otras entidades formadoras que, a diferencia de la identitaria, proporcionaban la particularidad individual a cada hombre. Una de ellas, el tonalli, se alojaba principalmente en la cabeza; la otra, el ihíyotl, en el hígado. El tonalli vinculaba al individuo con las fuerzas sobrenaturales externas, entre ellas las del destino, mientras que del ihíyotl dependía su vigor físico y buena parte de sus pasiones y sentimientos.
Ambas entidades no sólo podían salir total o parcialmente del cuerpo, sino que, libres de la cubierta pesada, en ocasiones permitían al individuo traspasar los umbrales que comunicaban ecúmeno con anecúmeno.
Las entidades anímicas contingentes eran numerosas y muy diversas. Algunas transitaban por el cuerpo; otras se establecían en él de manera más o menos permanente, provocando estados anómalos pasajeros o posesiones definitivas.
Algunas de las entidades permanentes otorgaban grandes poderes a la persona. Numerosos gobernantes, místicos y sacerdotes se consideraban vasos mundanos de algún dios. Entre los invasores comunes destacaban los dioses-tiempo, quienes influían en lo más profundo de la naturaleza del individuo. Muchos males –la artritis, por ejemplo– se concebían como el dañino alojamiento de pequeños dioses en diversas partes del cuerpo. La ebriedad era la intrusión de algún dios del pulque, y por este tenor se explicaban la libido, la inspiración artística, la locura y aun la irracionalidad homicida.
Ya que no sólo el ser humano sino todas las criaturas llevaban en su interior las porciones de los dioses creadores de sus clases, éste tenía la posibilidad de relacionarse con los seres mundanos. Así, se creía que los procedimientos mágicos permitían el diálogo del hombre con el resto de las criaturas. Superados los obstáculos de su cobertura pesada y perceptible, el mago se dirigía a las entidades divinas de su entorno con la intención de convencerlas, disuadirlas o atemorizarlas. Por ello, hablaba a las enfermedades, a los medicamentos, a las plantas, a los árboles, a los animales, a los dioses mayores, en el más amplio ámbito de personificación.


Los mexicas usaron la fe en los dioses y el ritual del sacrificio como justificación para avasallar a sus contemporáneos. No fueron los únicos que, con el pretexto de cumplir una misión divina, llevaron el terror a los pueblos más débiles. Pero no puede negarse que la exacerbación del sacrificio humano los marcó históricamente. Los mexicas dijeron ser el pueblo del Sol y los responsables de salvaguardar la continuidad del mundo. Los sacrificios humanos alcanzaron en su tiempo enormes proporciones. Huitzilopochtli se hartó de sangre y de corazones al paso del hartazgo de la nobleza mexica. Conquistas de los mexicas en la Piedra de Moctezuma I. Centro de México. MNA. Foto: Austín Uzárraga / Raíces

La misión del hombre, la misión de un pueblo
Entre toda la creación, el hombre era el elegido para entablar los más estrechos vínculos con la sobrenaturaleza. Su arquetipo había sido una pareja de dioses ancianos, Oxomoco y Cipactónal, caracterizada por la distinción sexual, las facultades intelectuales, sus atributos laborales y sus conocimientos mágicos y adivinatorios. Con este arquetipo, los mexicas reiteraban que los dioses habían creado al hombre para establecer una correlación entre dos tipos de trabajo: la obra divina y la humana, recíprocamente imprescindibles.
La concepción de la dinámica cósmica como la lucha constante entre las fuerzas opuestas y complementarias implicaba la fatiga que daba lugar a los ciclos. Los dioses se agotaban al mover el mundo; era necesario que los fieles les entregaran el alimento indispensable para la reposición de sus fuerzas. El alimento de los dioses debía ser el más preciado: las primicias de las cosechas y la vida de los animales, pero también los corazones y la sangre de los hombres. Sólo con estos bienes podía garantizarse la continuidad de un mundo destinado a la desaparición.
La terrible carga de la ofrenda de vidas humanas había sido una remota herencia de los antiguos agricultores. Los mexicas estaban inscritos en una tradición que los constreñía a pagar el duro tributo. Los rituales de occisión ritual obedecían principalmente a dos razones: por una parte, llanamente, servían para pagar a los dioses por la vida, por las lluvias, por la fecundidad de las plantas, por la salud de los pueblos, por la sucesión benigna de los acontecimientos, por la continuidad del mundo; pero, además, se creía indispensable que los dioses mismos reprodujeran el episodio que los había inscrito en el ciclo de la vida y de la muerte. Los dioses debían morir al concluir su ciclo para volver a nacer con las fuerzas renovadas en el Lugar de la Muerte. En el primer caso las víctimas se convertían en materia nutricia; en el segundo, eran vasos que los dioses ocupaban para recibir la muerte: los hombres eran convertidos ritualmente en semejanzas divinas y cumplían como víctimas la función de remitir al dios poseedor al Lugar de la Muerte.
Sin embargo, la terrible carga se distorsionó cuando la historia transformó a los pobres cazadores lacustres que llegaron a la cuenca en el pueblo hegemónico que llevó sus conquistas de mar a mar. Los mexicas usaron la fe en los dioses y el ritual del sacrificio como justificación para avasallar a sus contemporáneos. No fueron los únicos que, con el pretexto de cumplir una misión divina, llevaron el terror a los pueblos más débiles. Otros los antecedieron –los toltecas, los mayas de Chichén Itzá–; otros los emularon en su tiempo –los tarascos–; hoy siguen los mismos pasos quienes, en nombre de un dios y con la excusa de perseguir al Mal, siembran la muerte en el mundo. Pero no puede negarse que la exacerbación del sacrificio humano los marcó históricamente. Los mexicas dijeron ser el pueblo del Sol y los responsables de salvaguardar la continuidad del mundo. Los sacrificios humanos alcanzaron en su tiempo enormes proporciones. Huitzilopochtli se hartó de sangre y de corazones al paso del hartazgo de la nobleza mexica. Como antes, como hoy –en México, en el mundo–, la religión sirvió a los poderosos para dominar y oprimir a los débiles. Como antes, como hoy, los mexicas tuvieron la soberbia de considerarse auxiliares indispensables de dioses que por sí mismos no podían cumplir sus designios. Alfredo López Austin. Investigador del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México.

_____________________
Alfredo López Austin. Investigador del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México.

ESPECIAL 27
VIGENTE
CHICHÉN ITZÁ

NÚMERO 92
VIGENTE
GUANAJUATO

ARTÍCULOS EN LÍNEA

Guanajuato en la historia
Beatriz Braniff C.
Zona de frontera entre Mesoamérica y lo que los españoles llamaron la Gran Chichimeca.


La arqueología de Guanajuato.
Trabajos recientes

Enrique Nalda
Mediante el recuento de los principales sitios en la región del Bajío se ofrece una síntesis de la historia prehispánica de Guanajuato.

HOME . Suscripciones . Ediciones atrasadas . Banco Imágene . En línea . Indice General . Próximo Número . CONTÁCTANOS
©1993 Copyright Editorial Raíces S.A. de C.V.