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Brusco
olor del azufre, repentino color verde del agua bajo el
suelo.
Bajo el suelo de México se pudren todavía
las aguas del diluvio.
Nos empantana el lago, sus arenasmovedizas atrapan y clausuran
la posible salida.
Lago muerto en su féretro de piedra. Sol de contradicción.
(Hubo dos aguas y a la mitad una isla.
Enfrente un muro a fin de que la sal no envenenara
nuestra laguna dulce en la que el mito abre las alas todavía,
devora
la serpiente metálica, nacida en las ruinas del
águila. Su cuerpo
vibra en el aire y recomienza siempre.)
Bajo el suelo de México verdean eternamente pútridas
las aguas
Que lavaron la sangre conquistada. Nuestra contradicción
–agua y aceite–
permanece a la orilla y aún divide, como un segundo
dios,
todas las cosas:
lo que deseamos ser y lo que somos.
(Si se excavan unos metros de tierra
brota el lago.
Tienen sed las montañas, el salitre va royendo
los años.
Queda el lodoen que yace el cadáver
de la pétrea ciudad de Moctezuma.
Y comerá también estos siniestros palacios
de reflejos, muy lealmente,
fiel a la destrucción que lo preserva.)
El ajolote es nuestro emblema. Encarna el temor de ser
nadie y replegarse
a la noche perpetua en que los diosesse pudren bajo el
lodo
y su silencio
es oro
–como el oro de Cuauhtémoc que Cortés
inventó.
Prende la luz. Acércate. Ya es tarde.
Ya es tarde. Se hizo tarde. Ya es muy tarde.
Abre la puerta. Hay tiempo. Hoy es mañana.
Dame la mano. No se ve. No hay nadie. No hay nadie. Sólo
nada. Es el vacío.
O es el lodo que sube y nos envuelve para volvernos polvo
de su polvo.
Tomado de Tarde o temprano (Poemas
1958-2000), Letras Mexicanas, FCE, México,
1980b
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