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La cabellera nocturna se colapsa
sobre mí, las estrellas son ilusiones del
pretérito y yo soy lágrima que se
desliza sobre mejilla árida.
Es 15 de septiembre, estoy en la feria de San Baltasar.
Las decenas de mexicanos que disfrutan de su independencia
con playeras de la selección y coca cola,
chocan como ecos en la alcantarilla. Los hombres
sonríen por su ebriedad; las mujeres ríen
a la par de las bromas, los niños saltan
al compás del juego mecánico oxidado
que da alaridos de diversión
la única
persona cuyo rostro está bordado sin emoción,
es doña Elvira, la anciana con cabellera
de estela de cometa y piel de hoja seca. Nadie
va comprar mi pulque, se lamenta, se levanta,
recoge su cazuela vieja y se pierde entre la multitud.
Yo sigo ahí, en medio, compartiendo la ausencia
de sobriedad que aqueja a mis compañeros,
la comicidad de la gente que se enaltece ante su
bandera mientras oye canciones gringas, aún
no me postra una sonrisa pero ameniza mi noche.
En la hora del grito, se jura lealtad a todo a la
patria, a Hidalgo, al partido político en
turno y por supuesto a la nueva bella amante del
presidente municipal. ¡Viva Lola que el presidente
no la rola! Las barbas del presidente se erizan
siguiendo la voluntad del viento y su esposa, que
está a su lado, alza la frente como el caballo
que deseó tener de niña, todo mientras
la colonia ríe.
Pero la voz de mi cabeza suena más fuerte
que cualquier muestra de felicidad afuera de mí
libertad y amor, tenue hálito divino,
diáfana nube que estremece nuestros cuerpos
ansiosos. ¡Calla padre!, este eco no
me molestará, me lo prometo a mí mismo
y me dispongo a llegar a mi vieja casa pintada de
azul, llena de posters del Che Guevara, con botellas,
pinturas viejas y poesía barata.
De repente la veo a ella, a mi ideal, a la más
terrenal de mis idolatrías, su piel de mármol
blanco contrasta con sus ojos verdes, nacidos en
la remota selva que eterniza con sus labios de sangre,
esos labios que pronto empieza a morder y juro ver
brotar vino de ellos, afortunadamente un rubio de
ojos de estrellas azules y blancas sorbe el elíxir
sobrante.
Oh, la mujer y la libertad son dos dagas dignas
de cortarme el cuello otra brisa del pasado
que controlo rápidamente mientras veo a mi
ideal desaparecer; me dirijo, entonces, apresurado
a mi casa a concluir todo de una vez por todas.
Mientras agradezco a mi padre su abandono, me abro
paso en una multitud de mexicanos bañados
en hedor a alcohol, dormidos en una historia malvivida,
condenados a una vida sin ideales.
Padre, ¿dónde está la belleza
que me juraste? ¿Dónde está
la libertad por la que luchaste? Sólo me
alegro de no ser más la víctima de
tus falaces fantasías de antaño, esas
que tanto me prometiste, gracias padre por desaparecer,
gracias
Ha llegado. El cielo quiere exprimirse sobre él.
Ve una ciudad maltratada por las ideologías.
Es primero de mayo de 1980 y ya llegó a El
Salvador. Fuera la intervención yankee
se lee en una pancarta, la faz anhelante reunida
en el mercado central es una, a pesar de la diversidad
del manifestante en otro un mitin político,
se siente en casa. Su corazón palpita con
la misma velocidad de su nueva ametralladora ruso-cubana,
que dispara pasión en su pecho. Sus viejas
botas negras parecen cuajarse al caminar. Su cuerpo
cansado, después de tantas horas de viaje
escondido en una camioneta, atrapado como el martillo
en el puño.
Un revolucionario de nombre Efraín se encuentra
frente a él, a las afueras de la central
del Bloque Popular Revolucionario. Se trata de un
estudiante de preparatoria salvadoreño que
le pide que tire el papel que lleva en la mano,
que si pensaba escribir cartas lo olvidara porque
lo podían localizar por medio de ella, lo
tira y agacha la cabeza, el soldado se va y ríe,
tiene más papel en tu mochila, suficiente
para escribir cartas que jamás serán
enviadas.
Ve el tatuaje en el brazo del muchacho, el del mazo
y la hoz, ambos entran en la base de la bpr, se
sonríe a sí mismo, mira la ciudad
de San Salvador como visitante una última
vez y se prepara para lo que sea.
Hoy, hay junta comunista, las banderas rojas en
la Prepa Benito Juárez, los gritos de apoyo
a Ho Chi Min y a Castro están más
fuertes que nunca, tú estás parado
en medio de tanta juventud y digo entre juventud,
porque tu presencia emana antigüedad, caminas
erguido en medio de todos, subes las escaleras y
con seguridad te paras enfrente de un montón
de muchachos bulliciosos y comienzas a hablar. Hoy
compañeros, es el momento de la revolución.
Hoy las masas han visto en todos nosotros un camino
por el cual ir. El mundo entero está avanzando
hacia el comunismo, hacia ese paraíso del
obrero y para el obrero, entonces entre un
montón de camaradas acostumbrados a tu elocuencia
y a tus conocimientos, la encontraste a ella, una
jovencita de 17 años que no te permite respirar.
Quedas embalsamado por aquella concepción
de tus libidinosos sueños, como puedes, continúas
con el discurso que la voz mía, sea
la voz de todos, cuando regresen a casa y vean a
sus padres cansados por matarse horas en el trabajo
para que un burgués obeso gozará de
la plusvalía, háblenles de Marx, de
Lenin y de la unión del proletariado.
La sigues viendo a ella, estás cautivado
con el movimiento de paloma de sus manos, la forma
en la que humedecía sus labios con un sorbo
de agua, continúas aunque ahora el cambio
sociopolítico ya no te resulta tan interesante.
La patria es nuestra, si el gobierno opresor
les intenta hacer sentir lo contrario levanten su
mirada y recuerden que las casas donde viven las
hicimos nosotros, las sillas donde ponen sus flácidos
culos las construimos nosotros, entre carcajadas
que pronto nacen de bocas de pocas primaveras, viste
que ella se retiraba, no podías permitirlo
y concluiste con un gracias apresurado y la fuiste
a buscar. Señorita, deténgase
un momento, la necesito para ejemplificar algo,
ella sonrió y se asustó un poco, subió
la escalera, la tomaste de la mano, le diste un
cariñoso beso en al mejilla y continuaste
hablando. Miren a esta hermosísima
camarada, ¿cómo te llamas? Carolina,
respondió ella. Ok, Carolina, tú
representas a nuestra tierra, a nuestros valores,
mientras la tomabas de la cadera ella se sonrojaba,
tú veías su nerviosismo con satisfacción.
¿Cuántos de ustedes siente un
río en su pecho cada vez que ven a una joven
como ésta? Cuántos de ustedes están
dispuestos a morir por una hermosura como ésta?
Los gritos y albures no faltan, pero a ti no te
importa porque la tienes cautivada. Con la
patria es lo mismo, la pasión a la mujer
debe ser igual a la de la patria, luchen y mueran
por su ideal, luchen y vivan por aquello que les
retumbe en lo hondo de ustedes mismos. Camaradas,
luchemos por nuestra libertad. ¡Bravo!
fue el grito unánime pero no lo oíste,
no te importó, se bajaron ella y tú
y comenzaron a hablar
los discursos a la patria
y a la Cuba, las guitarras que nos regalan sus mejores
tonos, las voces mestizas nos enseñan canciones
de los Beatles y José de Molina. Te sientas
junto a ella, platican. Le preguntas por qué
no la habías visto antes. Ella te dice que
sólo viene a visitar a su hermano, lo señala,
es un tipo alto de 1.70 m con botas negras, pantalón
de mezclilla y playera blanca, de la misma manera
en la que tú estas vestido, lo saludas y
sus dos amigos, que están a su lado, lo empiezan
a calentar, él cierra los puños y
se retira con sus cuates mentando madres. Tú
y ella se ríen, le preguntas si la puedes
llevar a su casa, sonríe y acepta aunque
aún podría llegar más tarde,
es que no te puede decir que no. En el camino le
hablas de tus planes para cambiar el mundo, de tu
pasión por la poesía y la música
rock, de tu desprecio al materialismo y a todo lo
que equivale ser un cerdo burgués,
en el camino ves que vive por donde tú vives,
le muestras la pinta que escribiste socialismo
sí, matemáticas no. Ella sólo
ríe.
Mientras llegan a su casa en la colonia San Baltasar,
puedes ver milpas y calles sin pavimentar, ves cómo
todos se saludan, sólo te distrae un respiro
de polvo que se levanta cuando llegan a su casa
azul, prometen volverse a ver aunque no se lo dicen
y en el momento que parece que se van a besar, sale
mi abuelita Lourdes, mucho más joven de lo
que yo podría creer. Jala a su hija y te
cierra la puerta en tu cara, le grita a mi mamá
que es de los muchachos que traen problemas. Ella
mira hacia la ventana, te ve con ojos que te juran
quién sabe qué cosas. Así es
como se conocieron. Mi abuela tenía razón,
como siempre. La siguiente vez que se vieron, yo
fui concebido
La casa donde se encuentra el centro del Bloque
Popular Revolucionario, es muy pequeña para
alumbrar a tanto revolucionario, no hay cambios
con lo de la preparatoria. Muchos gritos parecidos,
líderes de las mismas formas de pensar. Pero
esta vez hay algo diferente. Lo puede ver, las armas
que están a su alrededor le hacen saber que
esto es en serio. Se entrena, sabe que cualquier
día le tocará pelear. Afortunadamente,
se da su tiempo para escribir una carta que le dará
a su hijo cuando regrese a México. Cuando
la termina, la pone en la cima de un montón.
Es 9 de mayo de 1980, Efraín le dice que
se prepare, que mañana es un día importante.
No sabe por qué. Se menciona algo de una
embajada y de un plan de emergencia, pero no se
preocupa, Dios está de su lado. Acaba la
carta y guarda papel con una pluma en su bolsillo,
en el fondo sabe lo que ha de suceder, después
averiguará qué.
Vuelves cansado, tu cuerpo está todo sucio
por el polvo, tus manos sangran un poco, tiras las
llaves en la mesa y buscas a mamá por un
beso pero ella te esquiva, como si la atacaras.
Te quedas un momento pasmado tratando de averiguar
qué hiciste mal esta vez. Mi tío y
mi abuela celebran en la cocina
el día
de ayer mi tío por fin se graduó de
la licenciatura de derecho. Te miran de arriba a
abajo, te hacen menos e ignoran tu saludo. Yo estoy
sentado en la sala jugando con corcholatas, pretendo
que son vaqueros matando indios pieles rojas, tú
crees que juego a la revolución. Prendes
la radio, esperas oír algo de buena música.
El producto interno bruto (pib) de México
se incrementó en cerca del 6.5% anual durante
el período de 1965 a 1979
pero
pronto te molesta y la apagas. Me sonríes
y me besas la frente, mamá te grita que no
me toques sucio, tú le respondes que estás
sucio por tu trabajo. Eres albañil. Cuando
yo nací, no pudiste continuar estudiando,
se casaron y comenzaste a trabajar. Ahora tengo
cuatro años, pronto podré ser productivo
como tú dices. Vas al baño, te lavas
las manos y el rostro. Vuelves por mí y me
levantas para mostrarme con lujo de detalles y visión
panorámica la casa donde vivimos. Una casa
azul cielo, recién pintada, con mesas de
madera envejecida, contrastan los dibujos que creaste
y con los que bellamente adornaste estas paredes
lloradas por la humedad. Cuando me bajas, miras
a mi madre con el mismo fervor de siempre. Ella
te ignora como siempre. ¿Por qué no
te besa como al señor que trajo la otra vez?
¿No lo recuerdas, papá? Ese catrín
con bigote y zapatos cafés, tú lo
viste cuando salía de la casa y fingiste
no darte cuenta. Te fuiste con tus amigos toda la
noche. Cuando llegaste al día siguiente,
mi madre preguntó si no pensabas ir a trabajar
. ¿Qué no lo recuerdas?
Veo que tus viejas botas te lastiman, te están
sacando callos, vas a la cocina tomas un poco de
jugo y vienes a dármelo mientras mi tía,
mi mamá y mi abuela se van a un restaurante
a celebrar. Nos quedamos solos, me vuelves a hablar
de cómo conociste a mi mamá, del reino
de fantasía que llamas la urss y del terrible
villano estadounidense. De la masacre del 71, de
cómo ahora sí estás en posición
de hacer algo. Pero esta vez me dices algo nuevo,
me hablas de El Salvador, me dices que hay una guerra
y que tú tienes que ir a pelearla, me dices
que esta misma noche te vas, me prometes que vas
a regresar cuando las fuerzas políticas del
país también desaten una revolución.
Me prometes que estarás al frente de una
nueva ola de cambios. Me juras que cuando mi mamá
vea al héroe que eres, te volverá
a amar, me recuestas en mi cama y haces la promesa
final de traerme el paraíso comunista a casa.
Yo cierro los ojos con satisfacción esperando
soñar con la belleza que me espera. Esa misma
noche partiste. No te vuelvo a ver.
16 de septiembre
el cadáver de un hombre
de mediana edad aferrado a un poema. Doña
Elvira lo encuentra cerca de su casa, a gritos llama
a la policía; la colonia, aún dominada
por su fantasía bacanal, lee en voz alta
las últimas palabras del difunto mientras
miran al imbécil que se ha colgado de la
ventana de su casa.
Ideologías orgásmicas,
Fantasías dulces de agrias mentes,
¿Es la libertad una luna lejana condenada
a ser vista?
Pero la ilusión persiste,
Y el pueblo vuelve a creer
Y vuelve a soñar
Y vuelve a ver mesías bañados en carmín
Pregonando libros de miles de páginas
Con letras en blanco
¡Calla! que las masas te oyen
¡Calla! que Dios de está viendo
¡Calla! que todo está en tu mente
Una sociedad, sólo una percepción
Una persona dispersa como espuma en un país
Simple dialéctica convertida en hipótesis
¿Es todo una interpretación?
No hay belleza, no hay fealdad.
Sólo hay ojos secos y vientres hambrientos
No hay libertad, no hay esclavitud.
Sólo estás tú, yo y este viento
que me ha de cargar.
Corre, corre lo más rápido que puede,
sus juanetes y botas viejas le impiden correr. Se
esconde detrás de un árbol, no sabe
de dónde vienen las balas, agarra la carta
fuertemente con su mano e intenta llegar a una pequeña
casa donde su compadre Efraín se encuentra.
Otro amigo tuyo cae a unos metros de donde está,
él sigue corriendo y ve la casa a los lejos
en la que varios francotiradores se alistan para
la emboscada. Su pie lastimado vuelve a fallar,
se tropieza y cuando intenta levantarse una bala
perfora su cabeza. Muere al instante, sin dolor,
frente a un templo de Dios. Jamás suelta
la carta.
10 de mayo de 1980
Querido hijo:
Las balas bailan y murmuran canciones de libertad
a nuestro alrededor, su virtud hace que aleteen
dentro de nuestros cuerpos haciéndonos sentir
las alas de un ideal luchado. Algunas logran que
rayos de crepúsculo líquido salgan
sensualmente de nuestra piel. Los rostros de mis
compañeros se parten cual lágrima
en el rostro de un recién nacido, en sus
cabezas el eco de familias y amantes son ahora reyes
y reinas del olvido. Afortunadamente el canto de
los pájaros y el estruendo de la batalla
los calla lo suficiente. Los cristales de este templo
cubren con su majestuosidad los cuerpos de mis colegas
que se postran a la eternidad en el sepulcro sin
nombre en esa cruz blanca de mil personas.
El cielo se rompe al color rosado de su esencia,
los cubre y nos muestra el dolor que en lo divino
ha sido compartido con las flores y los cantos de
aves nacidas en la aurora boreal, brotan del suelo
a mi alrededor, chocando con este nicho a la libertad.
Hoy me encuentro en la catedral de un país
extranjero luchando por algo que ya no comprendo.
Te escribo en un sutil intento de disculpa. Pronto
intentaremos huir de aquí tratando de salvar
el orgullo que negamos con nuestra huida. Ni siquiera
sé quién comenzó, todos creen
que es la guardia nacional, pero, ¿sabes?,
me encuentro más vivo que nunca ¡cuántos
viven dormidos! ¿Están locos los que
sueñan? ¿Es acaso que la cobardía
se ha apoderado del pecho de la gente en esta burbuja
que se hace llamar tierra? ¿Es acaso el ideal
una niebla que pronto ha de ser disipada por el
viento? Jamás te niegues a abrazar la hoguera
del sentimiento y de la pasión. Que tu alma
se forje como bala para engrandecer lo sublime.
Hijo, si alguna vez la llama fatua del dolor te
hace dudar de la virtud del río, has tuya
la inmolación, que la llama nunca muera.
Hasta la victoria siempre.
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