Al Abuelillo, en su memoria
Un hombre se confunde,
gradualmente, con la forma
de su destino; un hombre es,
a la larga, sus circunstancias.
Jorge Luis Borges
En la naranjísima tarde de un otoño antigachupín, el insurgente sintió cómo una bala fría perforaba su pecho. Las siluetas escopeteras, anhelosas de libertad, y las caras imbéciles de gueros lampiños se desvanecieron. El insurgente pensó en treinta y siete, en la bala fría, en el águila que abre el vuelo para, tranquila, devorar la paloma. Miento. El insurgente sólo pensó en el graznido -que sea el olvido- y por eso sintió miedo. Preocupóse por lo sublime del instante y, a manera de un libro que se rompe y se deshoja, caminó, lentamente, la memoria. El insurgente cayó y ya no sentía la frialdad de la bala, y en su caída el sonido fue seco y treinta y siete años, los años de su vida y el sonido seco y qué importaba y qué importó si, de pronto, al insurgente Manuel Villalongín se le ocurrió creer que había sido un héroe. (Momento de silencio. Perdura el miedo. ¿Para siempre? Quizás, quizá para siempre.) El insurgente lo creyó -y lo siguió creyendo incluso después de la muerte- porque en su mirada absorta aparecieron los recuerdos que sólo los héroes pueden ver.
Recordó los trágicos días en que echó de menos el sabor del agua. Para entonces contaba ocho años. La ciudad fue un escándalo. Los hombres caminaron muchas leguas hacia el río Grande y las mujeres soltaron oprobios, con tal de no escuchar a su sed. Por caprichosa, la Virgen de Guadalupe no alcanzó la misericordia. El clamor terminó en murmullo y el santiguamiento se conformó. La penuria no acabó sino muchos meses después. Un obispo giboso y con manos de bondad reparó el acueducto de quinientos arcos y tal vez más que atravesaba Valladolid: ciudad colonial, confusa y jardín de la Nueva España.
Recordó un paisaje de maíz, ojal de ojitos, trigo, llanto de ojos, cebada, confusión de ojales / un paisaje crepuscular pero también del alba / un paisaje repetido tantas veces donde la lluvia era eventual. La lluvia le gustaba. Donde a lo lejos, montañas pero más bien montes. Donde a lo lejos, su padre de tez morena, machete en mano, su madre que exclamaba: "Métete pues, Manuelito, que te vas a enfermar, que se cae el cielo, y las ropas nunca se secan luego. Te vas a enfermar y luego quién te cura". Manuel respondía: "Ya voy". Pero Manuel nunca habría de ir. Manuel habría de mirar la lluvia, y sus cabellos se mojarían y también su rostro y sus ojos negros.
Recordó los arcos. Mariachis y villanciqueros. Indios. Todos los días. Pobres. Viejas del desprecio. Calles. Se confundió su memoria. El insurgente Manuel Villalongín quiso seguir recordando su infancia pero la bala le estaba quemando las arterias de su corazón. No le sobraban instantes. Olvidó veinte años de su vida sólo para recordar, escupiendo sangre, el día más feliz de su vida y algunos otros no menos importantes.
(Pero, carajo, la historia requiere hechos que el insurgente no ha logrado recordar. Hago un recuento para que veinte años no caigan en el olvido. Así pasaron: en 1796, Manuel construyó una casa de adobe y, más esbelto que nunca, bigotudo por vez primera, se mudó a ella. Siguió cultivando porque el movimiento danzarín del trigo lo seducía. En 1800 se embriagó con un tequila amargo y en los años siguientes, Manuel se introdujo numerosas veces en la biblioteca del colegio de San Nicolás. Leyó libros que llegaban desde la Europa lejana. Vislumbró, con anticipo, algo que en silencio muchos nombraron "revolución").
Recordó la risa. Manuel Villalongín sabía que un hombre se enamoraba de una mujer por tres circunstancias: el oportunismo de su perfume, la expresividad de sus senos y la casual mirada, acaso ingenua, que de la mujer es brillo de ojos y del hombre ceguera. Por eso se sorprendió cuando, en noche de interlunio, se conmovió al escuchar una risa que era de mujer / que era de niña / que era sincera / que aniquilaba el fragor / que era belleza. "Me llamo Josefina", dijo. Y Manuel oyó la risa en sus palabras y en su rostro y en sus cabellos. Y quiso saber si la risa reposaba en su cuerpo, en sus muslos desnudos, en su tacto sin calma. Y lo supo.
Recordó al hombre flaco. Había sido el primero en cultivar la morera en Colima. Manuel lo escuchaba y le oía palabras vagas. En aquel conventículo apodado la Francia Chiquita el hombre flaco pregonaba justicia, igualdad y fraternidad, decía Fernando VII, pueblo, armas, repartición de tierras y otra vez libertad. Abría la Biblia, reía, leía el periódico, su voz dejaba de temblar. Se dirigía a los indios en su lengua, presumía un latín fúnebre y un francés trastocado. Se palpaba el corazón con la mano derecha, y cada acto, cada gesto, quería decir revolución, quería decir independencia.
-Manuel Villalongín -llamó el hombre flaco.
-Dígame -respondió nervioso.
-Serás insurgente, mariscal de campo. Servirás bajo mi capitanía, pelearás, pelearemos por la patria, hasta lograr la revolución o hasta tu muerte. ¿De acuerdo?
Manuel Villalongín no lo pensó mucho.
-De acuerdo.
El hombre flaco esperaba m‡s respuestas. Se acarició los cabellos que eran escasos y también entrecanos.
-¿Todo bien, Villalongín?
-Sí… no… he guardado una pregunta desde hace tiempo.
-La escucho.
-¿Cuáles son las virtudes de la
morera?
(En alguno de esos días, en una boda feliz, el insurgente se casó con Josefina).
Recordó su primera batalla. Difícil pero ganada. El insurgente Manuel Villalongín fue de los pocos hombres que cogió un arma de fuego. Era una escopeta añosa, dañada, y sin embargo monumental ante la impotencia de hachas y palos que cargaban campesinos, carpinteros e indios. Ocurrió un 28 de septiembre en Guanajuato. Doce días antes el hombre flaco había gritado –con tono más delirante del usual– vivas y más vivas, había llamado al pueblo a pelear contra los españoles. Veintiocho años antes el insurgente tenía sed. De repente, disparaba a otros hombres y el viento era ligero y el insurgente gritaba libertad para no cagarse de miedo. Los realistas fueron vencidos. Manuel Villalongín sonrió satisfecho porque el hedor de matar no era tan grave.
(Después de Guanajuato siguió Valladolid, donde los esclavos dejaron su oficio, el cerro de las Cruces, donde ganaron enérgicamente los insurgentes, y Guadalajara, donde el hombre flaco mandó a publicar un periódico que divulgara la causa de Independencia. En julio de 1811 un hombre de paliacate informó a Manuel que su esposa había sido secuestrada. Tenía que entregarse a los españoles, o de lo contrario Josefina sería fusilada).
Recordó las palabras Los gachupines secuestraron a Josefina como el desvanecimiento de las cosas, como el triste final de una historia escrita por la infamia. Pero antes de oírlas las vio. Y sus ojos se colmaron de ira. ¿Se entregaría? No podía regresar a Valladolid. La ciudad estaba cercada, lo buscaban por todas partes. Prefirió caminar largos trazos, en días de resignación, de monólogos inquietantes. ¿Se entregaría? Una segunda noticia lo estremeció: el hombre flaco había sido aprehendido y sería fusilado en el norte. Manuel se encontró temiblemente solo, caminando firme, cabizbajo, sin saber a dónde dirigir sus pasos. Su rostro se opacó porque las cosas se habían tornado color gris en Michoacán, región de históricos cielos naranjas. ¿Se entregaría? Entonces lo supo. La dignidad de un insurgente, la melancolía de un hombre que se confunde. Ideó el rescate de Josefina y se aferró al sueño. En lo más profundo del insurgente Manuel Villalongín surgió la verdadera revolución.
Recordó el día en que las palomas abrieron el vuelo para ser devoradas. Dialogó con el hombre de copete, nuevo líder revolucionario. Le pidió cinco hombres armados. Sin caprichos, aceptó dos. Un tercero, un joven de ojos verdes entusiasmado por la temeridad, se sumó voluntariamente. El sol se había ocultado. El insurgente Manuel Villalongín cogió su caballo, acicaló el par de armas. "Vamos", ordenó, y poco antes de llegar a la ciudad tuvo un presagio: "lloverá". A lo lejos, avistó a los guardias. Recordó la risa, pensó en Josefina, ¿yacería en llantos, en sangre, en el último instante? Sólo el Señor lo sabía. Solo, el Señor la cuidaría. "Siga lo que sigue", exclamó. Y dos de sus escoltas simularon un altercado frente a la base de vigilancia. Los gachupines se distrajeron al separarlos. Por detrás del disturbio, entraron Manuel y su camarada a Valladolid. Las palomas ya volaban. La plazuela de las Ánimas fue capilla y ahora refugiaba a Josefina, y ahora estaba rodeada por españoles armados y una luna ensimismada. Empezó a llover. Cara en alto, fugacidad aproximada, el joven de ojos verdes cruzó la calle Real, disparando a guardias escandalizados, galopando para huir. La distracción fue útil. El insurgente logró llegar a la puerta de la cárcel. El portero fue sorprendido por una pistola en la sien. En un acto de desesperación, pero siempre sigiloso, abrió la prisión. Con una sonrisa escapada, Manuel le golpeó en la nuca. Una vez dentro, llamó a Josefina, recorrió las habitaciones, finalmente la escuchó. El llanto de Josefina se entremezcló con el recuerdo de su risa. Se miraron. Ella se acercó, ella lo abrazó. Él permaneció serio. Su rostro se ocultaba bajo el gesto consagrado de un héroe. Salieron, montaron el caballo. El insurgente esperaba un balazo final en la espalda. Estaba nervioso. Tardó en darse cuenta pero las palomas seguían en el aire, melódicas, sosegadas, con un aleteo que había de augurar días de fuego y amor y paz para la familia Villalongín, luego de aquel rescate para siempre soberbio.
El insurgente Manuel Villalongín no pudo respirar m‡s. La bala le dejó muerto, incapaz de recordar su última batalla, sus œltimos momentos.
Vivo, habría recordado Puruándiro, donde batalló por última vez. Donde, antes de morir, mató a tres realistas, le dispararon y tuvo recuerdos que lo hicieron creer que era un héroe. Que lo hicieron llorar.
El insurgente lloró por miedo pero también por nostalgia. Porque la nostalgia es la mezcla más simétrica de la tristeza y la felicidad, y porque ignoraba si la muerte debía dejar a un héroe triste o feliz. Manuel tampoco dedujo el porqué los héroes deb’an morir en batalla. Primero murió. Dios no quiso que el insurgente supiera que todo héroe muere en batalla porque su lucha pretende ser eterna y humana. Y no lo quiso porque el mismo insurgente, tirado en los pastos de Puruándiro, lo recordó. Y entre el afán de la decepción y la persuasión del coraje, disparó al cielo, peligrosamente sereno. Entonces el viento de la muerte lo internó en las calles de Valladolid. En los arcos del acueducto, en el trigo, en Josefina, en la plazuela de las Ánimas (que años después llevaría su nombre), en el grito del hombre flaco, en la Revolución. El insurgente Manuel Villalongín pasó a ser un recuerdo.