arqueología mexicana
Las Flores en el México Prehispánico

ÍNDICE 78 Visual: Las flores en el arte indígena conventual
DOSIER: El lenguaje de las flores prehispánicas El pasado prehispánico en la alimentación
Mitología y simbolismo de las flores Códice de Huexotzinco de 1531
Flores en la pintura mural prehispánica La Biblioteca Nacional de Antropología e Historia
Las flores en la poesía náhuatl El Templo Monolítico de Malinalco, edo., de México
Visual: Los antiguos dioses y las flores
CONCURSO DE CUENTO HISTÓRICO
Plantas ornamentales, Francisco Hernández GUÍA DE VIAJEROS: Sitios mayas del Usumacinta

Recuerdos de un insurgente que tambiÉn fue hÉroe
Emilio Toledo Moguel
Categoría preuniversitaria
Liceo Michoacano

La acción del cuento -firmado con el seudónimo Juan Ángel b.b., correspondiente a Emilio Toledo Moguel- transcurre en Puruándiro, Michoacán, donde se desarrollaron algunas batallas durante la Independencia, y el protagonista es un personaje histórico: Manuel Villalongín (1777-1814). El autor aprovechó los referentes de la vida real para crear una situación ficticia y a la vez creíble, con un lenguaje fresco y creativo.

Al Abuelillo, en su memoria

Un hombre se confunde,
gradualmente, con la forma
de su destino; un hombre es,
a la larga, sus circunstancias.
Jorge Luis Borges


En la naranjísima tarde de un otoño antigachupín, el insurgente sintió cómo una bala fría perforaba su pecho. Las siluetas escopeteras, anhelosas de libertad, y las caras imbéciles de gueros lampiños se desvanecieron. El insurgente pensó en treinta y siete, en la bala fría, en el águila que abre el vuelo para, tranquila, devorar la paloma. Miento. El insurgente sólo pensó en el graznido -que sea el olvido- y por eso sintió miedo. Preocupóse por lo sublime del instante y, a manera de un libro que se rompe y se deshoja, caminó, lentamente, la memoria. El insurgente cayó y ya no sentía la frialdad de la bala, y en su caída el sonido fue seco y treinta y siete años, los años de su vida y el sonido seco y qué importaba y qué importó si, de pronto, al insurgente Manuel Villalongín se le ocurrió creer que había sido un héroe. (Momento de silencio. Perdura el miedo. ¿Para siempre? Quizás, quizá para siempre.) El insurgente lo creyó -y lo siguió creyendo incluso después de la muerte- porque en su mirada absorta aparecieron los recuerdos que sólo los héroes pueden ver.
Recordó los trágicos días en que echó de menos el sabor del agua. Para entonces contaba ocho años. La ciudad fue un escándalo. Los hombres caminaron muchas leguas hacia el río Grande y las mujeres soltaron oprobios, con tal de no escuchar a su sed. Por caprichosa, la Virgen de Guadalupe no alcanzó la misericordia. El clamor terminó en murmullo y el santiguamiento se conformó. La penuria no acabó sino muchos meses después. Un obispo giboso y con manos de bondad reparó el acueducto de quinientos arcos y tal vez más que atravesaba Valladolid: ciudad colonial, confusa y jardín de la Nueva España.
Recordó un paisaje de maíz, ojal de ojitos, trigo, llanto de ojos, cebada, confusión de ojales / un paisaje crepuscular pero también del alba / un paisaje repetido tantas veces donde la lluvia era eventual. La lluvia le gustaba. Donde a lo lejos, montañas pero más bien montes. Donde a lo lejos, su padre de tez morena, machete en mano, su madre que exclamaba: "Métete pues, Manuelito, que te vas a enfermar, que se cae el cielo, y las ropas nunca se secan luego. Te vas a enfermar y luego quién te cura". Manuel respondía: "Ya voy". Pero Manuel nunca habría de ir. Manuel habría de mirar la lluvia, y sus cabellos se mojarían y también su rostro y sus ojos negros.
Recordó los arcos. Mariachis y villanciqueros. Indios. Todos los días. Pobres. Viejas del desprecio. Calles. Se confundió su memoria. El insurgente Manuel Villalongín quiso seguir recordando su infancia pero la bala le estaba quemando las arterias de su corazón. No le sobraban instantes. Olvidó veinte años de su vida sólo para recordar, escupiendo sangre, el día más feliz de su vida y algunos otros no menos importantes.
(Pero, carajo, la historia requiere hechos que el insurgente no ha logrado recordar. Hago un recuento para que veinte años no caigan en el olvido. Así pasaron: en 1796, Manuel construyó una casa de adobe y, más esbelto que nunca, bigotudo por vez primera, se mudó a ella. Siguió cultivando porque el movimiento danzarín del trigo lo seducía. En 1800 se embriagó con un tequila amargo y en los años siguientes, Manuel se introdujo numerosas veces en la biblioteca del colegio de San Nicolás. Leyó libros que llegaban desde la Europa lejana. Vislumbró, con anticipo, algo que en silencio muchos nombraron "revolución").

 

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