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La
muerte (que no nos deja a ninguno, 1827)
–Ego te absolvo, Servando, in nomine Patri
et Fili et Spiritu Sancti.
–Amen.
– ¿Te sientes reconfortado? ¿Estás
tranquilo?
– Sí, Miguel. Te lo agradezco. Es el
último favor que le haces a este amigo tuyo.
– ¡Pero, qué cosas dices! Te ves
entero, hombre, estoy seguro de que vas a vivir cien
años y me vas a enterrar a mí y a varios
más.
–No, no, ahora sí hablo en serio. Después
de tanto andar de un lado para otro, me voy a quedar
quieto para la eternidad, aunque hago constar que
no es por falta de ganas sino por escasez de tiempo.
En cuanto a ti, sospecho que aún vas a vivir
mucho tiempo más, para ver cosas que tus ojos
no quisieran.
–Ay, Servando, nunca cambiarás.
–Tú lo has dicho, y ya sabes que tengo
boca de profeta. Pero hay algo que me huele muy mal.
–¿Qué será? ¿Las
flores que mandaste traer y que se están pudriendo,
el montón de velas de sebo, el incienso o quizá
el federalismo triunfante? –y, tras decir esto,
Miguel Ramos Arizpe ni siquiera intentó disimular
la sonrisa.
–En parte, en parte, pero, ¿sabes, Chato?,
creo que aquí, más bien, ya huele a
muerto. Por favor, cuando salgas, no dejes entrar
a nadie y si alguien insiste, aunque sea el mismísimo
general Victoria, le dices que vuelva otro día,
porque estoy muy ocupado tratando de bien morir.
NECROLÓGICAS
RIP
El día de ayer,
3 de diciembre de 1827, falleció en
esta ciudad de México, el R.P. Servando
Teresa de Mier, insigne ciudadano, patriota
esclarecido, diputado y defensor de la causa
de emancipación de la patria. Fue sepultado
esta mañana en la Iglesia de Santo
Domingo de esta capital. ¡Que la tierra
le sea leve!
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La ausencia (feliz el que
se va y cuitado el que se queda, 1857)
Entonces, padre, me acuso de que a veces dejo que
mi novio me dé unos besos cuando estamos en
el zaguán, pero nada más, porque yo
siempre le he dicho que soy una señorita decente
y que se espere hasta que nos matrimoniemos; pero
él cree que va a estar muy difícil encontrar
cura, o luego me dice que nos casemos que por esa
cosa nueva del civil y yo le digo que no, porque lo
que vale es el casorio como Dios manda.
También me acuso de que cuando la señora
me manda al mercado, yo luego me entretengo por ahí
y le invento algo para que no me regañe. Pero
la otra vez, ¿sabe qué pasó?
Ya casi llegando a la casa después de mis mandados,
vi mucha bola afuera de la iglesia de Santo Domingo
y ya ve que rompieron medio lugar porque están
abriendo una calle nueva, pero creí que a lo
mejor había borlote como esos que luego arma
la gente nomás porque sí, entonces fui
a ver qué pasaba.
Bueno, pues resulta que lo que había eran muchos
militares, y apenas entraron a la iglesia, luego luego
empezaron a ver qué sacaban de provecho y se
llevaron unas copas y hasta unas botellas de vino
de consagrar.
Al rato que llega otro soldado y que se pone bien
enojado que porque a él ya no le habían
dejado nada; se puso a echar maldiciones (que no le
digo por respeto a su persona) y se fue. Yo todavía
me quedé un rato y ¿qué cree,
padre?, que cuando abrieron otro boquete, salieron
unos cadáveres. Me persigné bien rápido
porque no eran calaquitas, sino que estaban casi como
vivos, o más bien como si se acabaran de morir.
El que más me impresionó fue uno que
estaba vestido con una sotana. Otras señoras
se pusieron a rezar y decían que era un milagro.
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