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La
vegetación es exuberante y la tierra muy
fértil; las lluvias que caen durante casi
todo el año humedecen la tierra y la hacen
producir. Pero en esos años no caían
lluvias torrenciales; era, sobre todo, esa lluvia
fina, pertinaz y constante que el pueblo conoce
como chipi-chipi, la que mantiene el suelo mojado
y hace las mañanas frías, la que hace
brotar las flores y el musgo sobre las rocas. La
misma gente lo dice: “todo lo que aquí
se siembra, crece y da frutos”.
Frutas en abundancia se encontraban por todas partes
y los chiquillos se hartaban de ellas en todas la
huertas. Guayabas, naranjas, plátanos y nísperos
dulces maduraban y se caían llenando el pueblo
de una mezcla de olores diferentes, olor de frutas
podridas, olor de paraíso, olor de abundancia.
Había muy pocas haciendas en esas tierras
tan cercanas a la costa del Golfo. Las familias
que venían desde España para colonizar
las nuevas tierras, pronto recibían permiso
para asentarse en algunas áreas de ese país
tan enorme, tan extenso. Así se fundó
Naolinco. Varias familias que desembarcaron en Veracruz
encontraron muy pronto esas tierras tan poco pobladas
y tan hermosas; desde que recibieron permiso para
fundar un pueblo, ahí se quedaron y nadie
pensaba en ir más lejos. Naolinco está
asentado en la parte alta de la sierra que sale
desde Xalapa; situado exactamente sobre el bordo
de un acantilado que permite asomarse hacia el valle
grandote que llega hasta donde nace el río
Actopan. A la mitad del cantil empiezan a caer los
chorros de una cascada que, cuando hay neblina y
se mira desde abajo, parece como si el cielo se
estuviera vaciando sobre la tierra.
Mariano Nicolás Domínguez y Juana
Meza eran hijos de familias que ya se habían
establecido en Naolinco, de aquellos que salieron
de España para colonizar el Nuevo Mundo;
jóvenes aún, se casaron y heredaron
de sus padres algunas tierras y un poco de dinero
con lo que pudieron trabajar y acrecentarlo en un
tiempo no muy largo. Allá por 1792 vieron
nacer a un hijo a quien, al bautizarlo, dieron el
nombre de Juan José, para prolongar, más
bien, el nombre de doña Juana, su madre.
Después de que el país se independizó
de España, las cosas cambiaron un poco. Los
generales buscaban el poder; llegar a la Presidencia
del país era su meta. Comenzaban por apoderarse
de sus propias regiones, pero su influencia y poder
abarcaban, a veces, parte de los estados vecinos.
Su palabra era la ley y su actividad militar se
reducía a oponerse a las decisiones del presidente
en turno, así que, en el norte y en el sur,
siempre había generales inconformes con el
presidente y sus ministros. Cualquier cosa servía
de excusa para la intervención militar y
organizar un golpe de Estado.
Para sostener esas luchas constantes, los generales
incorporaban a sus milicias particulares, por la
fuerza, a los hombres de las poblaciones por donde
pasaban. Las llamaban “levas” y eran
la amenaza para los pueblos pacíficos como
Naolinco, que sólo deseaban trabajar en paz.
Las levas destruían familias y alteraban
la paz. Antonio López de Santa Anna fue uno
de esos generales ávidos de poder; de alguna
manera su nombre quedó asociado al apellido
Barradas porque, siendo gobernador de Veracruz,
derrotó al general español Isidro
Barradas que pretendía reconquistar México
para los españoles. Quizás algún
pariente Barradas formaba parte del ejército
del general Isidro y después de la derrota
logró escapar y hacer su residencia en Naolinco.
Eso pienso por los acontecimientos que posteriormente
se desarrollaron. Como quiera que haya sido, Santa
Anna fue uno de esos generales eternamente inconformes
y ambiciosos, en búsqueda de poder, que reforzaba
su milicia con las levas arbitrarias, y Naolinco
no escapó a ello.
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