El
estudio de los procesos de aprovechamiento del cuerpo
humano en el México prehispánico demuestra
que éste lo mismo se utilizaba para sacrificios
propiciatorios que para fines prácticos, como
la manufactura de ornamentos y herramientas.

La talla de los huesos se hacía
cuando aún estaban “frescos” para
evitar que se astillaran
o quebraran. Después se les endurecía
hirviéndolos para que duraran mucho tiempo.
Mandíbula esgrafiada. Cacaxtla, Tlaxcala.
Foto: Marco Rojano / Archivo del
Proyecto de Bioarqueología,
Dirección de Antropología Física,
INAH (APB, DAF, INAH)
El
sacrificio humano durante la época prehispánica
es uno de los temas que más emociones encontradas
produce al salir a colación lo mismo en reuniones
académicas que en pláticas informales
entre estudiantes y colegas. En muchas ocasiones pone
a prueba los lazos afectivos de los interlocutores.
¿Cómo pensar eso sobre nuestros antepasados?
El tema ha generado una serie de interpretaciones en
relación con la violencia ejercida en el pasado,
ya sea como elemento de control social o con una finalidad
de cohesión religiosa, así como sobre
la diversidad de formas documentadas, los tratamientos
póstumos y los ritos. Todo ello ha causado el
asombro y el recelo entre los estudiosos del tema.
El sacrificio, una de las prácticas rituales
más antiguas en Mesoamérica, se vio intensificado
en los periodos de militarismo expansivo; con el sacrificio
ritual el hombre contribuía a la continuidad
del mundo, pagando su deuda al entregar a los dioses
la sangre y el corazón a cambio de mantenimientos
como el agua, la buena cosecha, la salud, la vida y
por supuesto la persistencia del mundo.
Una propuesta para explicar el tema y que hasta el momento
no se había considerado es la existencia del
consumo de carne humana y del aprovechamiento del cuerpo
humano, cuestiones examinadas mediante evidencias físicas
o arqueológicas.
A principios de la década de los setenta del
siglo XX algunos antropólogos físicos
norteamericanos, especializados en modificaciones culturales
en restos óseos humanos, comenzaron a revisar
los esqueletos de algunos sitios del sur de Estados
Unidos, con el fin de establecer prácticas antropofágicas
en el pasado (Turner, 1983; Turner y Morris, 1970; Turner
y Turner, 1993). Propusieron una serie de requisitos
mínimos para considerar un conjunto de materiales
humanos como caso de antropofagia: huellas de corte
en las inserciones musculares, alteraciones producto
de la exposición al fuego, fracturamiento de
huesos largos para extraer la médula ósea,
y que hubieran sido arrojados a un basurero junto con
otros desechos.
En México, desde hace 28 años la doctora
Carmen Pijoan ha documentado y concluido que el sacrificio
humano se distribuye por todo el país desde el
más remoto pasado, 3000 a.C., hasta algunos años
después de la conquista. Asimismo, apunta cómo
después de la muerte ritual, el cuerpo era cortado
para utilizar sus partes –la cabeza, los miembros
superiores e inferiores y el tronco– como ofrenda
en centros ceremoniales o exhibir los despojos en estructuras
de madera conocidas como tzompantlis, sin olvidar
casos como el entierro 14 de Tlatelolco, donde se depositaron
en un solo momento los huesos descarnados de 150 hombres,
mujeres y niños (Pijoan, 1997). En un número
anterior de esta revista fueron presentados varios ejemplos
de restos óseos que muestran diversos tratamientos
sacrificiales (Talavera y Rojas, 2003).
ARTÍCULO COMPLETO EN LA EDICIÓN
IMPRESA
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Jorge Arturo Talavera González.
Investigador de la Dirección de Antropología
Física del INAH. Cursa el doctorado en historia-etnohistoria
por la ENAH. Realiza investigaciones sobre el aprovechamiento
del cuerpo humano en el México prehispánico
y sobre antropología forense.