arqueología mexicana

 

Juan Gómez de Trasmonte, Forma y levantado de la ciudad de México, 1628 (detalle).
Foto: Instituto de Investigaciones Estéticas / UNAM


SUMARIO 68
DOSSIER
Las cuencas lacustres
Elementos hidráulicos
Recursos acuáticos
Conquistas lacustres
La gran inundación de 1629
El “monumento hipsográfico”
El desagüe del Valle de México
Museo Regional Cuauhnáhuac
Cempoalxóchitl y Días de Muertos
San Miguel Arcángel
La Cuenca de México a vuelo de pájaro
La Acequia Real

L O S L A G O S D E
L A C U E N C A D E M É X I C O

La Cuenca de México, 21 de marzo de 2000. Comisión Nacional para el Conocimiento y uso de la Biodiversidad (2003) “Ciudad de México en imagen de satélite” conabio, México. Mosaico de imágenes Landsat Path-Row 26-47 y 26-46, bandas 3, 2, 1 (rgb), resolución espacial 15 metros.

Arqueología. Palabra que evoca para la mayoría de la gente, tal vez, excavaciones polvorientas y túneles oscuros. Comprensible, pues la mayoría de los sitios arqueológicos mexicanos se hallan en lo que podríamos llamar tierra firme, independientemente de que esté cubierta de selvas, como en Campeche, o dominada por espacios abiertos, como en Teotihuacan. Algunos evocarán, por contraste, ejemplos de arqueología subacuática a pesar de que no es mucho lo que hay de esto. Pero también cabe encontrar, entre estos extremos, una asociación de la arqueología con lagos y ríos. Tal vez no es muy frecuente pensar en ella, al menos en este país, pues gran parte de nuestros lagos ha desaparecido. Pero Tenochtitlan estaba en una laguna. De haber sido otra la historia ambiental del Valle de México, al decir arqueología vendrían a la mente inmediatamente imágenes de excavaciones entre plantas acuáticas, pantanos y mucho lodo.
De hecho, en el México prehispánico hubo muchas más poblaciones asentadas en las riberas de los lagos de lo que hoy podemos imaginarnos. No es difícil entender por qué, pues los lagos eran fuente de alimento y medio de comunicación, por no hablar de su incomparable belleza. Piénsese en las chinampas, esas islas artificiales hechas con ramas y limo que establecían un lazo íntimo entre el medio lacustre y el cultivo agrícola, y se tendrá un botón de muestra de lo que significaban los lagos. No puede haber comprensión de la cultura ni de la economía de ese mundo desaparecido sin tomar en cuenta el papel real y simbólico jugado por esos cuerpos de agua.
Desafortunadamente, la desecación de muchos de ellos ha producido la pérdida del contexto ambiental requerido para una cabal comprensión del asunto, y lo que pudo ser arqueología del lodo se ha convertido en arqueología del polvo. Aun así, es un campo en el que hay mucho por descubrir. Un primer paso para avanzar en ello es el de procurar un mayor conocimiento de esos lagos y de lo que fue la vida en y alrededor de ellos. Para tal fin, además del trabajo propiamente arqueológico, es de gran ayuda compenetrarse de algunos temas de la historia posterior a la conquista española, cuando todavía subsistía el entorno lacustre que había dominado, por siglos y siglos, muchos espacios mesoamericanos. Y no está por demás tomar conciencia de que la desaparición de los lagos –no de todos, afortunadamente– es un fenómeno reciente provocado en gran parte, y de manera deliberada, por la intervención humana. El presente número de Arqueología Mexicana ofrece una visión panorámica de estos asuntos, tomando como eje el caso de los lagos de la Cuenca de México.


La Expulsión

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