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La
Cuenca de México, 21 de marzo de 2000. Comisión
Nacional para el Conocimiento y uso de la Biodiversidad
(2003) Ciudad de México en imagen de
satélite conabio, México. Mosaico
de imágenes Landsat Path-Row 26-47 y 26-46,
bandas 3, 2, 1 (rgb), resolución espacial
15 metros.
Arqueología.
Palabra que evoca para la mayoría de la gente,
tal vez, excavaciones polvorientas y túneles
oscuros. Comprensible, pues la mayoría de
los sitios arqueológicos mexicanos se hallan
en lo que podríamos llamar tierra firme,
independientemente de que esté cubierta de
selvas, como en Campeche, o dominada por espacios
abiertos, como en Teotihuacan. Algunos evocarán,
por contraste, ejemplos de arqueología subacuática
a pesar de que no es mucho lo que hay de esto. Pero
también cabe encontrar, entre estos extremos,
una asociación de la arqueología con
lagos y ríos. Tal vez no es muy frecuente
pensar en ella, al menos en este país, pues
gran parte de nuestros lagos ha desaparecido. Pero
Tenochtitlan estaba en una laguna. De haber sido
otra la historia ambiental del Valle de México,
al decir arqueología vendrían a la
mente inmediatamente imágenes de excavaciones
entre plantas acuáticas, pantanos y mucho
lodo.
De hecho, en el México prehispánico
hubo muchas más poblaciones asentadas en
las riberas de los lagos de lo que hoy podemos imaginarnos.
No es difícil entender por qué, pues
los lagos eran fuente de alimento y medio de comunicación,
por no hablar de su incomparable belleza. Piénsese
en las chinampas, esas islas artificiales hechas
con ramas y limo que establecían un lazo
íntimo entre el medio lacustre y el cultivo
agrícola, y se tendrá un botón
de muestra de lo que significaban los lagos. No
puede haber comprensión de la cultura ni
de la economía de ese mundo desaparecido
sin tomar en cuenta el papel real y simbólico
jugado por esos cuerpos de agua.
Desafortunadamente, la desecación de muchos
de ellos ha producido la pérdida del contexto
ambiental requerido para una cabal comprensión
del asunto, y lo que pudo ser arqueología
del lodo se ha convertido en arqueología
del polvo. Aun así, es un campo en el que
hay mucho por descubrir. Un primer paso para avanzar
en ello es el de procurar un mayor conocimiento
de esos lagos y de lo que fue la vida en y alrededor
de ellos. Para tal fin, además del trabajo
propiamente arqueológico, es de gran ayuda
compenetrarse de algunos temas de la historia posterior
a la conquista española, cuando todavía
subsistía el entorno lacustre que había
dominado, por siglos y siglos, muchos espacios mesoamericanos.
Y no está por demás tomar conciencia
de que la desaparición de los lagos no
de todos, afortunadamente es un fenómeno
reciente provocado en gran parte, y de manera deliberada,
por la intervención humana. El presente número
de Arqueología Mexicana ofrece una visión
panorámica de estos asuntos, tomando como
eje el caso de los lagos de la Cuenca de México.
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