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El presente
número ofrece un panorama general sobre dos
símbolos del cuerpo humano cuyas imágenes
han sido frecuentemente representadas desde el origen
de la civilización: las manos y los pies.
En Mesoamérica no son la excepción
y los encontramos como símbolos recurrentes,
similares y diferentes, entre las variadas culturas
que conforman esta amplia área geográfica
y cultural. Vemos sus representaciones desde tiempos
prehistóricos en las pinturas rupestres en
cuevas y en petroglifos, y continúan a lo
largo del tiempo, incluso hasta la actualidad, con
expresiones sofisticadas y diversas que se han plasmado
en múltiples materiales como cerámica,
piedra, papel, tela y metales, entre otros.
La rica carga simbólica de manos y pies,
de la que falta mucho por interpretar, tiene coincidencias
y diferencias entre las culturas prehispánicas.
Sus reproducciones en topónimos y glifos
con otros nombres propios, en pinturas y esculturas
de hombres y dioses, comunicaban, mediante un lenguaje
gestual, posiciones jerárquicas o sociales,
la naturaleza de diversas acciones, por ejemplo
hablar, cantar, danzar, o el sentido de variadas
emociones, como el ejercicio del poder y el temor
a la muerte o a la tortura. También algunas
partes de ellos tenían una carga simbólica
particular, como las uñas, que eran portadoras
o contenedoras del tonal o fuerza del poder; las
manos y los dedos de mujeres muertas en parto eran
amuletos de buena suerte para las batallas. Manos
y pies eran elementos de comunicación, herramientas
de trabajo y de traslado, firmas o trazos de identidad
personal y geográfica, huellas que referían
caminos o rutas a seguir, símbolos religiosos
o rituales.
Este número ofrece una introducción
general al tema y ejemplos concretos relacionados
con la pintura rupestre, las culturas maya, mexica
y de Tajín, y otros puntos de vista, como
el de la antropología física.
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