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El sitio es el paradigma del trabajo
arqueológico. En el lenguaje de la arqueología
un sitio es el lugar que se explora, se excava, se estudia
o se restaura. Un arqueólogo tiene a su cargo un
determinado sitio, y las piezas de los museos suelen estar
identificadas señalando el sitio de su procedencia.
Puesto que un “sitio”, según lo define
el diccionario, es un lugar específico, el concepto
se aplica adecuadamente para referirse a una localidad,
una zona arqueológica, una antigua ciudad, el emplazamiento
de una pirámide o una necrópolis, lugares,
en fin, que pueden representarse con exactitud como puntos
en un mapa.
Por otra parte, en la arqueología se halla bastante
difundido el concepto de área. Por ejemplo, cada
una de las diferentes culturas mesoamericanas tiene la
suya, y en muchos mapas del México prehispánico
se pueden reconocer los espacios correspondientes a las
áreas maya, totonaca u otomí, entre otras,
así como a las ocupadas por entidades políticas
como la Triple Alianza o Michoacán. La mayoría
de los arqueólogos son especialistas en determinada
área, y las salas de los museos suelen estar reservadas
para las piezas de una cultura y, por extensión,
de un área específica.
Ahora bien, si observamos un paisaje desde el mirador
de una carretera o de lo alto de un cerro, o desde un
avión, podremos distinguir una gran variedad de
sitios, así como abarcar o delimitar una cierta
área, pero también una multitud de líneas.
Éstas, curvas o rectas, continuas o quebradas,
corresponden a ríos o canales, linderos, caminos
y otros trazos que nos llevan a descubrir elementos de
delimitación o enlace. Son ellas las que nos permiten
articular o relacionar sitios dentro de un área
–e incluso demarcarla. No hay mapa en el que no
haya líneas de algún tipo. Y, naturalmente,
las líneas también pueden ser materia de
estudio arqueológico, aunque sea de manera menos
llamativa que cuando se trata de sitios o áreas.
Las líneas son un elemento complejo dentro del
trabajo arqueológico. A veces aparecen sólo
como elementos complementarios de un sitio: por ejemplo,
cuando precisan el contorno de una ciudad amurallada (Tulum
o Luxor), la disposición de calles y edificios
(Teotihuacan o Priene), o las obras destinadas al abasto
o el drenaje del agua (Monte Albán o Machu Picchu).
Pero otras veces son una unidad en sí, como ocurre
con canales de gran extensión (acueductos que pueden
sumar kilómetros de largo), murallas regionales
(como la que las fuentes históricas refieren que
había al norte de Tlaxcala, o la muralla de Adriano
en Escocia) y, desde luego, caminos, de los cuales hay
ejemplos destacados en las calzadas incas o los sacbés
mayas. Por razones obvias, explorar o excavar restos arqueológicos
de esta naturaleza impone condiciones diferentes a las
de trabajar en un sitio específico, y su reconstrucción
y conservación (como en pedazos de la Gran Muralla
de China y algunas vías romanas) plantea dificultades
especiales. Aun desde el punto de vista del turismo, no
es lo mismo mantener y proteger un sitio determinado que
tener control sobre varios kilómetros de un empedrado
construido hace más de quinientos años,
como ocurre con el frecuentado camino de Cuzco a Machu
Picchu.
También debe tomarse en cuenta que en muchos casos
los caminos entre dos localidades no son únicos,
sino que se pueden usar varias alternativas, sea con el
fin de tocar diferentes puntos intermedios, o porque unos
sean adecuados para el tiempo de secas y otros para el
de lluvias, o porque el medio de transporte utilizado
aconseje preferir uno sobre otro. Por eso a veces es preferible
hablar no específicamente de caminos sino, de manera
más general, de rutas, entendiéndose por
ello un enfoque más aproximado al problema, sobre
todo cuando se trata de estudiar la naturaleza o disposición
de relaciones comerciales o de intercambio (por ejemplo,
entre un sitio como Cholula y las diferentes áreas
culturales que se ligaron con él), y no la evidencia
arqueológica o la posición exacta de un
camino en particular.
El presente número de Arqueología Mexicana
está dedicado a exponer la problemática
de la exploración y el estudio de las rutas y caminos
del México antiguo, en la medida en que son manifestación
de líneas fundamentales en la estructura del espacio
prehispánico. En este campo se verá que
hay diversidad de enfoques. La cuestión del estudio
de las rutas generales de intercambio depende de apreciaciones
sobre los medios de transporte, los bienes o personas
por desplazar, los costos y los tiempos involucrados y
los derroteros más convenientes, entre otros elementos,
de lo cual puede derivarse un mapa esquemático
de las rutas. Por el contrario, la cuestión de
los caminos en sí no puede detenerse sino en el
detalle de las partes descubiertas o conservadas.
Debe advertirse que, del mismo modo que muchas localidades
antiguas fueron reocupadas en la época colonial
y por ello quedaron cubiertas de tal modo que es imposible
llegar a una reconstrucción completa de las mismas
(como Tenochtitlan o Izamal), la mayoría de los
antiguos caminos siguieron utilizándose, y algunos
de ellos, con el paso del tiempo, fueron ensanchados o
acondicionados para el paso de animales de carga o vehículos
con ruedas. El resultado es que los vestigios arqueológicos
de un camino prehispánico, de por sí más
difíciles de hallar que los que se busca a los
pies de una pirámide, suelen estar casi del todo
destruidos.
Razonando de manera inversa, también es difícil
adquirir conciencia del trasfondo arqueológico
de la mayoría de los caminos. Por ejemplo, el espacio
acotado y el gran significado simbólico de la plaza
mayor de la ciudad de México hace relativamente
fácil llevar la imaginación a la antigua
Tenochtitlan y recrear algo de su imagen, por más
destruida que esté. Pero se necesita un esfuerzo
mayor de abstracción para darse cuenta de que al
circular entre microbuses por la avenida México-Tacuba
o la calzada Ermita-Iztapalapa se está, literalmente,
sobre un espacio arqueológico de primer orden.
A pesar de todo, aún subsisten en todas las regiones
de México trozos de caminos antiguos, prehispánicos
y coloniales, que constituyen importantes piezas del patrimonio
histórico y cultural del país. Por lo regular
no se les distingue ni se les aprecia. En varios países,
sin embargo, se ha logrado rescatar diversos caminos antiguos
como parte de un acervo cultural importante y bien valorado:
es el caso, por ejemplo, de los caminos ganaderos o “cañadas
reales” y el “Camino de Santiago” en
España, y el de algunos trozos del “Camino
Real de Tierradentro” en Estados Unidos. Es de desearse
que este número de Arqueología Mexicana
contribuya a que semejantes líneas en el espacio
mexicano rescaten su justo valor, que no es inferior al
de muchos de los sitios paradigmáticos de la arqueología
mexicana.
Bernardo García
Martínez |