RUTAS Y Caminos en el México prehispánico

ÍNDICE 81  
DOSIER: Rutas y caminos en el México prehispánico NATURALEZA Y CULTURA:

Arqueología de los caminos prehispánicos y coloniales

La codorniz, animal mítico
De los Valles Centrales de Oaxaca al Golfo de México RITOS MESOAMERICANOS :
Caminos y rutas de intercambio prehispánico Antigüedad y distribución de la danza de los Voladores
Los caminos prehispánicos de Yucatán ARQUEOLOGÍA DE CENTROAMÉRICA:
Tira de la Peregrinación. La migración mexica Pieza olmeca en la Cueva Hato Viejo Olancho, Honduras
Rutas y caminos de los mexicas El jaguar iguana
La conformación del espacio novohispano PIEZA: Quetzalcóatl-Tlaltecuhtli
Veredas y caminos en tiempos del automóvil DOCUMENTO: Códice Vindobonensis núm. 1

Rutas y caminos en el México prehispánico


Lienzo de Tuxpan. Histórico y cartográfico. Proviene de Veracruz. Siglo XVI. Museo de Antropología de Xalapa, Veracruz.
Fotografía: Rafael Doniz / Raíces

El sitio es el paradigma del trabajo arqueológico. En el lenguaje de la arqueología un sitio es el lugar que se explora, se excava, se estudia o se restaura. Un arqueólogo tiene a su cargo un determinado sitio, y las piezas de los museos suelen estar identificadas señalando el sitio de su procedencia. Puesto que un “sitio”, según lo define el diccionario, es un lugar específico, el concepto se aplica adecuadamente para referirse a una localidad, una zona arqueológica, una antigua ciudad, el emplazamiento de una pirámide o una necrópolis, lugares, en fin, que pueden representarse con exactitud como puntos en un mapa.
Por otra parte, en la arqueología se halla bastante difundido el concepto de área. Por ejemplo, cada una de las diferentes culturas mesoamericanas tiene la suya, y en muchos mapas del México prehispánico se pueden reconocer los espacios correspondientes a las áreas maya, totonaca u otomí, entre otras, así como a las ocupadas por entidades políticas como la Triple Alianza o Michoacán. La mayoría de los arqueólogos son especialistas en determinada área, y las salas de los museos suelen estar reservadas para las piezas de una cultura y, por extensión, de un área específica.
Ahora bien, si observamos un paisaje desde el mirador de una carretera o de lo alto de un cerro, o desde un avión, podremos distinguir una gran variedad de sitios, así como abarcar o delimitar una cierta área, pero también una multitud de líneas. Éstas, curvas o rectas, continuas o quebradas, corresponden a ríos o canales, linderos, caminos y otros trazos que nos llevan a descubrir elementos de delimitación o enlace. Son ellas las que nos permiten articular o relacionar sitios dentro de un área –e incluso demarcarla. No hay mapa en el que no haya líneas de algún tipo. Y, naturalmente, las líneas también pueden ser materia de estudio arqueológico, aunque sea de manera menos llamativa que cuando se trata de sitios o áreas.
Las líneas son un elemento complejo dentro del trabajo arqueológico. A veces aparecen sólo como elementos complementarios de un sitio: por ejemplo, cuando precisan el contorno de una ciudad amurallada (Tulum o Luxor), la disposición de calles y edificios (Teotihuacan o Priene), o las obras destinadas al abasto o el drenaje del agua (Monte Albán o Machu Picchu). Pero otras veces son una unidad en sí, como ocurre con canales de gran extensión (acueductos que pueden sumar kilómetros de largo), murallas regionales (como la que las fuentes históricas refieren que había al norte de Tlaxcala, o la muralla de Adriano en Escocia) y, desde luego, caminos, de los cuales hay ejemplos destacados en las calzadas incas o los sacbés mayas. Por razones obvias, explorar o excavar restos arqueológicos de esta naturaleza impone condiciones diferentes a las de trabajar en un sitio específico, y su reconstrucción y conservación (como en pedazos de la Gran Muralla de China y algunas vías romanas) plantea dificultades especiales. Aun desde el punto de vista del turismo, no es lo mismo mantener y proteger un sitio determinado que tener control sobre varios kilómetros de un empedrado construido hace más de quinientos años, como ocurre con el frecuentado camino de Cuzco a Machu Picchu.
También debe tomarse en cuenta que en muchos casos los caminos entre dos localidades no son únicos, sino que se pueden usar varias alternativas, sea con el fin de tocar diferentes puntos intermedios, o porque unos sean adecuados para el tiempo de secas y otros para el de lluvias, o porque el medio de transporte utilizado aconseje preferir uno sobre otro. Por eso a veces es preferible hablar no específicamente de caminos sino, de manera más general, de rutas, entendiéndose por ello un enfoque más aproximado al problema, sobre todo cuando se trata de estudiar la naturaleza o disposición de relaciones comerciales o de intercambio (por ejemplo, entre un sitio como Cholula y las diferentes áreas culturales que se ligaron con él), y no la evidencia arqueológica o la posición exacta de un camino en particular.
El presente número de Arqueología Mexicana está dedicado a exponer la problemática de la exploración y el estudio de las rutas y caminos del México antiguo, en la medida en que son manifestación de líneas fundamentales en la estructura del espacio prehispánico. En este campo se verá que hay diversidad de enfoques. La cuestión del estudio de las rutas generales de intercambio depende de apreciaciones sobre los medios de transporte, los bienes o personas por desplazar, los costos y los tiempos involucrados y los derroteros más convenientes, entre otros elementos, de lo cual puede derivarse un mapa esquemático de las rutas. Por el contrario, la cuestión de los caminos en sí no puede detenerse sino en el detalle de las partes descubiertas o conservadas.
Debe advertirse que, del mismo modo que muchas localidades antiguas fueron reocupadas en la época colonial y por ello quedaron cubiertas de tal modo que es imposible llegar a una reconstrucción completa de las mismas (como Tenochtitlan o Izamal), la mayoría de los antiguos caminos siguieron utilizándose, y algunos de ellos, con el paso del tiempo, fueron ensanchados o acondicionados para el paso de animales de carga o vehículos con ruedas. El resultado es que los vestigios arqueológicos de un camino prehispánico, de por sí más difíciles de hallar que los que se busca a los pies de una pirámide, suelen estar casi del todo destruidos.
Razonando de manera inversa, también es difícil adquirir conciencia del trasfondo arqueológico de la mayoría de los caminos. Por ejemplo, el espacio acotado y el gran significado simbólico de la plaza mayor de la ciudad de México hace relativamente fácil llevar la imaginación a la antigua Tenochtitlan y recrear algo de su imagen, por más destruida que esté. Pero se necesita un esfuerzo mayor de abstracción para darse cuenta de que al circular entre microbuses por la avenida México-Tacuba o la calzada Ermita-Iztapalapa se está, literalmente, sobre un espacio arqueológico de primer orden. A pesar de todo, aún subsisten en todas las regiones de México trozos de caminos antiguos, prehispánicos y coloniales, que constituyen importantes piezas del patrimonio histórico y cultural del país. Por lo regular no se les distingue ni se les aprecia. En varios países, sin embargo, se ha logrado rescatar diversos caminos antiguos como parte de un acervo cultural importante y bien valorado: es el caso, por ejemplo, de los caminos ganaderos o “cañadas reales” y el “Camino de Santiago” en España, y el de algunos trozos del “Camino Real de Tierradentro” en Estados Unidos. Es de desearse que este número de Arqueología Mexicana contribuya a que semejantes líneas en el espacio mexicano rescaten su justo valor, que no es inferior al de muchos de los sitios paradigmáticos de la arqueología mexicana.

Bernardo García Martínez

ESPECIAL 33
VIGENTE
CIUDAD DE MÉXICO
Guía arqueológica

NÚMERO 101
VIGENTE
LAS PIRÁMIDES DE MÉXICO

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