DOSIER
Los
volcanes de México

El volcán Iztaccíhuatl.
Foto: Boris de Swan / Raíces
Los volcanes se encuentran
entre los elementos naturales que mayor influencia tuvieron
sobre el desarrollo de las culturas mesoamericanas,
en especial de las que se encuentran en la faja que
cruza el centro de la República Mexicana, en
el llamado Arco Chiapaneco y en Centroamérica.
Si bien cuando estos colosos desatan su fuerza provocan
auténticas catástrofes, también
es cierto que acarrean efectos benéficos para
las sociedades que habitan a su vera. Las tierras cercanas
a los volcanes poseen un alto grado de fertilidad debido
a los nutrientes que contienen las cenizas que arrojan;
las elevadas cumbres de varios de ellos les permiten
ser generadoras de importantes caudales de agua, por
medio de corrientes y manantiales, provenientes de su
deshielo.
En la época prehispánica fueron además
fuentes de materia prima, principalmente de rocas de
la dureza adecuada para elaborar esculturas –las
más de las veces de índole religiosa o
asociada al poder político–, así
como de obsidiana, roca volcánica que desempeñó
un papel primordial en la vida cotidiana de las sociedades
mesoamericanas y que, en cierto sentido, fungió
como aglutinante de un amplio sistema de comercio que
no sólo traspasaba las fronteras de las regiones
en que se localiza este recurso, sino que transcendió
en el tiempo.
En la actualidad los grandes volcanes de México
están inmersos, como lo estuvieron con mayor
vigor en la época prehispánica, en un
elaborado complejo simbólico que lo mismo les
confiere cualidades divinas –con lo cual son parte
de la adecuada marcha del mundo– que les atribuye
un talante humano. Se les veneraba y aún se les
venera en varias regiones para solicitarles dones, la
lluvia el principal, y pedirles calma; en la memoria
de los hombres de estas tierras está impreso
lo que esos colosos son capaces de hacer cuando desatan
su furia. No son pocas las ocasiones en las que el despertar
de alguno de los volcanes cambió el rumbo de
la vida de las poblaciones que se asentaban en sus cercanías,
al alcance de la caída de sus materiales o al
paso de sus flujos. El ejemplo más notorio es
Cuicuilco, importante población del Preclásico
en la Cuenca de México, cuyo abandono a causa
de la erupción del Xitle influyó en la
historia subsecuente de los pueblos de la región.
Estos eventos, que representan verdaderas tragedias
para quienes son sus víctimas, dan lugar a depósitos
arqueológicos de características excepcionales.
No es que en Mesoamérica se cuente con un sitio
de las características de Pompeya, pero si hay
lugares, como el mismo Cuicuilco, el área de
Tetimpa, en Puebla, y Joya de Cerén, en el Salvador,
que al quedar cubiertos por efecto de erupciones volcánicas
contienen información relevante para establecer
secuencias cronológicas con mejor precisión
y entender momentos específicos de las sociedades
que los habitaban.
En México, los volcanes se han estudiado desde
variados puntos de vista y en su investigación
participan geólogos, vulcanólogos, arqueólogos,
historiadores y antropólogos; lo mismo se atiende
a su evolución natural que a su papel en la historia
de las poblaciones prehispánicas y a la percepción
que sus vecinos contemporáneos tienen de ellos.
Este número de Arqueología Mexicana da
cuenta de algunos de los trabajos en curso al respecto.

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