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La primera colaboración de Don
Paco en la revista fue en el número
2, junio-julio de 1993, con un artículo
no común para un arqueólogo,
ya que no hablaba de proyectos, rescates,
tepalcates y monumentos, sino del arte.
Su singular artículo, titulado La
raíz profunda. Diego Rivera y la
arqueología mexicana, reflejaba
una gran sensibilidad artística,
como lo demostró en sus múltiples
reproducciones de objetos prehispánicos
(cuchillos de sacrificio, cráneos,
máscaras, armas y otros artefactos,
maquetas, vitrales y joyas, etc.), que se
encuentran dispersas en museos y otras colecciones.
De acuerdo con una de sus anécdotas,
el propio Miguel Covarrubias no pudo distinguir
claramente entre sus reproducciones y las
piezas auténticas de jadeíta
que formaban parte del ajuar de Pakal, señor
de Palenque. Añadía que algún
arqueólogo las calificaba como falsificaciones
honestas.
De personalidad tímida pero con sentido
del humor, sin ánimos de grandeza
o de protagonismo pero con un enorme acervo
de conocimientos y experiencias, Don Paco
se convirtió en un propositivo escritor
para la revista. Su temática abarcaba
desde la arqueología en Tlatelolco
hasta labores de salvamento, del tesoro
de Axayácatl al penacho de Moctezuma.
Sus trabajos y réplicas de Quetzalcóatl,
con todo y su espléndida máscara,
fueron generosamente obsequiados por él,
entre otras cosas, para la colección
de la revista.
Todavía lo recordamos cuando llegaba
a la editorial, sin previo aviso, vestido
con sus caquis, indumentaria
clásica de arqueólogo, y se
aposentaba a platicar sus ricas experiencias,
sin ningún sentido del tiempo y de
las prisas que implican las entregas en
una publicación periódica.
Era una actitud envidiable el no tener prisa,
el darse su tiempo, el no correr y poder
llenarnos de una parte de la valiosa historia
de su mundo arqueológico y sus hacedores.
En su semblanza, realizada por él
mismo, decía que su principal falla
ha sido el de ser confiado, ingenuo
o miembro distinguido del pup y siempre
he tenido el buen tino de jugar al gallo
perdedor. Esto lo escribió
al inicio del texto incluido en La antropología
en México (1988), donde comentaba
que las biografías incluidas ahí
eran como obituarios destinados sólo
a ensalzar la memoria de los ilustres difuntos,
sin darles realmente su dimensión
humana cubierta de errores y aciertos.
Pues con todo respeto para Don Paco, le
comentamos que su obituario
también estará cubierto de
halagos en su memoria, de reconocimiento
a su labor y a su actitud, a su ejemplo,
que sirve como recordatorio de que sí
vale la pena luchar para poder volver a
confiar, para tener posibilidades de que
los conocimientos se publiquen y difundan.
Nos quedaron muchas cosas pendientes por
preguntarle, por aprenderle. Por ejemplo,
que nos explicara un poco más su
reflexión sobre qué haría
si volviera a vivir: haría
casi lo mismo, pero sin perder ni un instante
en cosas superfluas, o tener la oportunidad
de ver por quién vota, ya que decía
pensar tres veces antes de tomar partido.
Su esposa, Judith Espinoza, y sus hijos
Mariana y Gerardo, junto con nosotros, lo
echaremos mucho de menos. Descanse en paz.
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Francisco González
Rul.

Francisco González
Rul, el arqueólogo (izquierda), junto
con Luis Aveleyra, 1954.

La gran sensibilidad artística
de González Rul quedó plasmada
en múltiples reproducciones de objetos
prehispánicos, 1995.
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