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Este trabajo pretende mostrar cómo
la aportación de cada uno de los señores
principales en la conquista, la pacificación y
el poblamiento de diferentes lugares del virreinato de
la Nueva España, y el hecho de considerarse buenos
cristianos, fueron méritos tenidos en cuenta por
la Corona para otorgarles como merced un escudo de armas.
Sin duda, la concesión de estos blasones es un
elemento más que corrobora la importancia que tuvieron
los distintos pueblos mesoamericanos en una conquista
que, hasta ahora, se había señalado como
sólo realizada por los españoles.
La riqueza pictográfica de algunos de esos escudos
es realmente impresionante. Una muestra de ellos son los
cinco blasones de Tlaxcala que presentamos en estas páginas
y que se conservan en el Archivo Casa Ducal de Alba (Palacio
de Liria, Madrid, España). En su composición
se combina la más pura tradición prehispánica
de pintar códices con una iconografía propia
de la heráldica europea llegada a la Nueva España,
lo que da como resultado interesantes piezas de carácter
sincrético.
Pero además de su riqueza histórico-artística,
estos blasones son importantes porque encarnan la muestra
tangible de la preocupación que tuvo la nobleza
indígena por obtener –en un momento de cambio–
aquellos privilegios que la equipararían con la
nobleza española. Todo ello sin olvidar que dichas
mercedes les servirían para continuar mostrándose
ante sus antiguos gobernados, y ante las autoridades hispanas,
como los grandes señores que habían sido.
En la búsqueda de esa doble proyección,
veremos cómo junto a los símbolos de la
España más noble se incorporaron elementos
de la antigua pictografía prehispánica.
Elementos, estos últimos, que figuraban siempre
a petición de los propios interesados, puesto que
su diseño partió de ellos mismos, limitándose
las autoridades hispanas a reconocer –una vez estudiada
la petición y, en ocasiones, con modificaciones–
el diseño solicitado.
Los escudos que aquí se analizarán fueron
concedidos por el rey de España, Felipe II, el
16 de agosto de 1563, como respuesta a la petición
de una comisión de tlaxcaltecas que fue a España
el año anterior (Gibson, 1991, p. 161). En ella
iban los representantes de las cuatro cabeceras de Tlaxcala,
junto con otros dos enviados más. Las mercedes
de armas se otorgaron a los cuatro caciques de cada una
de las cabeceras, así como a un principal. Fueron
éstos: don Juan de la Cerda, de Tizatlan; don Juan
Manrique de Lara Maxixcatzin, de Ocotelulco; don Antonio
de la Cadena, de Quiyahuiztlan; don Francisco de Mendoza,
de Tepetícpac, y don Lucas Ponce de León,
principal tlaxcalteca.
La tónica general es que estos privilegios fueron
concedidos en compensación por los servicios que
los antepasados de los solicitantes prestaron en la conquista,
además de premiar su verdadera conversión
a la religión católica. Estos solicitantes
eran ya los nietos –aunque en la documentación
se presentan como hijos– de aquellos señores
principales que encontró Hernán Cortés
a su llegada a Tlaxcala, y por tanto conocedores del funcionamiento
del sistema administrativo español. Fue gracias
a este conocimiento que pudieron preparar muy bien sus
peticiones; y resultado de ello fue la concesión
de unos escudos de diseño relativamente similar.
Todos están rodeados por una orla con un lema de
carácter religioso escrito en latín, que
responde al deseo de mostrar al monarca su verdadera conversión
a la fe católica.
ARTÍCULO COMPLETO EN
LA EDICIÓN IMPRESA
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• María
Castañeda de la Paz. Doctora en historia de América
por la Universidad de Sevilla. Investigadora en el Instituto
de Investigaciones Antropológicas de la UNAM. Se
especializa en la nobleza indígena del centro de
México y los documentos pictográficos de
esta área.
• Miguel Luque Talaván. Doctor en historia
por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor en
la Universidad Complutense de Madrid. Se especializa en
la historia de las instituciones políticas y civiles
de la América española.
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