LA CIUDAD Y EL FELINO
Teotihuacan es la ciudad de los dioses,
la de la geometría cósmica, donde
el paisaje del pequeño valle envuelve los
volúmenes masivos de sus dos grandes pirámides
para conferirles la sacralidad de un entorno natural,
hoy incomprendido y poco valorado. Es la que,
a partir de sus calzadas que la seccionan en cuatro,
se desdobla y multiplica en cientos de calles,
plazas y patios, la que guarda para sí
los nombres de sus gobernantes y nos muestra sólo
un rostro fragmentado de su esplendor. En ella,
una presencia participa en los discursos de la
piedra labrada, en los muros pintados y los tiestos
de cerámica anaranjada, en los entierros
de dignatarios y personajes de alto rango: el
jaguar.
Concebido por otras culturas mesoamericanas como
corazón del monte y día del calendario,
Sol del ocaso que se encamina al mundo de los
muertos y noche vasta que, como su piel, se tachona
de manchas para ser inconfundible, el jaguar cobra
vida en Teotihuacan y se atreve en las paredes
de recintos, se detiene en los umbrales, se corona
con diademas y penachos de plumas preciosas, transforma
su naturaleza animal para convertirse en hombre.
____________________________
María Elena Ruiz Gallut. Doctora en historia
del arte; especialista en pintura mural teotihuacana.
Investigadora del Instituto de Investigaciones
Estéticas de la UNAM.